‘Guayacanal’ y Álvaro

‘Guayacanal’ y Álvaro

Los escritores ponen sobre la piel de nuestros días esa materia clamante que es la realidad del país

15 de agosto 2019 , 07:25 p.m.

Iba una santa energúmena asustando a los campesinos del Tolima. Con los ojos inyectados de fuego satánico y un manto azul de virgen inmaculada, recitaba los versículos negros del apocalipsis. Así anunciaba tiempos de violencia, años de sequías y plagas que serían la prueba de la ira divina. Viejo truco, pero las multitudes la seguían por los caminos, y los dueños de las fincas se postraban ante su báculo. Los curas la aprovechaban porque les aumentaba la clientela: ay, el padre Faustino, tan parecido a Colorado Herrera, de Guaduas, mi pueblo, y a tantos otros prelados que por aquellos años copiaban a pie juntillas la trilogía de Laureano (el Monstruo): Dios, la patria y la sociedad. Estoy citando el libro de William Ospina Guayacanal, pero el marco teórico de la santa, la república liberal de 1930 y la violencia que vino después está en Álvaro: su vida y su siglo, de Constaín.

En Guayacanal está el relato de los hechos, como la muerte a machete de Santiago, que fue regando su sangre por El Vaivén, La Unión, El Diamante, Los Asientos y Petaqueros. Lo había defendido Josefina (también a machete), pero al indio Alejandrino solo le competía en destreza Julio Gutiérrez, citado a duelo en un callejón de Honda, donde murió emboscado, no a machete sino a piedra.

Constaín se mete en las entrañas del Monstruo (ahora me refiero al ‘Régimen’ que combatió Álvaro Gómez) y nos muestra sus vísceras. Recorre con pulso de cirujano el sinuoso borde de las ideas (?) que separan (o unen) a liberales y conservadores, y al lector le queda la sensación de que tanto Gaitán como Gómez tenían razón cuando decían que se trataba de una misma élite oligárquica o de un ‘conjunto de complicidades’: el Régimen, eso era y eso es (sigue siendo). Pero de aquel ejercicio doblemente quirúrgico, llevado a cabo por las manos de un artista y las de un historiador, uno sabe que el paciente sigue ahí, resistiendo, persistiendo, sobreviviendo. Y celebra que hayan sido dos de los mejores, Ospina y Constaín, quienes pongan sobre la piel de nuestros días esa materia humeante, clamante y agobiante que es (sigue siendo) la realidad de Colombia.

Otrosí: Manfred Max Neef ha levado sus anclas para jamás volver. Alcanzó a escribir la economía que la humanidad deberá revisar para salvarse, una economía a escala humana. Le sobrevive su coautor: Antonio Elizalde.

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