El sueño amarillo

El sueño amarillo

Sería bueno que se creara una distinción especial para deportistas, artistas o escritores.

02 de agosto 2019 , 08:10 p.m.

Después de tres semanas de ausencia, regreso de acompañar a Egan Bernal. Qué alegría tan indescriptible. Lo vi de cerca y lloré de emoción con él el 27 de julio, cuando el zipaquireño atacó, autorizado por Geraint Thomas, en ese puerto de L’Iseran, fuera de categoría, y fue desgranando rivales, porque el ‘fuera de categoría’ es él. Hasta el gran Nairo, que le puso papas y amor propio a la etapa anterior –que ganó– se colgó un poco. Pero por dentro tendría alegría, pues un compatriota suyo, nuestro, arañaba la gloria.

Bernal, ese muchacho sencillo, respetuoso, correcto, que se ha roto tres veces la clavícula, una la escápula y otras el alma, le sacó dos minutos a Julian Alaphilippe –que fue líder por muchos días–, y bajaba a cien, o a mil, o al mecho, como dicen los conductores de bus. Nadie aguantaba tanta emoción; ni Francia misma pudo, pues hasta el cielo se derritió a su paso, y a sus pies, y soltó el granizo contenido. La misma montaña comenzó a estremecerse y dejó rodar toneladas de lodo a la carretera. Solo así, con lluvia, granizo y piedras, lo pudieron parar.

Mas él ya era el campeón. Ya había marcado la historia, ya era el primer latinoamericano, de solo 22 años, en ganar el Tour de Francia, que es ganar el mundial de ciclismo, adonde van los más grandes, en 22 equipos, del más duro deporte de la humanidad. Pero uno de los más bellos. Después de 3.400 kilómetros, esquivando caídas y ataques y calores y nieve, había cosido a pedal, como las mamás confeccionaban la ropa de sus hijos en las viejas máquinas Singer, la camiseta amarilla, que es la de Colombia. Lo paró la naturaleza, pero Egan conquistó la más grande prueba de tres semanas, la que parecía imposible, la que nos faltaba. Qué orgullo.

Lo hecho por Egan Bernal es inconmensurable. Por eso le darán la Cruz de Boyacá. Qué pena, campeón, que se la hayan dado también a tanto político de esos que chupan rueda en el pelotón

Una hazaña. Se santiguó, nos santiguamos. Y yo, ahí, a metro y medio, frente al televisor, llorando con él. Porque en realidad no estuve en la patria de Molière, Sartre, Baudelaire, Voltaire y Montesquieu, pues siempre prefiero en vacaciones la montagne de la Colombie, en especial allá en mi Suaita querida, en la finca El Polvillo, llamada así por un árbol, le ‘polvié’ –para seguir en francés–, bregando a ordeñar la vaca Gar.

Lo hecho por Egan Bernal es inconmensurable. Para los que no les gustan las palabras largas, incalculable. Por eso le darán la Cruz de Boyacá. Qué pena, campeón, que se la hayan dado también a tanto político de esos que chupan rueda en el pelotón. Ernesto Macías recibió la Cruz de Boyacá. Y como que solo ganó una doble al alto de ‘La Jugadita’. Pero tranquilo, Egan, también se la han otorgado a grandes deportistas que han traído medallas de oro, y a Lucho Herrera y al profe Pékerman y a Pacho Maturana.

Usted ahora le dará prestigio a esa cruz. Aunque sería bueno que se creara una distinción especial para deportistas, artistas o escritores. Y, en todo caso, que no les den la cruz del olvido, como muchas veces pasa. Ni la cruz del recorte presupuestal. Porque según vi, para el año entrante, el deporte colombiano tendría un recorte presupuestal.

Ojalá no, porque los deportistas son los que limpian la cara del país, los que unen, los que nos hacen olvidar angustias y hasta nos alivian el alma por tantas cruces, no de Boyacá, sembradas en los campos todos los días.

El deporte es esperanza, sueños a veces cumplidos, como los de Egan, para miles de muchachos humildes del campo y la ciudad, que no se les pueden truncar. El deporte es paz. Si acaso, recórtenles a los políticos, que solo son buenos ‘embajada’. Muchas gracias, Egan.

Nota triste. Se fue por la ruta de Dios Jaime Santos, Clímaco Urrutia. Un magnífico director de teatro, pianista, actor, libretista, escritor. Un humorista fino y crítico, y sobre todo gran ser humano, decente, bueno y sensible. Que disfrute, mi maestro, los escenarios celestiales.

luioch@eltiempo.com

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