El espejo de Maradona

El espejo de Maradona

Un ser así, triunfador por el mundo, hijo de obreros, es orgullo de todos. Gracias por tanto fútbol.

27 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

El jueves pasado enterraron a Diego Armando Maradona, en el cementerio privado Jardín de Bella Vista, junto a sus adorados viejos. El féretro iba cubierto con la bandera de su país. Y cubierto de gloria. Lloraban Argentina y medio mundo. Lloraban todos, con todas las camisetas puestas. No había rivalidad, Boca o River, solo había tristeza. Lloraban hasta los que sellaron la tumba. Eso lo dice todo.

¿Por qué el duelo universal? Porque murió un gigante que se hizo a pulso, o a las patadas, literalmente, pero venido de abajo, de la calle destapada, del tenis roto; un ídolo cocido de barro y formado con hambre y mucho amor. Y con esfuerzos admirables por llenar la olla para que comieran 10, el número que lo llevaría a ser uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos.

El dolor es porque Maradona, el Pelusa, lo alcanzó todo. Y, aparte de la gloria, logró hacerse respetar y amar, con virtudes y defectos. Eso lo alcanzó, con un don especial, no solo por la zurda de oro, por su genialidad en la cancha, sino por su personalidad. Esa que se forma en el duro recorrido desde la polvareda hasta las alfombras. Se traduce en actuar con respeto, pero sin sentirse menos que nadie. Ni más ni menos.

Fuera de las canchas, donde es más peligroso, pisó mal y cayó en el hueco profundo de la droga. Buscó ayuda. Luchó contra la enfermedad. Caía y se levantaba, como lo hace el pueblo.

Un ser así, triunfador por el mundo, hijo de obreros, se vuelve de todos, orgullo de todos, hermano e hijo de todos, sin importar clases sociales, ni políticas, porque el pueblo raso lo siente de su propia entraña. En este caso sienten que cada copa que levanta su astro es de cada uno. Y Maradona se las dio todas. Y les dio felicidad, que escasea en este mundo, más que los goles olímpicos.

Algo hizo más que millones para terminar en cámara ardiente en la Casa Rosada –la Presidencia–, con un infinito desfile de personas conmovidas, entre lágrimas y vivas; para que en Nápoles (Italia) bautizaran el estadio con el nombre de su bambino del alma, su dios, y para conmocionar al mundo. Pues ese ‘pibe’ –que a los 14 años, en sus primeras entrevistas, dijo: “Aspiro a jugar en primera y un día ser campeón del mundo”– cumplió sus sueños, fue el mejor en primera división, campeón del mundo, balón de oro, ganador de todas las copas, director de la Selección Argentina y de clubes y capitán de capitanes. Y se ganó el respeto de todos.

Era un genio, tuvo magia en la cancha, driblaba, esquivaba, pasaba gente, hacía goles y ponía muchos más, pues jugaba para el equipo. Y le sobraba coraje. Le pegaban y no se dolía, no se revolcaba como ahora, cuando casi todos son más actores que futbolistas. El Diego caía y se levantaba. Y así fue toda su vida.

Fuera de las canchas, donde es más peligroso, pisó mal y cayó en el hueco profundo de la droga. Buscó ayuda. Luchó contra la enfermedad. Caía y se levantaba. También bregó contra la tendencia a la obesidad, hasta jugar con el balón gástrico adentro. Esa fue la vida de Maradona, caer y levantarse, como lo hace el pueblo. Por eso también lo amaban y era suyo. No es un dios. Fue un ser humano extraordinario que se dejó hacer zancadilla por el vicio maldito de la droga, que ha malogrado a tantos seres. Criticar es más fácil que entender. Pero, en esta cancha universal, ¿quién no ha cometido una falta? Quien esté libre de pecado que tire su primer balón.

Maradona, además, dicen, era el mejor amigo. Diego nos contaba, dijo uno por TV, los errores que cometió y lo que sufría para decirnos lo que no se debía hacer. Eso sí es como de un dios. Por eso, a Maradona la juventud en especial, deportistas o no, debe mirarlo en toda su dimensión, admirar su genialidad en la cancha y tomar las lecciones de lo que vivió fuera de ellas. Y saber que “el balón no se mancha”, pero los que nos aman sufren. Gracias por tanto fútbol, Pelusa. Es lo que no se olvidará jamás.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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