Mariposas de la dignidad

Mariposas de la dignidad

Mujeres que son la voz de un drama que aún no conocemos ni imaginamos en las ciudades.

21 de febrero 2020 , 10:04 p.m.

Acabo de ver el documental 'Mariposas violeta', presentado por primera vez el miércolespasado en la Cinemateca de Bogotá. El documento periodístico, creado y codirigido por Jineth Bedoya, directora de No es Hora de Callar y subeditora de este diario, con el respaldo de EL TIEMPO y el Reino Unido, saca lágrimas y maldiciones. Pero al final queda uno con ganas de abrazar y darles gracias a las protagonistas por el coraje, el ejemplo y su grandeza de alma.

No es hora de llorar, me decía para mis adentros, con un nudo en la garganta, pero era tarde. La lágrima rodó por rabia, por impotencia y por admiración. Allí, 12 mujeres, que interpretan a miles, a millones –se dice que 2 millones han sido vejadas en dos décadas–, que fueron víctimas de violencia sexual en el conflicto armado, convertidas desde niñas y adolescentes en esclavas sexuales de la forma más brutal, dan su impresionante testimonio.

Como dice Jineth: “Las mariposas violetas son el símbolo de la dignidad”. Sí, pues cómo más calificar la actitud de estas mujeres que cuentan, cada una, la película de terror que vivieron como niñas, adolescentes, como mujeres, a manos de paramilitares, guerrilleros o agentes del Estado durante una larga brutalidad por todo el país.

Eriza la piel oír: “... Y llega otro paramilitar y me dice: ‘Hoy te mueres’. Mi mamá se me tira encima y le dice: ‘Máteme a mí. A ella no’ ”. Y así transcurre, en Bagadó, Chocó; en Calima Darién, Valle; en Montes de María, Sucre; en Padilla, Cauca; en La Dorada, Caldas; en El Carmen de Bolívar; En el Charco, Nariño; en Putumayo, en casi todos los departamentos, se sabe, donde hombres armados pero cobardes, a los que enseñaron a odiar y matar, no a amar, no tuvieron respeto ni piedad y tomaron a las mujeres como botín de guerra.

Se necesita enviar mensajes de reconciliación, lejos de bodeguitas uribistas para hostigar a la oposición. Porque aquí nos ‘matamos’ por las redes,
pero en los montes los
muertos son de verdad.

“Tengo conciencia como de lo que el primero de ellos hizo conmigo. Me acuerdo del segundo y creo que ahí perdí la conciencia... Cuando desperté había otro hombre encima de mí...”. Es el relato valiente de una mujer que era una niña de 14 años cuando ocurrió la brutalidad de El Salado, hace 20 años, donde muchas mujeres fueron violadas en todas partes, en grupos, durante una semana de infierno causado por los paramilitares.

Ellas son la voz de un drama que aún no conocemos ni imaginamos aquí en las ciudades nosotros, politizados y polarizados, que hablamos de guerra sin saber nada de ella. La humillación fue miserable. No solo las violaban, sino que mataban a sus seres queridos delante de ellas, las marcaban en los genitales, les cortaban la cabellera, las torturaban por no contar lo que no sabían, las obligaban a tener sexo para no llevarse a sus hijos a la guerra, las infectaron, las marcaron en el alma para siempre.

Y después de llevar ese dolor, de soportar estigmatizaciones, porque en este país sin entrañas hasta las culpaban, “ellas se convencieron de la importancia de hablar”, dice Jineth, que sabe de eso y esperó por años, hasta que estuvieran listas. Y así volaron las mariposas. Esas mariposas hoy, con su capacidad de resiliencia, es decir, de sobreponerse, son un ejemplo de dignidad, de amor a la vida y de solidaridad con las demás; hacen trabajo social, producen; sobre todo, buscan construirles un mundo más amable a otras mujeres víctimas. Qué bella tarea.

Pero, además, hacen pensar en lo grande que fue lograr la paz con las Farc y en lo que falta aún. Porque esto no puede seguir ocurriendo. Se necesita enviar desde arriba mensajes de reconciliación, lejos de bodeguitas uribistas para hostigar a la oposición. Porque aquí nos ‘matamos’ por las redes, pero en los pueblos y en los montes los muertos son de verdad. Y las mujeres son las primeras víctimas. La tarea es crear bodeguitas de solidaridad y de reparación espiritual y social.

Gracias, mariposas, por tocarnos el alma. Gracias Jineth. Ojalá haya conciencia.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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