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Desconfiados los unos de los otros

Desconfiados los unos de los otros

La gente no confía en las instituciones públicas, en las privadas ni en las personas.

14 de enero 2022 , 08:00 p. m.

A menudo se oye decir que "aquí ya no se puede confiar en nadie". Inclusive, algunos padres les dicen a sus hijos: "Tiene que aprender a desconfiar". "Desconfía y acertarás" es un lema popular. Y no es nuevo, viene de antes de Cristo. Al mismo Mesías –el verdadero– lo traicionaron. El griego Aristófanes, un tipo alegre que tomaba del Peloponeso pero que desconfiaba hasta de su propia sombra, dijo: "La desconfianza es la madre de la seguridad".

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La humanidad es como un par de calcetines: media desconfía de la otra media. Pues, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, en América Latina somos aristofanianos. El BID dice que la desconfianza es el problema más urgente que enfrenta la región.

La gente no confía en las instituciones públicas, en las privadas ni en las personas. Impresiona que en América Latina, 9 de cada diez personas creen que no se puede confiar en el otro. En nuestro país, un 73 por ciento vive prevenido, es decir, desconfiado y malicioso.

Se dice que "al perro no lo capan dos veces", pero aquí sí se obra el milagro y por eso, desgraciadamente, hay razones para desconfiar. Por ejemplo, ¿cómo confiar en la justicia cuando el nivel de impunidad, según Transparencia por Colombia y la Fiscalía, en 2019 fue del 94 por ciento? Es que aquí impera la ley, pero la ley de la trampa.

Cómo confiar, por ejemplo, en las instituciones cuando se presentan casos como el del año pasado, cuando el Mintic entregó un anticipo de 70.000 melones por un contrato para llevar internet a varios departamentos a gente confiada y pobre, para los niños especialmente, pero como vamos, ‘esa platica se perdió’.

La confianza social es vital para todo. Significa calidad de políticas públicas, menos burocracias, menos papeleo, incluso, más estado de ánimo y progreso.

¿Cómo confiar en un Estado en el que en 2021 la Contraloría General descubrió 237 elefantes blancos barritando por todo el país, gorditos como las cuentas de los que los construyeron, en los que se invirtieron más de 2,3 billones de pesos de nosotros los confiados? Esa platica también se perdió. Tal como se pierden 50 billones al año por corrupción, según ese organismo.

¿Cómo confiar en unos políticos que legislan y son acusados de plagiar la tesis de maestría? Aquí lo falso es moneda corriente. Hay desde billetes, certificados, títulos y licores hasta ‘falsos positivos’. Qué miedo.

Por eso la desconfianza en la compra, en la calidad, en la palabra del otro, que ya no es de gallero. Uno revisa todo, resoba y pone a contraluz hasta un billete de mil, a ver si es legal. Recuenta las monedas de vueltas, tiene que exigir que el taxista oprima el botón del taxímetro. Y a propósito de taxistas, dijo uno que en la Casa de Nariño están enfermos de gripa porque al parecer un alto asesor presidencial incurrió en tráfico de ‘influenza’. Es que el tráfico de ‘influenzas’ es otra pandemia.

La confianza social es vital para todo. Significa calidad de políticas públicas, menos burocracias, menos papeleo, incluso, más estado de ánimo y progreso. Pero todo está atado a una cosa llamada ética, honestidad y que se respete la palabra, que se cumplan las promesas. Y eso es ya un asunto cultural.

El BID hace una serie de recomendaciones, y hay que confiar en ellas. Pero tal vez todo tenga que partir del ejemplo de los líderes, que desconfían entre sí y entre no, de que prometan lo que pueden cumplir, de que el Estado cumpla y el gobernante cuide y ejecute bien, que haya transparencia administrativa de los procesos, que las obras no cuesten el doble, en fin, que el gobernante gobierne en casa de cristal.

Aquí en confianza, toca empezar por la educación, por formar conciencias intocables, por que nunca más veamos ‘carteles de la toga’, con magistrados más amantes del billete que del birrete, por que haya más justicia y políticos más en el corazón de la gente que en el ojo del huracán. Confiemos.

LUIS NOÉ OCHOA
luioch@eltiempo.com

(Lea todas las columnas de Luis Noé Ochoa en EL TIEMPO, aquí)

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