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Aguas territoriales

Aguas territoriales

Si China decide enforzar la ley, vendrá la oposición política de sus vecinos.

18 de septiembre 2021 , 10:11 p. m.

Con la Convención del Mar del 82, el mundo tendría claridad sobre las áreas marinas de los Estados. A la práctica de que la soberanía iba hasta donde alcanzaban las balas de los cañones, siguió una época de decisión de acogerse o no la Convención mirando las consecuencias que podría tener su texto sobre límites con otros Estados.

Venezuela decidió no hacer parte del tratado para no afectar sus pretensiones, irreales por cierto, en materia de delimitación de áreas marinas y submarinas con Colombia; también alegó que la que iba a llamarse inicialmente ‘Convención de Caracas’ terminó no aceptando reservas y que el concepto de islas “aptas para la vida humana” perjudicaba los efectos que atribuye a Los Monjes sobre su soberanía en el golfo de Coquivacoa.

Nuestro país suscribió la Convención sin reservas, pero no la ha ratificado porque las tiene. Las instituciones de la Convemar como mar territorial, zona económica exclusiva, régimen de los estrechos y de las islas, plataforma continental y Tribunal del Mar, fueron novedosas. Su aplicación es ley para los miembros y fuente de derecho para los no miembros, recae sobre pleitos marítimos que ya existían como el de Turquía con Grecia o nuestro bilateral con Venezuela (no miembro); y sobre otros que se exacerbaron como el de Nicaragua contra nuestro archipiélago caribe.

El concepto de aguas territoriales, doce millas a partir de la costa de un Estado, se ha debilitado con la interpretación que China, signataria de la Convemar, le ha dado para mantener su expansión marítima, provocando así una tensión global con portaviones, submarinos y acorazados británicos y norteamericanos, coreanos y taiwaneses, haciendo fintas con la flamante Armada china de diseños futuristas, nuevos y coloridos uniformes y arsenal nuclear y convencional inteligente.

Para justificar su presencia de control marítimo, Pekín tiene una nueva ley que obliga a todo barco extranjero a dar noticia detallada a las autoridades, antes de entrar en aguas territoriales, sobre su posición, trayectoria, llegada, nombre y bandera de la nave. Es razonable si se trata de barcos con cargas peligrosas como gas, petróleo, sustancias tóxicas, reactores nucleares y submarinos.

El problema es la definición de “aguas territoriales chinas”. Si China decide enforzar la ley, vendrá la oposición política de cinco vecinos (Filipinas, Vietnam, Brunéi, Indonesia y Malasia) y la bélica de Japón, el Reino Unido, Corea, Taiwán y por supuesto de EE. UU. China ha dibujado en sus mapas el mar del Sur dentro de una línea en U llamada de los Nueve Puntos, y dice que esa área constituye su mar territorial desde la dinastía Quing en el siglo XVII, cuya cancillería fue la primera en incluirla con sus islas en la cartografía imperial. Se volvió oficial en 2009 por nota verbal a la Secretaría General de la ONU; dice Pekín que no ha tenido contradicción y por lo tanto tiene plena validez. ¡Y pleitos a la punta de un cuerno!

Las potencias desdeñan las instancias judiciales de árbitros o jueces. Los litigios quedan para los Estados pequeños que no quieren ni pueden financiar su capacidad militar o que prefieren gastar plata en abogados y no en portaviones o misiles.

Mañana habrá otra vez audiencia para ver si hemos violado el derecho internacional o incumplido los dolorosos fallos proferidos por la CIJ, cuya jurisdicción denunciamos ante decisiones decimonónicas de enclaves con sofismas populistas, dizque para proteger a un pequeño país que se recupera de una justificada y brillante revolución, Nicaragua, frente a una gran potencia armada y desafiante, una democracia imperfecta y abusiva, nosotros.

A ver si la pareja Ortega, con talante de dictadura violenta, autoritaria, corrupta, eternizada y sancionada, influye ahora en el cambio de tono y fondo de los fallos que nos vienen.

Pero con lo que pasa en el mundo, hay que alargar el alcance de nuestros cañones si no queremos perder hasta la camisa.

LUIS CARLOS VILLEGAS

(Lea todas las columnas de Luis Carlos Villegas en EL TIEMPO aquí).

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