Reparar las cosas

Reparar las cosas

Una sociedad suicida que, a sabiendas de que necesita repararse a sí misma, cerró las puertas. 

28 de febrero 2019 , 07:06 p.m.

A la maquinita de moler café se le partió una tapa de plástico que hacía de interruptor. Le puse una cinta de enmascarar, y volvió a funcionar. Lleva así varios años. Pero cuando se les acaba el filo a unos cuchillos láser comprados no sé dónde, no hay nada que hacer. No se dejan afilar. Mucho menos pasa por la calle el afilador con su silbido de pentagrama. Cuando se gasta el entramado de los zapatos, se vuelven resbalosos. Y no hay quien los arregle. El diseño se preocupó por sacar a los zapateros de la cadena.

Tengo un amigo que anda pendiente de los adelantos, y el otro día se compró un televisor 4K. Me vendió el viejo por 50.000 pesos: un salto tecnológico. El problema es que hay que encenderlo con dos controles y decirle que uno no quiere actualizar nada, pero las desactualizadas tienen un límite, y un día de estos se rancha. Ya, por ejemplo, se apaga solo, y para encontrarle el programa de la inteligencia habrá que llamar a Jorge Serrato.

Algunas veces recuerdo con nostalgia el tiempo de los reparadores. Pero las cosas ya no se dañan. No porque sean indestructibles, sino porque están programadas para que duren poco. Esa perversidad tiene un nombre pretencioso: obsolescencia programada.

De manera que la nostalgia por los reparadores de cosas es algo más que un sentimiento pendejo. Es, quizá, la alerta de una sociedad suicida que, a sabiendas de que necesita repararse a sí misma, cerró las puertas y botó las llaves para seguir avanzando ciega hasta el despeñadero. A título de qué, me pregunté el otro día, un parlante no tiene tornillos. Ha sido concebido con tal nivel de omnipotencia tecnológica que se considera irreparable de origen. Pero resulta que no, que el parlante también es humano y se daña. El sistema lo tiene programado para que usted mande un correo electrónico a la casa matriz o asuma la proeza de llamar a servicio al cliente (tortura china) y aguante con estoicismo el menú de los diecisiete dígitos, que, ¡cómo no!, tiene también programada la cantinela de “si quiere repetir este menú”, marque nueve.

El caso es que Ted Trainer (La vía de la simplicidad, 2017) cree que hay que volver a los reparadores y a la austeridad de las economías. Pero cuando relaciona estos sencillos oficios con la crisis que vivimos, no es tan optimista. Nuestros problemas no tienen arreglo, en esta sociedad, escribe: hay que hacer otra.

@GuzmanHennessey

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