Pacto de Leticia: pañitos de agua tibia

Pacto de Leticia: pañitos de agua tibia

Pacto no tiene nada nuevo con lo acordado en Tratado de Cooperación Amazónica firmado hace 40 años.

15 de septiembre 2019 , 12:25 a.m.

El presidente Iván Duque hizo bien al convocar la cumbre de presidentes de los países amazónicos, puesto que la creciente destrucción de la selva amazónica no se puede enfrentar integralmente sin la acción de los ocho Estados que comparten este ecosistema único. Pero el pacto firmado parece haber creado la falsa ilusión de que estaríamos en el camino hacia enfrentar esta situación. Lejos de allí. En el pacto no hay nada nuevo en relación con lo acordado en el Tratado de Cooperación Amazónica firmado hace 40 años y sus posteriores desarrollos, que poco se han cumplido. Más grave aún, el presidente Bolsonaro, en una intervención a distancia previa a la firma del pacto, ratificó todas y cada una de sus destructivas políticas de la selva amazónica, con lo que lo invalidó ‘ex ante’.

Hay que reiterarlo: la Amazonia es clave en la regulación del agua, puesto que de los gigantescos “ríos atmosféricos de vapor” que genera dependen los regímenes de lluvia de amplias regiones del continente y, por ende, su suministro de agua potable y su agricultura; es el ecosistema continental más rico en diversidad de especies de flora y fauna; tiene capturados miles de millones de toneladas de carbono que al liberarse con la quema del bosque representan más del 20 por ciento de las emisiones de gases causantes del cambio climático; es el hábitat de 370 grupos étnicos con un inmenso patrimonio cultural que incluye 180 lenguas.

Los incendios y tala del bosque se incrementaron en los tres últimos años con particular fuerza en Brasil, Bolivia y Colombia. Se trata de la profundización de la historia de destrucción de la selva que comenzó con fuerza hace cerca de cinco décadas. Pero lo que diferencia la situación de hoy a las situaciones de hace diez o veinte años es que la deforestación está acercando el ecosistema amazónico a un umbral ecológico más allá del cual comenzaría a presentarse un colapso de amplias áreas de selva. En mi reciente libro ‘Nuestro planeta, nuestro futuro’ (Penguin Random House) sintetizo así los hallazgos de Thomas Lovejoy y Carlos Nobre sobre la materia (‘Science Advances’, 21 de febrero de 2018).

No me gusta autocitarme, pero aquí va: “La deforestación de la región ha sido motivo de una mayor preocupación desde que se descubrió que sus selvas producen aproximadamente la mitad de su propia precipitación, reciclando la humedad de 5 a 6 veces a medida que las masas de aire se mueven desde el Atlántico a través de la cuenca hacia el oeste. Se ha planteado la pregunta de cuánta deforestación se requeriría para hacer que el ciclo del agua se degrade hasta el punto de generar estaciones secas y prolongadas que no puedan asegurar la salud de los ecosistemas de selva tropical y que, en consecuencia, estos transiten hacia ecosistemas de vegetación de sabana. Estos investigadores consideran que hoy, ante las sinergias negativas entre la deforestación, el cambio climático y el uso generalizado del fuego, el ‘tipping point’ (punto de inflexión) se encontraría en una deforestación de entre el 20 y el 25 por ciento, y que a partir de este, el sistema selvático amazónico transitaría hacia ecosistemas no forestales en el este, sur y centro de la región. Y, ante las incertidumbres sobre la ubicación de este ‘tipping point’, aconsejan detener la deforestación y proceder a una restauración que coloque el área sin bosque por debajo del 20 por ciento”.

Se requiere mucho más que unos pañitos de agua tibia, como es el Pacto de Leticia. ¿Estarán los líderes políticos y empresariales de los países amazónicos listos para renunciar a una parte de sus proyectos mineros, petroleros, hidroeléctricos, viales, de apertura de la frontera agrícola, etc., que son las principales causas de la destrucción de la selva? No nos engañemos: si no lo hacen, la suerte de la Amazonia está echada. ¿Acaso estos líderes no entienden que con ello podrían estar haciendo grave daño al futuro de sus países y, de paso, podrían estar arruinando sus propios intereses?

MANUEL RODRÍGUEZ BECERRA

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