Con luz, pero a oscuras

Con luz, pero a oscuras

Que haya fluido eléctrico para todos. Pero este país en muchas cosas vive un momento de oscuridad

28 de junio 2019 , 07:48 p.m.

Estamos en puente. San Pedro, que fue el primer torero, anda cortando orejas en las ferias de los pueblos; millares de citadinos salieron de los trancones e irán rumbo al mar o el campo. Llegan las visitas a las fincas, y a los pobres pollos se les pone la piel de gallina, lo hemos dicho. Y lo hemos visto. La inseguridad sigue, dijo un pavo. Pero, en serio, hoy, con cierta paz, es maravilloso poder volver al campo, en muchas zonas con mayores comodidades, otras con un siglo de atraso.

En este ambiente pienso en la familia de don Florentino Mora y doña Virginia Fonseca, en Apulo, Cundinamarca. Un par de campesinos sencillos; ella de 78 años, según dijo en entrevista con EL TIEMPO, y él por ahí en los mismos abriles. A ellos, por fin, el 31 de mayo pasado les llegó la luz eléctrica, cuando ya ella pensaba que la única luz sería la perpetua, que a uno se la conectan cuando ya se desconecta.

Pues, al fin, gracias al programa Cundinamarca al 100, Enel-Codensa, que busca conectar a 8.500 hogares para 2.022, “llegó la lu”, como le dijo alguien en el Chocó, hace años, a Virgilio Barco. Qué bien. Hay casos, como este en Apulo, en los que toca romperse el hombro, pues hay que subir el poste a lomo de hombres, pero vale la pena. En este departamento, 5.500 familias todavía viven prendiendo velas para que les llegue la luz.

Solo queda pedir a Dios que a nuestros líderes se les ilumine el bombillo y haya unidad, por encima de intereses. Lo malo es que muchos, del Estado de opinión, siempre hacen corto.

Yo recuerdo cuando, allá en mi querida Suaita, nos llegó la luz a la pequeña finca. Los niños vivíamos a punto de incendiarnos, pues al hacer las tareas escolares acercábamos el pelo al mechero, y sssiiisss. “Quedó costeño”, decía el otro al verle a uno el pelo crespo que le dejaba el chamuscón.

Pero un día regresábamos de estudiar, y ‘¡llegó la lu!’. Todo era alegría. Aunque con ella, a mi padre –un creador de cuentos para dormir niños– se le cortó la inspiración, pues vinieron la radio y las novelas. Arandú, el príncipe de la selva y Kalimán remplazaron las creaciones de mi viejo. Ya escuchábamos a Los Tolimenses, Emeterio y Felipe y la simpática Escuelita de doña Rita.

La luz es progreso y además, un derecho. Es calidad de vida, salud y entretenimiento. Con ella vienen los electrodomésticos, las comunicaciones, se acerca el ciudadano a la civilización. Aunque, a veces, muchas torpezas duelan.

Por ejemplo, el crimen de María del Pilar Hurtado, la líder de Tierralta, Córdoba. Donde algunos se atrevieron a decir que tal vez no era líder. Como si no se tratara de una vida preciosa, como todas las de los más de 300 asesinados. Y más la de una valerosa madre.

La luz son noticias. Ya sabrán ahora doña Virginia y su esposo de todas las triquiñuelas de los políticos en el Congreso para evitar que los corruptos les quitaran la casa por cárcel, con lámparas de conchudos de nácar, sala de cine, gimnasio para mantenerse en buen estado físico en caso de que tengan que correr; ya habrán visto que un padre de 25 años y su hijita de 23 meses murieron ahogados, abrazados, como oyendo cuentos de miedo, en el río Bravo porque Trump está en campaña y los rechaza.

Tener luz en casa es también cultura, derecho a la diversión, poder disfrutar de la Selección de fútbol, ver a James, Falcao, Ospina... y gritar lo que gritan los políticos cuando se hunden las leyes. Sin embargo, ante todo lo que nos toca ver, me pregunto si no es mejor vivir lejos, desconectado, sin nada que atente contra la salud mental.

Hay fluido eléctrico, y que haya para todos. Pero este país en muchas cosas vive un momento de oscuridad. Solo queda pedir a Dios que a nuestros líderes se les ilumine el bombillo y haya unidad, por encima de intereses. Lo malo es que muchos, del Estado de opinión, siempre hacen corto.

luioch@eltiempo.com.co

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