¿Antidesarrollo sostenible?

¿Antidesarrollo sostenible?

Hay una profunda insatisfacción en América Latina con lo alcanzado en materia de bienestar social.

09 de noviembre 2019 , 09:55 p.m.

Desde 2015, los gobiernos de América Latina y el Caribe han incorporado en sus agendas los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el cumplimiento de las metas del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, dos instrumentos firmados por todos los estados del mundo. Ante los usos y abusos del concepto de desarrollo sostenible, no sobra recordar que en este se postula vivir dentro de los límites impuestos por la naturaleza (diferencia fundamental frente a otras teorías del desarrollo) y simultáneamente lograr el bienestar social. 

¿Acaso las políticas adoptadas por los países de la región en materia de ODS y cambio climático nos están conduciendo hacia el desarrollo sostenible? Bien parecería que están lejos de hacerlo, como lo evidencian en forma dramática las masivas protestas populares acaecidas en Ecuador, Chile y Haití, y como lo evidencia, también, el enorme incremento de la deforestación de la selva amazónica y de otros ecosistemas boscosos, registrado en los tres últimos años, así como, en general, el incremento del deterioro ambiental.

Como lo argüí en la pasada columna, con la deforestación de la selva amazónica, un ecosistema compartido por ocho países, se está contribuyendo en forma muy significativa a transgredir los límites ecológicos del planeta.

La ciencia nos indica que si se llegare a deforestar más allá del 20-25 por ciento, la selva amazónica comenzaría a colapsar (parte del bosque actual iniciaría un tránsito hacia ecosistemas de sabana), con impactos de la mayor gravedad no solamente para todos los países de la región, sino también para el planeta, entre otros: emisión masiva de gases de efecto invernadero, extinción de especies de flora y fauna, declive y desaparición de culturas ancestrales y cambios drásticos en el régimen de lluvia de diferentes áreas de Latinoamérica, con devastadores impactos en los sistemas agrícolas y de provisión de agua potable.

El actual incremento de la deforestación en la mayor parte de los países de Latinoamérica –propiciada, entre otras causas, por equivocadas políticas de crecimiento económico–, como en general el aumento del deterioro del medio ambiente, son expresiones contundentes de lo que se podría denominar una política de antidesarrollo sostenible. Continuar en esta dirección, en el caso de la Amazonia, equivale a dirigirse hacia un escenario catastrófico en el largo plazo. Es un escenario que es aún factible evitar, pero para hacerlo no resta mucho tiempo.

El antidesarrollo sostenible parece estar también dándose en el campo del bienestar social. Las falencias de América Latina en esta materia han sido señaladas desde tiempo atrás: se trata de la región que registra mayor concentración de riqueza y desigualdad del mundo; en 2018, la pobreza ascendió a 29,6 por ciento de la población, lo que equivale a 182 millones de personas, mientras que la pobreza extrema ascendió a 10,2 por ciento, es decir, 63 millones de personas, según la Cepal.

Es claro que en la región se registran avances y que la desigualdad y la pobreza disminuyeron en el primer decenio de este siglo, un fenómeno asociado con la bonanza de precios de las materias primas.

Pero, como nos lo está demostrando el caso de Chile –otrora señalado por los gurús de la economía como el modelo por seguir y cuyo éxito en términos de crecimiento económico es indiscutible–, existe una profunda insatisfacción de un amplio grupo de la población con lo alcanzado en materia de bienestar social que los indicadores tradicionales sobre el desarrollo no estarían capturando. O, en otras palabras, la concentración de la riqueza, la desigualdad, la pobreza y la miseria estarían comenzando a pasar su cuenta al sistema político a través de masivos levantamientos populares, lo que requiere una respuesta contundente: urge abandonar la retórica sobre el desarrollo sostenible y transitar a su genuina puesta en marcha. No existe otra alternativa.

MANUEL RODRÍGUEZ BECERRA

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