Presos del coronavirus

Presos del coronavirus

No deje hundir el barco Presidente: Hay que pensar también en los presos y en los líderes asesinados

27 de marzo 2020 , 08:48 p.m.

La vida humana se complicó de manera abrupta e insospechada. El mal de la covid-19 nos tiene en tiempos de encerrona y a muchos ya máster de la escoba, como dijo un amigo. Pero hay miedo, y con razón. Ya van más de 24.000 muertos en 188 países. Solo en Italia la cifra ayer, cuando murieron casi mil personas, pasaba de 8.000 y más de 80.000 contagiados. Y en España iban más de 85.000 infectados y 4.858 fallecidos. En Estados Unidos había más de 64.000 casos y 994 fallecidos. En Colombia ya íbamos en 491 casos y 6 muertes.

Es una tragedia universal, y Dios nos proteja. A propósito, fue oportuno y bello el mensaje del papa Francisco ayer, Urbi et orbi, desde la vacía plaza de San Pedro. Mensaje que fortalece la fe y la esperanza y es para todos: “Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela sus corazones”, dijo. El pontífice nos dio certeza de que vamos a salir de esta tempestad, que no se hundirá el barco, y nos invitó a que no se apague el afecto.

Sí, porque la epidemia nos cambió la forma de vida. Insistamos en la unidad y la tolerancia. Es clave quererse y respetarse. En muchos hogares, entre ruidos de olla exprés, suena el garrapateo de los computadores de quienes hacen teletrabajo, se oyen las noticias y las series de TV, los niños teleestudian con los papás, ronca o lee un abuelo, juega la mascota, que ahora sí se siente acompañada –entre más crece el coronavirus, más quiero a mi perro, dicen muchos, porque a los perritos los pasean 20 minutos–, huele a torta o a quemado. Y todo eso, en muchos apartamentos estrato medio apretado, donde el comedor parece la mesa de noche, o se escucha cuando los vecinos se encomiendan a San Goloteo. Pero con todo, que no se pierda la armonía, pues es la vida de todos, la familia, el amor, el amigo, el vecino, la sociedad los que están de por medio.

Pero la situación es más compleja. En muchos casos, el dilema es morir de hambre o de coronavirus. Algunos que no pueden hacer teletrabajo se quedaron sin trabajo. Hay pocas carreras para los taxistas, porque la gente es la que dice: “por allá no voy”. A los de los montallantas, por ejemplo, no les llega un gato; los queridos lustrabotas no tienen a quién echarle cepillo; en los bares no se escucha ni Sonidos del silencio; a los vendedores ambulantes se les complicó el maní. Las fábricas cerraron, los aviones están en tierra, no hay deportes, los ciclistas de ruta pedalean en bicicleta estática; los futbolistas, con las pelotas en la mano. Todo es triste.

Y al Gobierno le quedará difícil dar subsidio para todos. Es entonces cuando tenemos que ser generosos y donar. Por suerte, veo que grandes empresarios tienen bondad. Sigan por ahí, pues las llaves del cielo se mandan hacer en la tierra.

De otro lado, o del mismo, hay que pensar en los que están en otro encierro: en los presos. Ya en la cárcel Modelo de Bogotá, la semana pasada, murieron 23. El hacinamiento es impresionante. Hay más de 123.000 donde solo caben 80.000. El Gobierno decretó la emergencia carcelaria y se busca que salgan 15.000, lo cual no es suficiente. Y, ¿lo pueden hacer los jueces rápidamente?

Es urgente descongestionar las prisiones, Presidente. Allí están muchos inocentes, miles apenas sindicados, otros con penas cumplidas en las tres quintas partes. Los que terminan derecho podrían ayudar en lugar de tesis. No olviden, magistrados, que el coronavirus busca entrar de visita y no se dejará requisar.

De otro lado, no deje hundir el barco, presidente Duque, en otros aspectos. Los coronabestias siguen matando a los líderes sociales. La semana pasada mataron a Marco Rivadeneira, en Puerto Asís. No los desampare. Y, a como dé lugar, siga cimentando la paz de este país, y que ‘Uribe no etorbe’.

Luis Noé Ochoa

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