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Ecos de Biden desde Europa

Ecos de Biden desde Europa

EE. UU. ha vuelto a la escena. Sus problemas internos siguen amenazando el equilibrio global.

20 de junio 2021 , 03:18 a. m.

Después de cuatro años de capricho y unilateralismo, la gira de Biden resulta tranquilizadora. El titilante tablero de la paz fue revisado en lo multilateral y en lo bilateral; en lo político, militar y comercial.

Precedido de un periplo del secretario Blinken para preparar las canchas, el primer viaje trae buenas nuevas, notificaciones, rescates de alianzas y ejercicio del puesto que EE. UU. tiene todavía en la geopolítica mundial, así le pise los talones China; y así Rusia, como cuando era soviética, crea erradamente que compite mano a mano en tecnología, energía, alimentos, modernidad militar y derechos humanos. En cabeza de Biden, los EE. UU. salieron a este viaje heridos por el anterior presidente. El viaje no los cura, pero sí notifica a las democracias que el adalid, con defectos, está dispuesto a defender valores que han hecho de Occidente la gran fuente de progreso humano en los últimos mil años.

La llamada en las dos capitales “relación especial” de EE. UU. e Inglaterra, o “relación indestructible” según el primer ministro Boris Johnson, fue lo primero que Biden rescató. Fortaleció el diálogo comercial y de inversión entre las dos economías, necesario después del ‘brexit’. Y dejó en claro que la salida del Reino Unido de la UE no es a costa de los Acuerdos de Paz de Viernes Santo en Irlanda. Biden hasta logró propiciar un ‘quantum’ de solaz a Isabel II en esta crisis de las monarquías.

Vino el G7 de los países desarrollados democráticos, sin China ni Rusia, inédito desde 2019. Se coordinó la manera de enfrentar futuras pandemias y la distribución de un millardo de vacunas anticovid para los países en desarrollo; se acordó el marco para gravar globalmente a las multitecnológicas; se avanzó en un acuerdo para la mitigación del cambio climático, con industrialización verde; se lograron bases para enfrentar con fuerza tranquila a China y a Rusia, contradictores y socios al tiempo, en materia de expansión territorial, de respeto a los DD. HH. y a las reglas del comercio, así como en la construcción de infraestructura global para competir en el Sur con la nueva Ruta de la Seda, del Norte. Con la presencia como invitados de India, Australia, Corea y Sudáfrica, las reuniones bilaterales recuperaron la diplomacia que se había robado la arrogancia.

Se pasó luego al tema caliente de Turquía: Erdogan quiere comprar misiles rusos, cosa incompatible con su membresía de la Otán, y mantiene posiciones autocráticas sobre libertades internas, cada vez más influenciadas por el islam, así como políticas peligrosas sobre los kurdos, Siria, Armenia, Ucrania y Grecia. Biden se abrió a conversar con el líder turco; le siguieron los pasos Macron, Merkel y Johnson. “No hay tema con EE. UU. que no podamos resolver”, dijo Erdogan al final del encuentro. Otro frente que se enfría por el momento. Con la UE, se desmontó el pleito Boeing-Airbus, donde nuestra canciller, Ramírez, era árbitro.

Siguió la cumbre de la Otán que se había convertido en reunión de chepitos cobrando cuotas. Volvió a emerger una Otán estratégica, de largo aliento, herramienta disuasiva muy útil para mantener seguros los sistemas democráticos y notificarles a Rusia y a China que diplomacia habrá, con capacidad de hacerla cumplir.

La gira cerró con la reunión de 4 horas EE. UU.-Rusia. En Ginebra, la foto inicial fue dura. “Hice lo que vine a hacer”, dijo Biden. No más ataques informáticos, ni acoso a la oposición, ni apoyo a Al Asad en Siria, ni expansión en Crimea; quietos en Ucrania, no a otra guerra fría. “Putin cambiará si el mundo lo obliga”, sentenció. El ruso ripostó aludiendo a la asonada del Capitolio. La agenda quedó abierta, pero calmada.

El mundo está más tranquilo. EE. UU. ha vuelto a la escena. Sus problemas internos siguen amenazando el equilibrio global. Biden no la tiene fácil con la oposición ni con la inflación y el alza de las tasas de interés que vienen; esas que dieron al traste con la reelección de su copartidario Jimmy Carter.

LUIS CARLOS VILLEGAS

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