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Consentimiento informado

Consentimiento informado

Salgamos vacunados, con banderas blancas, a rechazar a los violentos y pedir respeto por la vida.

07 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Tenía miedo, pero no dudas, para mi primera vez. Y me dolió un poquito, pero la felicidad fue plena. Después de este largo confinamiento, de miedos y alcohol en vez de loción, de ver con dolor que el covid-19 se ha llevado a más de 76.000 compatriotas, me llegó el turno. Sería vacunado en el cubo. O en el hombro, pero en el cubo de Colsubsidio, el jueves pasado.

Allá estuve con Adriana, mi acompañante de hace más de 30 años, que me inyecta dosis de felicidad. Hay organización y prevención, desinfección, distanciamiento. Y mientras se espera el turno, queda tiempo de reflexionar sobre la vida, la muerte, la sociedad, etc.

Yo pensaba en el consentimiento informado, que es aceptar, aprobar, entender, consentir. También, ¿qué reacción tendré? ¿A qué horas la humanidad se metió en estas? ¿Cómo en un año largo el mal ha matado a más de 3 millones de personas en el mundo? ¿Cuándo pasará esta pandemia? ¿Vendrá otra después? ¿Cuándo terminará el Gobierno aquí de aplicar los 37.750 millones que se propone? Y, a pesar de haber empezado tarde, uno allí ve que sí se hacen esfuerzos por inmunizar a la gente.

Es urgente apagar esta violencia. Para ello se necesitan vacunas contra otros males. Contra la sordera de la dirigencia y contra el odio, que mata como el covid.

Mientras los coordinadores iban llamando, “los de primera dosis, aquí, por favor; los de segunda, acá...”, pensaba también si así sería, por ejemplo, para la entrada al cielo. Unos ángeles con mascarilla, pues uno olerá a muerto, diciendo: ‘Los que fueron corruptos, en esta fila larga; los infieles, en esta; los asesinos, aquí, pues van para el sótano; los ladrones, vándalos violentos, atracadores, allí, que van para ‘tierra caliente’ ’...

Estando ahí nos enteramos del vil atentado, en Pereira, contra el líder pacifista Lucas Villa, un tipo alegre, bailarín, valiente, que pedía, con voz fuerte –que debe retumbar el todo el país– que no sigan matando a los colombianos. Le dispararon. Ahora toca pedir en voz alta justicia para él. ¿A quién le interesaba matarlo?

Y llegó mi turno de vacuna, con el miedo que les tengo a las agujas, más que a una mala reforma fiscal. Me inyectaron mi primera dosis de la Pfizer. Por un instante sentí ganas de salir como los futbolistas que anotan y se quitan la camisa y la baten al aire... Es que se siente entre alivio y alegría.

Por ahora, el efecto es que amanecí hablando una mezcla de alemán y gringo, Impfstoff, first dose (vacuna, primera dosis). Y solo duele un poco el hombro. Pero duele esta patria. Porque pensaba yo allá en lo ‘paradójico’ de este país: mientras unos procuran salvar vidas, otros las siegan, o promueven los contagios. Lo que nos está pasando en esta agitación social es cada vez más miedoso e indignante. Ya se habla de 37 muertos en diez días de paro. Y de desaparecidos. Aquí hay muertes de lado y lado. Hay tensión, se respira odio, que viene de viejas cepas políticas.

Manifestarse es un derecho sagrado, se debe respetar, y hay motivos valederos. Pero manos criminales aprovechan, destruyen, asesinan y quieren desestabilizar el país. Con esto perdemos todos. Es urgente apagar esta violencia. Para ello se necesitan vacunas contra otros males. Contra la sordera de la dirigencia y contra el odio, que mata como el covid. Y se requieren dosis de generosidad, con refuerzos de unidad. Bien hace el Presidente, que necesita un refuerzo de liderazgo, en llamar al diálogo, y bien, los que toman el testigo: las cortes, los partidos, los gremios. Y urge una buena dosis de realismo de las partes.

Alto el fuego, alto los asesinatos de lado y lado. Si hay que hacer reformas –por ejemplo, la de la salud–, se debe buscar el consentimiento informado de la ciudadanía. El Gobierno las debe socializar. Hoy es fácil. Y así, muchas otras decisiones. Mientras tanto, salgamos vacunados, con banderas blancas, a rechazar a los violentos y pedir respeto por la vida y por el derecho a manifestarnos en paz. ¡Arriba, Cali, oís!

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com.co

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