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Era un 11 de septiembre

Era un 11 de septiembre

¿De qué ha servido la guerra? Solamente han ganado la muerte y los vendedores de armas.

10 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Hoy escribo “neutro”. Comienzo por decir que les tengo miedo a los aviones, a los que van por el aire y a los que se tumban los dineros públicos. “Les caerá todo el peso de la ley", se dice siempre, pero la ley vive en dieta, no pesa, y a veces se queda en neutro; o sea, que no arranca. Triste. Hablo de aviones porque hoy es 11 de septiembre y vienen a la mente, a vuelo de pájaro y de muerte, los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York.

Y como muchos, evoca uno el tango Volver, de Carlos Gardel, quien nació un 11, pero de diciembre, cuando decía que 20 años no es nada. Sí, ya pasaron 20 años de aquella terrible tragedia, el peor atentado terrorista en la historia de Estados Unidos, que dejó 2.996 personas muertas y 25.000 heridas.

Hoy en el mundo se ora, se rinden homenajes, se agotan las velas, las flores y las lágrimas. Y se repasa dónde estaba cada uno esa mañana. Ese martes yo leía y oía noticias. Enterado del primer avión, creo que el vuelo 11 –otra vez el 11– de American Airlines, que los terroristas del grupo islámico al Qaeda estrellaron contra una de las torres, llamé al codirector de EL TIEMPO Rafael Santos. Mientras comentábamos, fue impactado el segundo avión –que vio el mundo entero–, el de las 9:03, contra la otra torre. “Ah, no... Estos son atentados. Nos vemos en el periódico”, y me dejó hablando solo, como los hermanos Rodríguez Orejuela al ex Pastrana.

Lo demás son recuerdos, historia triste, llena de dolor, muertes y más muertes. Es imposible olvidar la expresión en el rostro de George W. Bush cuando le dieron la noticia, al oído, en una escuela en Florida. Porque él iba a la escuela. Ese día parecía otro niño. Creo que siempre lo fue, pero gobernaba a Estados Unidos. Por el gesto, la noticia fue una patada en las gemelas, aunque siguió ahí, pero en realidad no estaba. Y esa patada estremeció al mundo entero y nos ha seguido doliendo a todos.

¿Cuándo nos dejaremos de matar allá y aquí? ¿Cuándo depondremos los odios allá y aquí?

Yo desde ese 11 he pensado en el daño que causan a la humanidad el odio, el fanatismo religioso y las venganzas. ¿Cómo hay seres que son capaces de planificar, como quien se plantea un día laboral, llevar piloto entre los suicidas y tomarse una avión lleno de pasajeros inocentes y alegres que se acaban de despedir de beso de sus familias? ¿Cómo un terrorista puede tener la sangre fría de subirse al vuelo, sin sudar de nervios, sabiendo que en un ratico volará en pedazos? Dios, un avión lleno de gente, con 76.000 libras de combustible, contra edificios también llenos de personas.
En esos atentados de cuatro aviones, porque otros dos se estrellaron contra la fachada oeste del Pentágono en Virginia y otro, que iba dirigido contra el Capitolio en Washington, cayó en un campo abierto. Gloria eterna a los pasajeros y la tripulación que evitaron esa otra tragedia.

Todo esto duele, es de orates, conmueve. Además de lo que siguió. Porque como la guerra se fue a Afganistán, detrás del cerebro del mal, que duró casi año y medio planificando el objetivo, hasta que EE. UU. le dio de baja el 2 de mayo de 2011. Otra vez el 11. Una guerra que duró 20 años, que no son nada, pero cuestan, sobre todo en vidas: 3.586 soldados aliados, 75.000 civiles, 84.000 opositores.

Hoy Estados Unidos y los aliados acaban de dejar Afganistán y los talibanes volvieron al poder. ¿De qué ha servido la guerra? Solamente han ganado la muerte y los vendedores de armas. Que ya se frotarán las manos, porque hay otra venganza pendiente, pues el Estado Islámico cometió un atentado que dejó casi 200 muertes en Kabul, entre ellos 13 soldados gringos.

¿Cuándo nos dejaremos de matar allá y aquí? ¿Cuándo depondremos los odios allá y aquí? Es que la muerte y la guerra son almas gemelas.

LUIS NOÉ OCHOA
luioch@eltiempo.com

(Lea todas las columnas de Luis Noé Ochoa en EL TIEMPO, aquí)

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