Nueva cepa de la violencia

Nueva cepa de la violencia

El enemigo más cruel no es el covid, sino los seres inhumanos. Hemos perdido el respeto por la vida.

15 de enero 2021 , 10:20 p. m.

El mundo es hoy un desfile luctuoso. El coronavirus se ha llevado a más de dos millones de personas y contagia a un millón cada día, según la OMS. Los colombianos hemos puesto una cuota alta de más de 47.000 personas. Siguen el miedo y la incertidumbre en unos y poca disciplina en otros.

Y en medio de todo, siguen la guerra por el poder, la polarización y el odio político. El gran espectáculo lo dio el pote Donald, en Estados Unidos, a quien por fin parece que lo tienen de las turbas y creo que lo inhabilitan para ejercer cargos públicos por instigar a la toma del Capitolio. Solo va a quedar habilitado para descargos públicos. Es un alivio para la humanidad. “Ya llegó el 20 de enero...”.

Con el ‘coronavivos’ no sabe uno para dónde coger, pues la esquelética nos persigue mientras haya vida. El campo podría ser un lugar un poco más seguro, con menos contacto físico, despertados por trinos, como dicen los tuiteros. En los primeros de enero tuve este privilegio, pero un hecho casi nos mata de la tristeza.

Pronto, el cachorro estaba atendido y vestido con ropa de un niño de dos años y medio. Se animó un poco, y hasta lamió la mano de quien lo ayudó. Solo era gratitud, antes de expirar al otro día.

Las familias, sobre las siete de la mañana, estaban mirando el paisaje. Este servidor limpiaba un guayabo, uno real, no de whisky. Un querido abuelo preguntaba si en la cordillera del frente había humo o neblina. Era neblina, que es el algodón con el que se bañan la cara las montañas. De pronto, por la vía destapada venía lento, como perdonando el viento, un perrito color café, un cachorro, como un niño de 10 años, pequeño, peludo y suave, como Platero, el burrito de Juan Ramón Jiménez. Venía con sus últimas fuerzas, buscando un humano amigo. Tal vez caminó, a su edad, una eternidad. Llegó muerto, sediento, y nos miró con sus tristes ojos miel. Con ayuda subió tres escalones y se abrigó, casi desmayado, a los pies del abuelo.

Los perros que también estaban de paseo salieron a saludarlo y lamerlo con cariño. Uno de los viajeros, humano de verdad, que quiere a los animales, lo cogió como quien alza a un niño y se lo llevó al pecho, para ponerlo como en una UCI de esas que hoy escasean para la gente.

Pronto, el cachorro estaba atendido y vestido con ropa de un niño de dos años y medio, a quien le explicaba lo increíble de que alguien abandonara a un ser indefenso, al que le habían roto la cola y el alma. Agua, comida, la que medio pudo tragar, visita a un veterinario. Le buscaban nombre, le pedían que aguantara y le prometían vida en la ciudad.

Se llamaría Tony o Milagro. El cachorro se animó un poco, y hasta lamió la mano de quien lo ayudó. Solo era gratitud, antes de expirar al otro día. Hubo lágrimas y rabia, y fue sepultado, vestido con un saco de Mickey Mouse. Aquel cachorrito tuvo una muerte digna, al menos, pero nunca nadie preguntó por él. Triste.

Pensaba yo, sin embargo, en que no todo está perdido, pues aún hay seres sensibles, como quien trató de salvar a Tony. U otro, Lino, defensor de los gatos, por lo que le decimos feLino. Pero cuando vemos que en Cauca, una niña de 11 años, que ya había sido violada, fue torturada y asesinada; que en Aguadas, Caldas, un maldito raptó a otra de 4 años, de hermoso nombre, María Angel, y la lanzó al río; o que otros enajenados descuartizaron a otra menor de 15 años, que buscaba su celular que le habían robado; o que ya en enero van 20 feminicidios, y mataron al líder ambiental Gonzalo Cardona, entonces uno ve que el enemigo más cruel no es el covid-19, sino los propios seres inhumanos, y para cuya salud mental no hay vacuna, ni prevención al menos ni conciencia. Hemos perdido los valores, el respeto por la vida. ¿Qué hacer, Gobierno, fiscal Barbosa, magistrados, justicia toda? Hagamos algo, pues la pandemia de la violencia está en una nueva cepa.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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