Ánimo, venezolanos

Ánimo, venezolanos

Maduro se posesionó, que en este caso es como acostarse con la dictadura, pagándole el favorcito.

11 de enero 2019 , 08:43 p.m.

El jueves pasado, mientras venía yo pensando en ver la posesión ilegítima de Nicolás Maduro, una mujer venezolana –por ahí tendría 22 o 23 años–, con una niña de unos 4 de la mano, pedía ayuda: “Como pueden ver, yo soy venezolana”, decía. Por el acento, sí, pero parecía otro más de nosotros. De estrato uno, que significa un golpe al día. Necesitaba comprar unos dulces y ponerse a venderlos en TransMilenio. Dijo que era muy duro no tener dónde pasar la noche.

Más adelantico había más personas del país hermano ofreciendo cosas. Y sé que la noche anterior hubo otras ofreciendo su cuerpo, siendo humilladas por borrachitos, con la cabeza más perdida que el dictador de su país.

El caso de Laura, la joven de 20 años que este diario entrevistó en Soacha, es conmovedor. Contó que ella iba al liceo en Venezuela, pero que en Soacha es trabajadora sexual. Allá, en Caracas, había tenido que dejar de estudiar química por la física hambre. Tuvo que salir a buscar comida para sus padres y dos sobrinos que dejó un hermano que murió; falleció, imagino, porque la salud allá, como la democracia, está moribunda.

Laura se vino a buscar a una familiar suya que había emigrado primero y se tuvo que prostituir, pero le dio cáncer de matriz. Así que ella trabajó en panadería, pero por falta de papeles la sacaban, y, como tenía que enviar dinero, terminó bailando en un bar –dice ella que les gusta como baila–, y de ahí pasó a ese oficio que ejerce ahora, para enviar dinero a su familia y cuidar a su parienta enferma.

Y mientras tanto, Nicolás Maduro, el culpable de todo, también bailaba y se posesionaba ante el Tribunal Supremo de Justicia para un nuevo periodo, haciendo con su mano izquierda la V de la villanía, y hasta hizo un chiste de stand up comedy en su discurso de posesión: “Soy un presidente democrático de verdad”, ja, ja, ja.

Pero, sí, se posesionó, que en este caso es como acostarse con la dictadura, pagándole por el favorcito. El parlamento venezolano declaró la “usurpación del cargo de Presidente de la República”. Y la OEA, la ilegalidad de la posesión; y en ese tono están el Grupo de Lima, Estados Unidos y la Unión Europea. Paraguay rompió relaciones.

Estaba rodeado de pocos amigos y de los militares, a los que les ha dado todo. Y, según una fuente amiga, había muchos guardias encapuchados en las calles metiendo miedo, y poca gente. Algunas banderas de rechazo, pero no esa ‘guarimba’, o protestas, del 2014.

El panorama es triste. Casi un millón de hermanos venezolanos están aquí, por todas partes, en muchos trabajos, luchan con coraje; piden, pero son altivos. La gran mayoría, personas buenas y trabajadoras. Ellos y los que están en otros países sostienen a sus familias, y a su país, a través de las remesas. Y –cómo es la vida–, paradójicamente, eso reverdece a Maduro.

Pero hay algo muy grave: la dictadura, según mi fuente amiga, está matando la esperanza, ha golpeado los ánimos, hay algo de resignación. La juventud solo quiere irse a buscar nuevos horizontes. No se puede quedar en un país donde el salario mínimo alcanza apenas para un kilo de carne, y donde las libertades y la democracia valen huevo.

La oposición se siente cada vez menos. Por eso, la comunidad internacional debe seguir presionando. Los presidentes deben cogerle la caña a Maduro, que pidió una reunión de mandatarios, cara a cara. Que se haga, ojalá aquí, y que lo convenzan de convocar elecciones con garantías. Y que todas las naciones creen políticas para acoger a los que se vienen, que tengan oportunidad de estudio, de trabajo, de realizarse.

O esperar que algún día los militares crean que Maduro está más que maduro y lo desprendan del racimo de poder. Ánimo, venezolanos, no se rindan, que toda noche tiene un amanecer.

luioch@eltiempo.com.co

Columnistas

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