Una vida admirable

Una vida admirable

‘Comparto mi historia esperando allanar el terreno a otras historias’, dice Michelle Obama.

19 de julio 2019 , 07:48 p.m.

En Becoming, su autobiografía, Michelle Robinson Obama deja claro: querer es poder. A pesar de ser mujer, pobre y negra, en un país donde racismo y sed de riqueza corren parejos, ella logra sobresalir. “Mi padre me enseñó a trabajar, y mi madre me enseñó a pensar en mí misma. Mis profesores y tutores me dijeron: ‘Tú puedes’ ”. Con esas seguridades, Michelle, nacida en un barrio popular de Chicago, ingresa a la U. de Princeton, donde obtiene una licenciatura. Luego, en Harvard se gradúa de abogada. Su actividad profesional la inicia en una firma de abogados, y allí conoce a Barack Obama. Interviene también en la administración de su ciudad y funda una entidad que prepara jóvenes para trabajar en el sector público.

En 2009, cuando Barack Obama asume como primer presidente negro en la historia del país, Michelle, primera dama, utiliza su sólido bagaje profesional en trabajar por los más olvidados. Y, madre de Malia y Sasha, de 6 y 3 años –las hijas que tiene con Obama–, la salud, la educación y el bienestar de todos los niños es lo que más le interesa. Le preocupa que 1/3 de la población infantil sea obesa. Problema que comienza a combatir al hacer un huerto en el jardín de la Casa Blanca, donde sembrando hortalizas promoverá una comida sana.

Ese plan se trasforma en Let’s Move!, programa nacional contra la obesidad infantil. Tras memorando del presidente Obama, tres grandes proveedores de menús escolares –negocio que mueve 6.000 millones de dólares al año– ofrecen reducir grasa y azúcar en 43 millones de comidas para niños que reparten cada día. Entre tanto, el huerto de hortalizas crece y crece. Cuando los Obama dejan la Casa Blanca, produce casi mil kilos de alimentos.

Cuando Donald Trump anunció su candidatura, Michelle no creyó que “un abusón” que arremetía contra los inmigrantes pudiera gobernar el país

Recorriendo esa mansión, Michelle se sorprende: 132 habitaciones, 35 baños, 28 chimeneas. El dormitorio principal es más grande que su casa en Chicago, donde vivían ella, sus padres y su hermano Craig. Equipos de seguridad vigilan habitaciones, puertas, jardines. Mayordomos, chefs y empleados atienden a la familia presidencial. A Michelle, sencilla, independiente, le molesta causar mucho revuelo.

En su primer viaje al exterior con el presidente Obama, Michelle conoce en Londres a la reina Isabel, con quien sostiene amable reunión. Coinciden en que a ambas les molestan los zapatos. En señal de afecto, Michelle pone un brazo en el hombro de la reina. Escándalo mundial. A la reina nadie la toca. Michelle ha infringido el protocolo. En medio de las críticas, ella visita en Islington el colegio Elizabeth Garrett Anderson –nombre que recuerda a la pionera en medicina y primera alcaldesa elegida en el país–, donde la mayoría son alumnas negras.

“En sus caras vi la esperanza, y sentí volver a mi pasado”, dijo Michelle. “Esas niñas de piel morena tendrían que trabajar duro y, solas, combatir la invisibilidad asociada con ser pobres, mujeres y negras. Tendrían que esforzarse para no dejarse avasallar. Les dije que nos parecíamos. Yo había nacido en un barrio obrero, en una familia de escasos recursos. Pero valía la pena esforzarse. La educación las impulsaría hacia adelante. Vi que aquellas niñas eran lo que yo había sido y que yo era lo que ellas podían ser”.

Cuando Donald Trump anunció su candidatura, Michelle no creyó que “un abusón” que arremetía contra los inmigrantes pudiera gobernar el país. Criticó que Trump, en un programa de TV, se jactara de agredir sexualmente a las mujeres. “Oírlo me hacía hervir la sangre. En un discurso contra él, en Mánchester, dije que su lenguaje vergonzoso, intolerable, cargado de odio, no reflejaba el espíritu de nuestro país. Y me extrañó que mujeres escogieran a un misógino como presidente”.

“Comparto mi historia esperando allanar el terreno a otras historias”, dice Michelle. “Darnos a conocer, escuchar a los demás, hacernos oír, ser dueños de nuestro propio relato nos confiere dignidad. Para mí, así es como forjamos nuestra historia”.

lucynietods@gmail.com

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