No buscar ser estatua

No buscar ser estatua

Muchos, por el afán de poder, no ven a su alrededor ni se dan cuenta de que hacen más daño que bien.

25 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Cada día trae su afán, decía una tortuga en una hamaca. En Colombia estamos, y cada semana trae su tema y su polémica. Esta vez surge por la decisión de la Corte Suprema de Justicia al aceptar una tutela y darle 14 órdenes o instrucciones –llámenlas como quieran– al Gobierno para el manejo de la protesta social en el país.

Se armó una polémica calibre 12 y el Gobierno protesta, y de golpe sale Duque vestido de policía, con pancartas, protegido por el Esmad desarmado, como quiere la Corte, y será la otra Corte, la Constitucional, la que corte.

Pero dejemos esto para los juristas, pues hoy estamos en otro cuento. El asunto de las estatuas derribadas, como ocurrió en el morro Tulcán de Popayán, donde indígenas misaks tumbaron con caballo y montura la estatua de Sebastián de Belalcázar, erigida en su tierra sagrada, deja serias reflexiones.

Los gobernantes no deben apuntarle a ganarse estatuas, sino buscar ese reconocimiento indeleble de la gratitud por lograr la paz, por ejemplo, o no hacerla trizas, al menos.

Derribar estatuas está de moda, como odiar. Por aquí, unos vándalos querían derribar una de un policía acostado. Pero, más allá de eso, es complejo hacer un examen sociológico e histórico del hecho, de los sentimientos de pertenencia, de patriotismo, etc.

Estuatas o menumentos, como decían Emeterio y Felipe, yo nunca quisiera merecer una. No es envidiable la vida de los muertos hechos estatuas, a las que pintan, grafitean, orinan los borrachos y los perros, las cagan pájaros y palomas o las tumban. Y el Estado las descuida. Pero si no es capaz de cuidar a los vivos...

Uno debe obrar derecho, servir sin esperar recompensa ni premios póstumos. Y las cosas llegan. Una vez, en el campo les salvé un rebaño a dos amigas y me gané un busto. Pero muchos quieren pasar a la historia, sin pensar en que ser estatua es triste, más sin merecerlo.

Un buen amigo me recordó el maravilloso cuento El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Que deben leerlo todos, especialmente los que tienen poder, los del gajo de arriba, como decía una mirla. Se trata de un príncipe europeo hecho estatua en una plaza principal, como se usa, que lo tuvo todo en su Palacio de la Despreocupación: jardines, criados, bailes, suntuosidad, poder.

Y como estatua, estaba revestido de madreselva de oro fino; como ojos, dos zafiros y un gran rubí en el puño de la espada. Pero desde allí, en medio de la soledad de las estatuas, sentía tristeza y dolor, hasta las lágrimas, al ver la miseria y las penurias de la gente humilde, de los niños, de las costureras de palacio. Entonces, a través de una golondrina mensajera, quiso darlo todo, hasta sus ojos, para ayudar a los que antes no quiso o no pudo ver.

Aquí hay muchos que se creen príncipes y deben bajarse de su pedestal, o de su caballo de Belalcázar, pues con las ganas de ganarse una estatua póstuma, por el afán de poder, no ven a su alrededor ni se dan cuenta de que hacen más daño que bien.
Aquí hay mucha pobreza. Hay niños que se acuestan sin comer, madres solas que viven con una sola comida. Pero, en cambio, ya casi le hacemos un monumento a la corrupción, cada vez más ruin. ¿Qué tal los que les suministraban carne de caballo y de burro en malas condiciones a los niños del PAE en Santander? Esa es una bestialidad humana que hace llorar hasta a las estatuas. Pero tiene que hacer actuar a las autoridades. Que los culpables paguen en cárcel y que los pongan a comer su receta, cruda, todos los días.

Y hay violencia, tensión; se dispara, de todos lados, con mucha facilidad. Estamos mal y no podemos ser estatuas ante todo esto. Los gobernantes no deben apuntarle a ganarse estatuas, sino buscar ese reconocimiento indeleble de la gratitud por lograr la paz, por ejemplo, o no hacerla trizas, al menos. O procurar el bienestar social. Eso es urgente. Lo demás es oropel.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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