¿Cómo le quedó el ojo?

¿Cómo le quedó el ojo?

Quiero proponerles al Gobierno y las EPS mayor prevención en salud. 

19 de abril 2019 , 07:50 p.m.

Primero que todo, a los queridos viajeros les deseo un feliz retorno. En gastos, es tarde para decirles que había que apretarse el cinturón, pero sí los de los autos. Recuerden que despacio se llega lejos. Traigan a Prudencia como copiloto.

Y paciencia con las adoradas esposas, que llenarán el baúl con naranjas, “que están baratas”, quesos y tortas “para mamá, que ella siempre nos lleva cualquier cosita cuando viaja” y “detalles” para las compañeras de oficina. Mucho ojo, pues, al conducir.

Y, hablando de ojos, perdón por el tono personal, pues fui operado de uno. Todo porque después de varios exámenes, dilataciones, campos visuales, “mire la E” y “mire la F”, etc., descubrieron que sufro de glaucoma. Se me estaba quemando el nervio de la felicidad. Que no es el que se pudiera pensar en un hombre, sino el de todos: el nervio óptico.

Si hay prevención, en pocos años el sistema de salud pagará menos. Y todos tenemos que ser conscientes de no esperar hasta última hora.

Luego de gotas y operación láser, tocó recurrir a la trabeculectomía para bajar la alta presión del ojo, que es lo que causa que el nervio muera lentamente. Pues se hizo, aun contra mis miedos, ya que a este servidor le producen nervios hasta las espinas de la corona de Jesús de Nazaret en las películas de estos días. Pero había que evitar que se me llamara el Tuerto Ochoa. Ya bastante tenemos los santandereanos con el Tuerto Gil, que no vio pasar los fajos de billetes por debajo de la mesa que el fiscal de la JEP, Carlos Julián Bermeo, recibía supuestamente para incidir en el caso Santrich, que sí parece perdió el campo visual y ahora mira a ver cómo evita la extradición.

Yo le había pedido a Jesús de Nazaret que en esta Semana Santa hiciera un milagro conmigo para que amaneciera viendo un zancudo a un kilómetro. Ya me veía en sandalias, por el mundo como testimonio de fe. Pero Él sabe que hay que poner algo de sacrificio, a lo mejor me cobra tantas picadas de ojo. Así que, por mis pecados, como decían las abuelas, entré al quirófano en la clínica Barraquer, yo creo, la mejor en su ramo de América, y no por ser ‘homosapo’.

Allí, en ayuno, por exigencia médica y por fe, después de 33 credos, me practicaron en días pasados la trabeculectomía. En un momento, cuando la doctora Clemencia de Viveros, verdadera santa Lucía bendita, llena de sabiduría y bondad, me decía “mire la luz”, dudé, pues creía que era la luz eterna. Llegué a pensar en la palabra en la cruz: “En tus manos en comiendo mi espíritu”. Pero la miré. Y, por suerte, la sigo mirando, con mi familia hecha lazarillos.

‘¿Cómo le quedó el ojo?’, me dijo un amigo uribista con buen humor. Vamos bien. Los posoperatorios no son fáciles. En este caso, con puntos internos, se siente una basurita que no lo deja a uno parpadear tranquilo. Imagino así a un Presidente titular con un mentor metido en el ojo todo el tiempo, sin poder ni parpadear.

Pero, ojo, no le metamos política. Aprovechando que la doctora Clemencia me autorizó escribir una hora y descansar 10 minutos, aunque yo estoy haciendo al contrario, quiero más bien proponerles al Gobierno y las EPS mayor prevención en salud. En todos los campos. Que los cánceres se detecten a tiempo y sean tratados oportunamente; que sean obligatorias la mamografía y la ‘trabeculotomía’, o sea el examen de próstata; que haya más médicos generales bien capacitados y les den autonomía; que en todas las empresas, grandes o pequeñas, sea obligatorio un chequeo médico general al año, a través de la EPS. Todos ganaríamos.

El país debe tener visión de futuro. Si hay prevención, en pocos años el sistema de salud pagará menos. Y todos tenemos que ser conscientes de no esperar hasta última hora. Por mi caso, me suena este eslogan: ‘No pierda de vista sus ojos’. Como le decía un tuerto a su ojo ciego, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

luioch@eltiempo.com

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