A los jíbaros, de un cacho

A los jíbaros, de un cacho

No se debe tratar al adicto como delincuente; hay que perseguir a los traficantes.

08 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

Cuando yo era niño alcancé a echar mis primeras fumarolas. No de maracachafa, que en ese ambiente campesino, sano y bueno ni se conocía. Pues, para sentirme grande, como los bigotones arrieros, con monedas de tíos inolvidables me compré un paquete de Pielroja. Jao. Me había fumado tres o cuatro. Mi padre me pilló los cigarrillos y quería que me los comiera si tanto me gustaban. Como no pude, me dio “cascarita de ganado”; también, unos tres o cuatro. Piel roja, la que me quedó en el rabo.

Pues, esos fuetazos en el culto a la libre personalidad jamás se los he dejado de agradecer a mi querido viejo. Mis pulmones me dan hoy para cantar mil avemarías que retumben en el cielo, donde estará él. Yo sé que a él le dolieron en el alma, y por eso un domingo nos trajo bizcochuelos y nos habló, junto con mis hermanos, del peligro de los vicios. Él era un hombre práctico y sabio; sobre todo, gran papá.
He recordado aquellos momentos personales, y perdonen ustedes, al ver lo que pasa hoy en este valle de lágrimas con la dosis mínima.

Como se sabe, hay un gran debate sobre el borrador de decreto propuesto por el presidente Iván Duque y en el que facultaría a la policía para decomisar en la calle la dosis mínima, para sospechar y esculcar morrales y mochilas. Eso, como la correa de papá, tiene tanto de largo como de ancho. Unos expertos dicen que es inconstitucional, que afecta la libertad personal, que se puede prestar a abusos.
Según el Gobierno, la dosis sería devuelta si se demuestra que el teniente –no el de la policía, sino el que tiene la droga– es adicto, mediante certificado médico o testimonio de familiares o profesores.

Habría tráfico de certificados, y, como pagan justos por ‘pescadores’, se generaliza y se desconfía de la policía. Como se ve, seguimos trabados.

Suena bacano a primera vista, pero otros argumentan que habría tráfico de certificados, y, como pagan justos por ‘pescadores’, se generaliza y se desconfía de la policía. Como se ve, seguimos trabados. En todo caso, está muy bien que el Gobierno haga todos los esfuerzos por buscar soluciones para el microtráfico. Este es un drama enorme.

Tres cosas son vitales: no tratar al adicto como delincuente, evitar que envicien a los niños y perseguir a los traficantes hasta debajo de las bancas. Tiene que ser fácil reconocer a esos malditos que llegan a las puertas de los colegios y muchas veces comienzan regalando dulces contaminados para luego venderles dosis a los menores y llevarlos al abismo; inclusive, a robar a sus propios padres. Sobre esto hay historias que estremecen. A los jíbaros hay que tenerlos de un cacho y aplicarles cadena perpetua, pues su crimen es de lesa humanidad.

Esos miserables son la punta de lanza de los grandes mafiosos, los mismos que amenazan y matan a los valientes profesores que tratan de defender a sus alumnos. Acabamos de ver que en Colombia asesinan a un profesor cada doce días. Protección para ellos.

¿Y cómo entra la droga a las ciudades? Se necesitan retenes constantes, con perros antidrogas, en carreteras y terminales, con ejército y policía. Y ofrecer recompensas por denunciar las ollas. Y se requiere mucho trabajo social. Que madres y padres solos reciban un subsidio o puedan trabajar desde el hogar, para que no tengan que dejar a sus hijos expuestos a que los recoja un jíbaro en el colegio. No sé si me la fumé verde, pero en Uruguay la marihuana es legal, distribuida por el Estado: 10 gramos semanales con la huella digital electrónica. ¿Pero las otras drogas, las llamadas de diseño? Jao.

Esto es de normas, y también de educación, de formación, de no dejar solos a los menores, de mantenerlos con la mente ocupada: deportes, música... que sepan que el buen porro es el de Lucho Bermúdez. Hay que darles una dosis mínima de amor. Que siga el debate, que haya soluciones. Si no, como dicen unos entre humos de tristeza: estamos ‘en la olla’.

LUIS NOÉ OCHOA
luioch@eltiempo.com

Columnistas

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