Lo que nos deja la covid-19

Lo que nos deja la covid-19

A lo mejor este mal sea una oportunidad de conocernos mejor y de despertar cambios hacia el futuro.

03 de abril 2020 , 08:14 p.m.

Unos en encierro, otros en entierro. Algo así quise decir, con dolor, la semana pasada. Y así está el mundo en el que el invisible coronavirus parece estar afuera de las viviendas gritando “salgan con los tapabocas en alto, que están rodeados”. Medio mundo está en cuarentena obligatoria.

El mal del siglo es despiadado y letal. A estas alturas ya se ha llevado, en el avión celestial, a más de 52.000 personas. Y hay más de un millón contagiados. Hoy hay casi dos mil millones de personas en cuarentena.

Ya se ha dicho, la covid-19 cambió las costumbres, las tradiciones, la vida. Fue un cambio brutal, dijo el que se cambió de sexo. Comentan por ahí que antes uno estornudaba tres veces y le decía, “salud, dinero y amor”. Ahora, le dicen asustados, “hágase chequear”. Millones de personas están en teletrabajo. Todo es a distancia. Tocará hacer el amor a distancia y con tapabocas.

Ojalá cuando nos podamos abrazar, reforcemos los valores, que los gobiernos piensen más en la gente que en los intereses personales y trabajen por una sociedad más justa.

El mundo católico celebra mañana el Domingo de Ramos, que, paradójicamente, es el final de la cuaresma, o sea, la cuarentena, que empieza el miércoles de ceniza, día en que antes nos decía el sacerdote, al imponernos la cruz, “recuerda que polvo eres”.

Quién iba a pensar, Dios santo, que tocara conmemorar con iglesias cerradas, esa fecha tan especial del catolicismo, cuando Jesús de Nazaret entró triunfante a Jerusalén en un burrito, al que le pusieron una alfombra que le quedó al pelo, mientras la muchedumbre cantaba sin cesar, “bendito el que viene en nombre del Señor”, y batían palmas.

A propósito, en aquel entonces, ya había epidemias. Porque dicen los nuevos testamentos que por allí, en Nazaret, aquel día, estaba Simón el Leproso.

Esta será una verdadera semana de recogimiento, no de vacaciones, cuando el señor caído con la esposa se la llevaba a la playa. El domingo de Ramos me trae recuerdos y anécdotas, y espero que a muchos hoy en casita, que hicieron procesiones y compraron ramos para hacerlos bendecir, por fortuna ya prohibido. Yo pequé, perdóname Señor, porque no sabía lo que hacía, cuando era un niño ágil, cual Tarzán en miniatura, sin conciencia ecológica, trepé a una hermosa y altísima palma y le robé su cogollo para llevarlo tejido a la procesión dominical, de la mano de papá, a quien, desde arriba en mi palma, fue la única vez en la vida que vi pequeño. Porque papá Francisco, para mí siempre fue un gigante. Hoy, encerrado, me faltan él y sus cuentos.

A propósito, invito a los que tienen a sus viejos y abuelos, a que hoy los adoren más y los disfruten más; que los protejan de riesgos del virus, los entiendan, que les muestren gratitud. Yo creo que el mal, donde hay amor y cuidados, no entra. Me puse sentimental. Y en ese tono, como dicen los músicos, gracias a los artistas y a todos los que por distintos medios nos hacen más llevadera la cuarentena.

Esta es una manifestación positiva de lo que es el ser humano, recursivo, generoso, solidario. Ese mal, que nos ha descubierto fortalezas y debilidades, a lo mejor sea una oportunidad de conocernos mejor, de despertar de conciencias y de cambios en el mundo.

Aquí, por ejemplo, nos dimos cuenta de que hay muchas personas pobres, y tal vez una clase media que vive a medias; que el sistema de salud anda mal de defensas económicas; que al cuerpo médico, al que aplaudimos y agradecemos, no le pagan lo justo. Ya también muchos están valorando el campo, los grandes esfuerzos y las pocas ganancias del campesino. Y ha servido para ver también generosidades maravillosas.

Ojalá cuando nos podamos abrazar, reforcemos los valores, que los gobiernos piensen más en la gente que en los intereses personales y trabajen por una sociedad más justa, que salve la economía, pero sobre todo al ser humano. Porque si no, un día dejaremos el tapabocas, pero pasaremos al taparrabos.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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