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Dirigir un colegio en pandemia

Dirigir un colegio en pandemia

Ser rectora significa, sobre todo, estar ahí, estar presente, ser soporte emocional de la comunidad.

Dirijo un colegio privado que, como todos los colegios de Colombia, lleva cerrado diez meses. Como algunos, tuvimos un breve hiato, un efímero oasis, finalizando el 2020, en donde nuestras estudiantes pudieron ir a ratos al colegio, pero en general hemos funcionado como un colegio virtual por ya cerca de un año. La semana pasada alguien me preguntó cómo era dirigir un colegio en pandemia y este es mi intento de respuesta.

Lo primero, los colegios privados, incluso los más privilegiados, también hemos sufrido esta pandemia, y bastante. Pareciera que hay en el aire un imaginario colectivo de que los colegios privados hemos salido ilesos e invictos de esto; que gracias al caudal de recursos que supuestamente tenemos nos hemos podido dar el lujo de seguir funcionando sin hacer concesiones ni esfuerzos. Eso simplemente no es verdad. Nosotros, por ejemplo, hicimos dos grandes apuestas: mantener la nómina completa del colegio (y no me refiero solo a los profesores sino a todos los empleados) y apoyar, hasta donde nos dieran los números, a las familias afectadas económicamente por la pandemia. Estas apuestas fueron y siguen siendo una locura y una amenaza financiera, pero son también, éticamente, lo único correcto que podíamos hacer.

Segundo, dirigir un colegio en pandemia es, claro, garantizar la pertinencia del currículo, el funcionamiento de las clases, la coherencia de la evaluación, la equidad y la justicia en las condiciones de enseñanza y aprendizaje, el seguimiento a cada estudiante y su familia, etc., y hacerlo desde la pantalla, el teléfono o WhatsApp. Y esto, por supuesto, ya no se consigue de siete de la mañana a cuatro de la tarde porque desde la casa todos, de repente, nos hicimos disponibles cualquier día y a cualquier hora.

Tercero, dirigir un colegio en pandemia también significa ser claros en las expectativas y aprender a confiar. Un rector o una rectora de un colegio que se ha visto obligado a funcionar remotamente debe, como nunca, expresar el norte con claridad, construir con su equipo las metas y permitirles a todos trabajar. La confianza, el respaldo y la libertad de hacer su trabajo sin necesidad de una supervisión constante y paranoica de un jefe que no puede ver con sus propios ojos lo que hacen los demás, han sido clave para que el colegio pueda funcionar.

Cuarto, dirigir un colegio en pandemia, por supuesto, es un trabajo en equipo. Yo, al menos, no he tenido que hacer nada sola. He contado con un Consejo Superior que apoya, respalda y acompaña cada escenario posible e imposible; un equipo directivo y administrativo alineado y convencido de lo que estamos haciendo; un grupo de profesores inmejorable capaz de adaptarse a todas las situaciones y de responder con grandeza a los contextos más inciertos; unas estudiantes audaces y resilientes; unos padres y madres de familia que han remado conmigo, muchas veces en contra de la corriente.

Ahora bien, dirigir un colegio en pandemia es mucho más que todo esto: es gestionar las emociones de estudiantes, padres, profesores, empleados, cada uno desde su contexto y a su manera angustiado, temeroso, inseguro, agotado, desesperanzado, solo, triste, profundamente afectado por el aislamiento, la monotonía, la falta de contacto humano y de interacción social, la pérdida de un ser querido, la culpa, el miedo, la rabia. Lo que quiero decir es que dirigir un colegio en pandemia significa estar ahí, estar presente, ser el soporte emocional de una comunidad; mantener el optimismo cuando tantos otros lo han perdido; estar cerca de quien lo necesite, independientemente de la edad o la naturaleza de la necesidad; escuchar empáticamente las preguntas a pesar de la frustración de no poder ofrecer respuestas, al menos nunca definitivas.

Marcela Junguito
Ph.D. Rectora del Gimnasio Femenino

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