Actriz de telenovela

Actriz de telenovela

Me cuesta todavía adaptarme al clima solemne de la escena teatral. 

08 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Aunque he participado en unas cuantas películas y me les medí a las tablas en un one woman show, no me considero una actriz de cine y muchísimo menos una actriz de teatro. Yo insisto en que soy una actriz de telenovela con todas sus letras. Me refiero a la que se grababa casi toda dentro de un único espacio, a tres cámaras y con el director decidiendo en el mismo instante cuál de ellas debía llevar el hilo de la narración obturando botones en un cuarto aparte.

Quizás porque me sentía tan cómoda en el ámbito cerrado y seguro de un estudio, sin audiencia en vivo y con sus decorados falsos como las casitas de mentira que armábamos mi hermana y yo cuando jugábamos a las muñecas, me cuesta todavía adaptarme al clima solemne de la escena teatral y del emplazamiento cinematográfico. La distancia técnica entre el cine y la televisión se ha acortado, de modo que mi nostalgia culposa se dirige a la primitiva y ordinaria telenovela, la de las escenografías de cartón y luminarias patéticas sobreactuadas, ese producto chapucero que ignoran los intelectuales, la telenovela, madre innegable de mi carrera profesional.

La distancia técnica entre el cine y la televisión se ha acortado, de modo que mi nostalgia culposa se dirige a la primitiva y ordinaria telenovela

No voy a tratar de rescatarla de su legendaria cursilería y mediocridad dramatúrgica, de la cual no se escapa ni la mejor en su género, ni tampoco negar que el efecto que produce en el ejercicio actoral puede ser tremendamente nocivo.

Como simple operaria, gozaba lo peor de ella: hacer 30 escenas en un día y el consiguiente reto de poder pasar rápidamente de un estado emocional a otro con un nivel de sinceridad aceptable; no salir del estudio (detestaba los exteriores) y que el cambio en la iluminación de día a noche (nada de atardeceres poéticos ni alboradas) no tomaba más de 20 minutos.

En un set teatral o de cine hay cierta pose general por la excesiva expectativa artística y una arrogancia recóndita que suele confundirse con la mística. Aunque no me guste el resultado estético de la telenovela en general y no quisiera volver a actuar en ninguna por ese motivo, con mucha vergüenza admito que el melodrama es mi elemento y prefiero no esperar horas en un tráiler para ponerlo en práctica.

Esencialmente, soy una actriz de telenovela porque fuera de su formato me siento desprotegida al tener que sobreponerme a ese fúnebre frío en los huesos que me provoca el público en directo o ese intimidante y sagrado, “corre cámara… ¡acción!”.

Sal de la rutina

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