Empatía, golfistas y resentidos

Empatía, golfistas y resentidos

Si EE. UU. y Brasil están en problemas es por la ineptitud de sus líderes para actuar con empatía.

31 de mayo 2020 , 12:54 a.m.

¡Si nuestra política exterior fuera de consenso y dejáramos de pelear por asuntos ajenos a los intereses nacionales! ¡Si en esta coyuntura reinara la sensatez y pudiéramos organizar nuestro rol internacional! América está sin el liderazgo que habían ejercido Estados Unidos y Brasil, gracias a su innegable tamaño. El de Estados Unidos se fincaba además en hacer prevalecer la democracia, la igualdad ante la ley, el imperio del Estado de derecho y la economía de mercado, con poderes y contrapoderes públicos, privados y de opinión equilibrados, que hicieron esperar siempre decisiones lentas pero previsibles en pro de la libertad.

Brasil, “el país del futuro”, despegó en la portada de ‘The Economist’ y luego cayó como el Challenger. Su sistema se movió entre centro e izquierda durante buen tiempo después de la caída de la dictadura, sin lograr triunfar del todo en los asuntos cruciales, recostado en su tamaño demográfico, territorial y económico más allá de su inequidad entre regiones, entre ciudadanos, y de su corrupción.

Ambos tienen problemas de gobernabilidad por fatiga del sistema, pero fundamentalmente por la ineptitud de sus líderes para tener y ejercer empatía con sus gobernados. Sergio Sinay, columnista de ‘La Nación’, publicó hace años, cuando el término aún no tenía aún atractivo, un artículo sobre la empatía en política: la definió como la capacidad, en la adversidad y en el día a día, para reconocer los sentimientos de los otros, para comprenderlos, compartirlos y acompañarlos. Lejos está la imagen de Barack Obama en televisión, con lágrimas en los ojos, a raíz del terrible asesinato de 27 niños en un tiroteo escolar en Newton, Connecticut; de la también muy impactante foto de Donald Trump jugando golf el día en que su país alcanzaba, tristemente, el muerto número cien mil por causa del coronavirus.

Error tras error, Trump se ha creído por encima de la ley y de la ciencia, desechando el consejo del viejo político de La Dorada: no hay que hacer empanadas, sino saber quién las hace buenas. “Estados Unidos se enorgullece de su tratamiento al covid-19”, decía Trump. “Ya está pasando”, aseguraba. Ha destituido asesores científicos, descalificado los tapabocas, recomendado la ingestión de Patojito, anunciado la proximidad de un tratamiento o de una vacuna, tal vez especulando con acciones de compañías que publican avances en esta lucha, sin sonrojarse, más allá del color naranja que le proporciona su cámara de bronceado.

Resultado: de los cinco millones ochocientos mil casos de covid-19 en el planeta, EE. UU. es el campeón con un millón ochocientos mil; de las trescientas sesenta mil fatalidades globales, ¡en EE. UU. se concentra la tercera parte! Nadie ha visto un gesto, un trino, una declaración de solidaridad, del presidente que perdió a su pueblo; se dedica, en cambio, a azuzar a los ‘red necks’, que a la brava quieren reabrir sin restricción; a debilitar a la OMS; a vender la idea de una guerra con China o Irán. Su reelección tambalea.

Paralelamente, el jamás ascendido capitán Jair Messias Bolsonaro, desde la derecha declara basuras (o algo peor) a los alcaldes y gobernadores que cuestionan sus caprichos de reabrir de un tajo la actividad económica. Destituye a los ministros de Salud (!) y de Justicia (el exitoso contra la corrupción) y aprovecha para darle manivela a la explotación sin limitaciones de la Amazonía, cuando sus indígenas están muriendo por miles.

Su gobierno tambalea. Nuestro Amazonas está en grave riesgo por la irresponsabilidad del vecino para enfrentar el virus, el que Jair Messias llamó “gripita”. Por menos nos demandó Ecuador en el asunto del glifosato de 2008. Exijamos judicialmente a Brasil una indemnización por perjuicios evitables.

En ambos casos la empatía brilla por ausente; la liviandad y el resentimiento, por abundantes. Queda un espacio para que Colombia ejerza de potencia regional con sensatez, consenso y empatía, si nos da la gana.

LUIS CARLOS VILLEGAS

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