Lidiando dictadores

Lidiando dictadores

La intervención extranjera es un salto al vacío.

29 de enero 2019 , 07:00 p.m.

Donald Trump, Vladimir Putin y Nicolás Maduro no son los únicos que se saltan las reglas, atropellan a sus opositores y desafían a los organismos internacionales que sus Estados ayudaron a fundar para fomentar la paz en el mundo. La pequeña Guatemala, que no tiene bombas nucleares ni petróleo, también entró a la lista de países regidos por mandatarios que se sienten investidos del derecho divino que se atribuían los reyes y por esto no se someten ni siquiera a la voluntad de sus gobernados.

El caso de Guatemala es emblemático porque su presidente, Jimmy Morales, llegó al extremo de expulsar del país a Iván Velásquez, el comisionado colombiano de la ONU que investigaba la financiación ilegal de la campaña que lo llevó al poder, para que no pudiera realizar su trabajo. Morales es el último de una sucesión de presidentes guatemaltecos acusados de corrupción, varios de los cuales están tras las rejas. La expulsión de Velásquez no impidió que la Fiscalía de Guatemala siguiera investigándolo, pero aún no ha pagado precio alguno por su desafío a la ONU.

Esta confrontación de un gobernante autoritario con un organismo internacional trae a cuento la de Trump con la misma ONU, la de Putin con la Unión Europea y la de Maduro con la OEA. Ellos, en su fuero interno, tal vez se hacen una pregunta parecida a la que formuló Stalin cuando le sugirieron reducir la presión sobre los católicos rusos para mejorar las relaciones de la Unión Soviética con el Papa: “¡Ah, el Papa! ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”.

Hoy nos podemos imaginar a Maduro parafraseando la pregunta de Stalin: “¿Cuántas divisiones tiene la OEA?”. Aunque la comparación sería inexacta, pues la OEA sí registra en su historia acciones como la ocupación de la República Dominicana en 1965. Pero esa ocupación ocurrió después de que el Gobierno de Estados Unidos tomó la iniciativa al invadir el país con sus fuerzas militares con el pretexto de impedir “una segunda Cuba”.

Habría que ver si el Gobierno estadounidense está dispuesto hoy a invadir a Venezuela como hace 54 años ocupó a la República Dominicana con la bandera de la OEA o como lo hizo muchas veces de forma unilateral en otros países de América Latina. De lo contrario, poco sería lo que puedan hacer “las divisiones” de la OEA o del Grupo de Lima.

Los pueblos que vencieron a sus dictadores lo hicieron cuando entendieron que su suerte estaba en sus propias manos y se unieron para derrocarlos. Así ocurrió en la misma Venezuela en 1958, cuando un levantamiento cívico-militar derribó al dictador Marcos Pérez Jiménez, y aquí mismo en Colombia un año antes, cuando los eternos rivales políticos liberales y conservadores se aliaron para encabezar la resistencia civil que liquidó la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Quienes abogan hoy por una intervención en Venezuela ignoran las consecuencias nefastas que siempre han tenido las intervenciones. Las protagonizadas por Washington siempre han sido catastróficas para el país ocupado. México lo sabe muy bien desde 1848, cuando la intervención estadounidense concluyó en la pérdida de la mitad de su territorio, y por esto sostiene la doctrina de que ningún país tiene derecho a intervenir en otro ni decidir si un gobierno extranjero es legítimo o ilegítimo.

Colombia nunca adoptó una política como la mexicana, a pesar de la intervención estadounidense de 1903 en Panamá, pero siempre defendió el principio de la no intervención y participó en su consagración en el hemisferio durante la Conferencia Panamericana de 1933 en Montevideo, en la que su delegación fue encabezada por nadie menos que Alfonso López Pumarejo. Estos antecedentes, además de las previsibles consecuencias que una intervención en Venezuela tendría para Colombia, son suficientes para que no debamos contemplar siquiera la posibilidad de apoyar ese salto al vacío.

Columnistas

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