Legarda, otra vida perdida

Legarda, otra vida perdida

El desfile de muertes violentas se lleva al cementerio un pedazo del alma de muchas familias.

08 de febrero 2019 , 07:14 p.m.

Hoy quería escribir en homenaje al negro grande, Alejo Durán, ese juglar auténtico e inolvidable de La cachucha bacana, nacido en casa pobre pero que por tocar maravillosamente el acordeón tocó la gloria.

Alejo Durán fue nada menos que el primer rey vallenato. Y sigue siendo el rey. Porque dejó un extraordinario legado musical; porque puso un granito de arena “más grande que el cerro e Maco”, como canta el genial Adolfo Pacheco en su Hamaca grande, para que este género trascendiera fronteras, ‘apa’, como cantaba.

Los que combinamos la carranga, de ese otro genio, Jorge Velosa, con sones, merengues, paseos y puyas, vamos tarareando Pedazo de acordeón o Alicia adorada, El caballo pechichón, 039, Los campanales... Y muchas más, ‘oa’, que deberían sonar hoy 9 de febrero, cuando se cumple el centenario de su natalicio, en El Paso, Cesar.

Pero en este país de balas perdidas, de 038 largo, el desfile de muertes violentas daña un centenario, y no solo se lleva al cementerio un pedazo de acordeón, o de guitarra, sino un pedazo del alma de muchas familias de todos, de los líderes sociales, o de los miles de fans de sus ídolos.

No soy reguetonero, pero al país, no importa la música de cada uno, lo conmovió la muerte del cantante Fabio Legarda, este jueves en Medellín, por una bala perdida, mientras se desarrollaba un atraco.

Yo no conocía a este artista. Pero le tomé cariño, como medio país tal vez, cuando lo vi el año pasado en el concurso Master Chef, de RCN. Era un muchacho alegre, sencillo, sin egoísmo y divertido. Un hombre lleno de ilusiones que se hizo querer de todos, entre ellos de la actriz Margalida Castro, quien fue su abuela adoptiva y hoy también está con el alma en la mano.

Una bala perdida le segó la vida a Legarda, quien lanzaba esa noche un álbum. Qué absurdo. Podríamos parodiar a Alejo Durán en Pedazo de acordeón: por si acaso yo me muero, yo le hablo de corazón, me llevan al cementerio este bonito reguetón.

Duele y emberraca, parceros reguetoneros, bambuqueros, carranguerros, vallenateros, rancheros, que se malogren vidas preciosas como la de Legarda, ese muchacho que en Master Chef hizo platos sorprendentes, con cuidado, con entusiasmo, adobados con amor, en especial por Luisa Fernanda W., su novia, quien dice que era un hombre encantador que desbordaba talento y que juntos vivían un sueño. Un hombre que era feliz.

Era un artista conocido, pero, como en este país la que vive moviendo el esqueleto es la muerte, hay desfile diario, al cementerio, de muchas personas valiosas, víctimas de la violencia, de balas perdidas. Ayer, en Floridablanca, Santander, murió Shiley Duarte, de 15 años, por otra maldita bala. Qué pena. No es que uno esté en el lugar equivocado, sino que los delincuentes están por todo lado, armados, drogados, sin piedad, sin ley. Y son reincidentes.

Y duele, parceros, la muerte, casi a diario, de líderes sociales, de personas famosas y menos conocidas pero valientes, que llevan al cementerio un pedazo de país. En once meses, según el defensor de Pueblo, Carlos Negret, mataron a 162 líderes sociales y defensores de derechos. No funcionaron en muchos casos las alertas tempranas.

La noticia de estas vidas perdidas salió cuando Duque anunciaba su política de seguridad, según la cual hay que denunciar por vía digital, por WhatsApp. Tiene doble filo. Ya se dice que es política de ‘whatsapos’. Pero toca denunciar a los delincuentes y sospechar; y, eso sí, las autoridades deben escuchar las alertas. Y que haya retenes y requisas. Porque como vamos, suenan más las armas que las herramientas; o las sirenas de las ambulancias que los instrumentos musicales. Nos jodimos.

luioch@eltiempo.com

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