De monjas y mesías

De monjas y mesías

Por su actitud, por lo cargada de tigre, parecía hermanita, no de la caridad, sino de Álvaro Uribe.

11 de octubre 2019 , 07:33 p.m.

Este jueves yo pensaba en la bonita columna de Juan Esteban Constaín ‘Viejos oficios’, publicada ese mismo día en este diario. Habló él sobre el afilador, que por años timbraba en casas y edificios a ver quiénes tenían los cuchillos romos, aunque a muchos, al timbrar, les sacara la piedra de amolar.

Y al filo de los recuerdos surgían el campanero que vendía ponche por los barrios, o el hombre del flautín, tin tin, que compraba periódicos. Ahora surgen los ‘abohámsteres’ acusados de pasar por las cárceles comprando testigos. Que no se vuelva profesión.

Y pensaba yo en lo que se está acabando, aparte de la honestidad y la urbanidad: el teléfono público, e inclusive el de escritorio, cuando saltó el megáfono, como enviado de Dios en manos de una supuesta monja, ‘Sor-prendida’, según Matador. Sor-prendida le decían también a una monjita a la que se le iba la mano en el vino. Y Sor-dita, porque el martes pasado, cuando Álvaro Uribe acudió ante la Corte, gritaba a pulmón henchido “que viva el sagrado Uribe”, “Uribe no es ningún paraco”, como para que la escucharan no solo en la Corte Suprema de Justicia sino hasta en la corte celestial.

Pronto se supo que Adriana Torres es falsa monja, que no pertenece a una comunidad religiosa. Ni Clarisas, ni Dominicas, ni Carmelitas ni llevaba rosario. O sí, un rosario de arengas por Uribe. Así que resultó cubierta con un manto, pero de dudas. Tal vez sí puede ser de la comunidad del ‘Mesías del perpetuo mandato’, o del ‘presidente eterno’.

Y por la actitud, por lo cargada de tigre, parecía hermanita, no de la caridad, sino de Álvaro Uribe. Y por el megáfono. ¿Lo recuerdan a él en las marchas?

Pero el hábito no hace al monje, y las libertades son sagradas. Ella está en todo su derecho de ser devota del exmandatario, que no es un santo. Así como todos los que lo critican y gritan en contra suya, pero siempre con respeto por el otro.

De la indagatoria y su entorno quedaron varias cosas claras: que, a pesar de divisiones, tensiones, odios, redes incendiarias, aún hay respeto por el Estado de derecho y separación de los poderes. Y eso es vital para un país. El expresidente acudió a la Corte, las mismas altas instancias que en su gobierno fueron chuzaDAS, y en términos cordiales fue escuchado por el magistrado César Augusto Reyes Medina.

Y Colombia siguió. No tembló la tierra. Incluso, Uribe salió positivo luego de la diligencia y habló in extenso, y dijo: “El magistrado que me indagó procedió en su deber, no tengo quejas”... Y quedó vinculado formalmente a su proceso por soborno y fraude procesal, como cualquier ciudadano, porque él no es intocable. Nadie puede serlo ante la justicia. Ahora hay que confiar en ella, y esperar que los magistrados obren en derecho y que el fallo sea meridiano. Y sea cual fuere la decisión, no se va a incendiar el país.

Así tiene que ser, pues la institucionalidad es sagrada. Y Colombia debe seguir más allá de Uribe. Que la polarización o este juicio no opaquen los temas apremiantes. Hay varias urgencias. La implementación del proceso de paz. La erradicación de la coca. El desempleo va por ascensor...

El caso de los niños de Puerto Carreño que comen lo que encuentran entre la basura clama al cielo, tiene que ser un megáfono nacional. Y debe estremecernos y convocarnos a todos: religiosos y ateos, a la prensa, al Gobierno. ¿Desde cuándo viene ese drama?

¿Por qué no decimos: ‘Niño hambriento, amigo: el país está contigo’? Al menos sor Torres, que está más perdida que Aida Merlano, les lleva comida barata a los habitantes de una comuna en Medellín. ¿Y nosotros?

Muchas cosas van muriendo, pero que no muera la bondad.

luioch@eltiempo.com

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