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Un mundo con nuevas mayorías nacionales

Un mundo con nuevas mayorías nacionales

Los norteamericanos más viejos son blancos republicanos; los más jóvenes, demócratas migrados.

22 de agosto 2021 , 04:03 a. m.

Para 2040, en apenas dieciocho años, habrá cambios en varias mayorías claves. Si bien ha quedado demostrado que genéticamente las diferencias entre las razas integrantes de la humanidad prácticamente no existen, la realidad social, económica y política da a las ramas del ‘Homo sapiens’ una trascendencia que define la igualdad, la discriminación y el rumbo de las libertades. En nuestro mundo actual se le da gran importancia a la visión del futuro global. Lo mismo puede decirse de lo religioso.

En los Estados Unidos, como bien lo recogió Sergio Gómez en nota de este diario, desde 1770 hasta 2020 crecieron las mayorías blancas, es decir, las compuestas por los mal llamados caucásicos, descendientes de inmigrantes europeos no latinos; mientras representaban el 75 por ciento de la población en 1990, hoy son solo el 57 por ciento.

La representación blanca se redujo en tres de cada cuatro condados y en 35 de los cincuenta estados de la Unión. Crecieron los hispanos: más de la mitad de los 40 millones de habitantes adicionales de EE. UU. entre 2010 y 2020 pertenecen a ese grupo de descendientes de migrantes de países latinos europeos y latinos de América. Aunque la mayoría es de origen mexicano, los cubanos, centroamericanos, colombianos y dominicanos, entre otros, hacen de este grupo de más de 60 millones de personas el de mayor dinámica demográfica. Su número se dobló en treinta años.

Les siguen los negros, con una participación que no ha variado mayor cosa en este período, por ser los que más inclusión han recibido. Y los asiáticos, que también se multiplicaron por dos, exacerbando los temores de EE. UU. con respecto a China. Las estadísticas muestran que en 2040 EE. UU. ya no tendrá mayorías blancas y que su tasa general de natalidad seguirá en descenso, como cayó 4 por ciento el año pasado. Solo crecerán la migración directa y la descendencia de migrantes hispanos y asiáticos.

Los norteamericanos más viejos son blancos republicanos; los más jóvenes, demócratas migrados. EE. UU. es el segundo país hispanoparlante, después de México. Los congresistas y senadores con apellidos que nos son familiares aumentan. La cultura hispana ha penetrado en las costumbres norteamericanas. Shakira y Jennifer López animan el Super Bowl, sagrado para los supremacistas. “El futuro es hispano”, dice una ONG.

Colombia, con jóvenes que dicen no sentirse de ninguna etnia y que tampoco quieren tener hijos sino mascotas, debe analizar con cuidado la realidad más allá del río Bravo. Las estrategias diplomáticas, comerciales y de cabildeo político deben interpretarla para hacerla favorable a nuestros intereses. Que no resulte que los hispanos, con creciente poder, adopten la actitud del converso: ser más radicales que los descendientes del Mayflower y llevarse de banda su democracia paradigmática ya amenazada.

En Europa sucede otro cambio con consecuencias globales: encuestas de instituciones religiosas muestran que si por los jóvenes fuera, la era poscristiana ya habría llegado. Crecen los ateos. Los matrimonios en un 85 por ciento son civiles. La Iglesia católica usa cada vez menos iglesias, monasterios, seminarios y escuelas. España prevé ser una sociedad agnóstica en la próxima generación. Mantienen su fe solo Portugal, Austria y Eslovenia. ¿Cómo será una Europa mayoritariamente no cristiana? El continente que diseminó el cristianismo, que impuso sus valores, ¿qué dirá sobre su nueva alma? ¿Reescribirá su historia?

Mientras, China e India siguen hacia el dominio demográfico. Casi dueñas del destino asiático, ven a Japón decrecer en población por temor a la inmigración.

Mi nieto, desde una Colombia laica y diversa, verá a EE. UU. en español y mandarín. A Europa, con pocos curas y más iglesias dedicadas al turismo que al culto. Al Asia, oteando en América Latina y África horizontes para su población. ¡Qué novedades!

LUIS CARLOS VILLEGAS

(Lea todas las columnas de Luis Carlos Villegas en EL TIEMPO, aquí).

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