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Vacuna contra el machismo

Vacuna contra el machismo

No permitamos que la preclusión del caso Uribe apague la conmemoración de este 8 de marzo.

Hoy no me referiré a la preclusión del caso Uribe por la Fiscalía, del que hablará medio país. Y se hablará largo y tendido. Temo, y ojalá me equivoque, que esto le pone pólvora a la polarización nacional y tendrá efectos electorales. Qué pereza. Pero ‘desuribicémonos’, practiquemos un trabalenguas nacional que deberíamos decirlo a diario, antes de levantarnos, acostarnos y los dientes cepillar: Colombia se debe ‘desuribizar’, el que la ‘desuribice’ muy buen ‘desuribizador’ será. Y dejemos que el cauce de la justicia siga, sin que se vuelva avalancha.

Al menos, no permitamos que la preclusión apague la intención de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, este 8 de marzo, decretado por la ONU. Este tiene que ser no uno, ni dos días, sino todo el año, muchos años, hasta llegar a la equidad pronto, no en décadas. Se tiene que pensar en la mujer, en su papel en la sociedad, que es y ha sido fundamental, en sus derechos, que con frecuencia se les vuelven reveses, pues se les vulneran cada segundo. Hay que recalcar y defender el derecho a la igualdad en todo. En educación, en trabajo –tanto en oportunidades como en igualdad salarial, pues ganan aquí un 12 por ciento menos que los hombres por la misma labor–, en decisiones, en respeto a su dignidad y a la vida misma.

Con todo y que no las dejan, ha habido mujeres grandes. Recordemos a Marie Curie, premio Nobel de física, y con quien a primera mirada había química. Fue la primera mujer Nobel de Química. Todos los nobeles los logran por ser superiores, por hacer más por los demás. Y despiertan envidias en muchas carnitas.

El asunto es de conciencia general, de justicia, de respeto, de que se enseñen valores, de que se vacune contra el machismo, que es pandemia vieja.

Yo pienso en muchas mujeres, así despierte celos. En la flaca Golda Meir, primera mujer presidenta de Israel, o en Margaret Thatcher, la Dama de Hierro de Inglaterra. O aquí, en Policarpa Salavarrieta, en Antonia Santos, en Esmeralda Arboleda –primera mujer senadora de la República, quien lideró el movimiento por el sufragio femenino–.

Se ha avanzado. Hay mujeres en todas las disciplinas. Hay presidentas. La extraordinaria Angela Merkel es una de las más visibles, con Kamala Harris, primera mujer afrodescendiente vicepresidenta de Estados Unidos. Báilenme ese Trump en la uña, dije un día. Aquí tenemos vicepresidenta, doña Marta Lucía Ramírez, y a Claudia López, primera mujer alcaldesa de Bogotá elegida por voto popular, que lo está haciendo bien y tiene programas serios en favor de las mujeres.

Pero aquí, en este país de cafres, como dijo el maestro Darío Echandía, hay atropellos miserables. Entre el 1.º de enero de 2020 y el 31 de octubre, según el programa No Es Hora De Callar, 209 mujeres y niñas habían sido asesinadas por su condición de género. Y el 93 por ciento de los casos permanecían en impunidad. Y hasta el pasado septiembre, en los últimos siete años, habían sido asesinadas 80 lideresas sociales. No las matamos a punta de ternura, como dijo Vicente Fernández, sino de violencia.

De otro lado, o del mismo, muchas, muchísimas, trabajan jornadas extenuantes.
Millones laboran 18 horas. Se levantan antes del amanecer, alistan a sus hijos o nietos, dejan preparado el almuerzo, se van y trabajan y llegan a ‘dar comida’, a alistar ropa. Se acuestan rendidas, tarde. Y ganan poco. “Hágame el favor”, decía un marido, conchudo.

El asunto es de conciencia general, de justicia, de respeto, de que se enseñen valores, de que se vacune contra el machismo, que es pandemia vieja. En cada escuela, en cada sermón, en cada junta directiva, en el Parlamento, en cada empresa, hay que recalcar que la mujer tiene los mismos derechos. Y hasta aquí, porque tengo que lavar la loza y prepararle el almuerzo a mi otra mitad.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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