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Platudos y desplazados

Platudos y desplazados

Gracias a los medallistas. Mientras tanto otros colombianos corren también, pero desplazados.

30 de julio 2021 , 08:14 p. m.

Este país vive entre sol y niebla, entre alegrías y penas. Una querida y divertida amiga decía que ella tenía las alegrías en medio de las penas. En medio de las penas nacionales celebramos los magníficos triunfos de Mariana Pajón y Carlos Alberto Ramírez en los Juegos Olímpicos de Tokio, en BMX, una modalidad de ciclismo bella, pero dura, en la que vuelan por una pista ondulada en una bici que siempre parece quedarles pequeña. Como cuando montábamos en la monareta de los niños. Y se caen, se lesionan y compiten contra los mejores del mundo. Por eso, una medalla es una hazaña.

Mariana es pequeña, pero gigante e indoblegable. Superó una lesión de ligamento cruzado, que es el terror para un deportista. Se secó las lágrimas, se bajó de las muletas y se preparó para ir por el oro a Tokio. Logró la plata, “que vale oro”, dijo. Claro que yes. Ramírez corrió lesionado, pero con garra y pericia. Y conquistó el bronce, que también vale oro. Así de sencillo, decía un billete de mil.

Solo queda darles las gracias, junto con el pesista Luis Javier Mosquera, quien también conquistó plata y con lo escasa que está por estos lados. Nada menos que en pesas, en levantar kilos de los buenos, de los que dan gloria. Así que, aunque suene a mentiras, hoy los colombianos estamos platuditos.

Estos triunfos caen como un bálsamo. Porque aquí para llorar de alegría y dolor somos medalla de oro. Más de cuatro mil coterráneos de Mariana, de Antioquia, papá, están en Ituango, corriendo también, pero desplazados, huyendo de la violencia. Porque muchos campesinos aquí no sufren de ligamento cruzado, sino de fuego cruzado. Y de otra enfermedad nacional: olvido del Estado.

Allí, en esas veredas de bellos nombres, que pongo al azar: San Isidro, Alto del Limón, Los Sauces, El Chuscal, Monte Alto, Quebradoncita, Santa Ana, entre otras, hay casas solas, fogones apagados, animales a la deriva, sin alimento, perros aullando la ausencia de los amos. Tristeza por todo lado. Todo porque otros que se las dan de perros, el ‘clan de Golfo’ y las disidencias de las Farc, que se ganan el pan con el sur de su frente 18, pero en realidad con el sudor de los que trabajan, resolvieron amenazarlos por WhatsApp el 21 de julio, después del día del grito de Independencia, cuando el presidente Duque nos pintó un país tan bonito.

Esto tiene que cambiar. Solidaricémonos con Ituango. A ver si algún día los niños de hoy corren por oro, no por miedo. Pero se necesita que el Gobierno dé un salto triple

Hoy, los ituagüeños están a la deriva, porque esas tierras donde crecen el café, el plátano, la caña de azúcar, los ‘frisolitos’, avemaría, también creció la coca. E Ituango, El Edén del Norte, está en una zona estratégica para el paso de la droga y las armas.

Ojalá los violentos, a lo mejor hijos de la región, piensen en lo que es para un campesino dejar su rancho, donde se sufre pero cada día a las cinco de la mañana se vive una nueva ilusión con un tinto humeante. Luego, es una esperanza ver partir a los hijos para la escuela, o salir a la jornada donde se suda a veces a pérdida, en pareja, pero esa es su vida. Para un campesino, de manos callosas y con cicatrices como marcas de guerra, dejar su casa por la fuerza es dejar el alma.

Paren, disidencias y golfos. ¿Se les dice así? Paren, pues el desarraigo es un crimen miserable que trae las peores consecuencias: humillación, violencia, dolor, muertes. Ustedes, desplazadores –vaya título–, pueden ser hijos y familia de quienes hoy están pasando angustias.

Y el Estado también debe llegar, no solo con nuestro Ejército, sino en ese carro oficial, sin el espejo retrovisor tan usado, que lleve vías, salud, progreso, justicia. Porque casi siempre ante las necesidades de los campesino somos muy olímpicos.

Esto tiene que cambiar. Solidaricémonos con Ituango. A ver si algún día los niños de hoy corren por oro, no por miedo. Pero se necesita que el Gobierno dé un salto triple.

LUIS NOÉ OCHOA
luioch@eltiempo.com

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