La serpiente que se muerde la cola

La serpiente que se muerde la cola

Donald Trump ha dicho que la tristemente célebre doctrina Monroe ya no está enterrada.

16 de septiembre 2019 , 12:46 a.m.

El 17 de noviembre de 2013, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, proclamó ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington: “La era de la doctrina Monroe ha sido superada”. Con esta declaración, el Gobierno estadounidense, bajo la presidencia de Barack Obama, dejó atrás la centenaria historia de sus intervenciones en América Latina. Pero esto fue hasta que llegó Donald Trump.

El actual ocupante de la Casa Blanca ha dicho que la tristemente célebre doctrina, sintetizada en la frase “América para los americanos”, ya no está enterrada. Su aplicación es una de las opciones que “están sobre la mesa”, en sus propias palabras, para resolver la crisis de Venezuela.

El exasesor de Seguridad de Trump, John Bolton, fue más allá al invocar el corolario Roosevelt, un complemento de la doctrina Monroe adoptado por Theodore Roosevelt en 1904. Según él, si los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses están en peligro en un país americano, el Gobierno de Estados Unidos está obligado a intervenir en el país “desquiciado” con el propósito de “ordenarlo”.

La doctrina Monroe fue proclamada en 1823 por James Monroe, el quinto presidente de Estados Unidos, cuando la Gran Bretaña no había abandonado sus pretensiones sobre sus antiguas colonias y España aún mantenía posesiones en el Caribe. Su promulgación fue bien vista en los países americanos recién independizados porque sirvió de advertencia contra los intentos de recolonización europea en América. Lo que no se advirtió entonces fue que se convertiría en el instrumento hegemónico de Estados Unidos en el hemisferio.

México fue la primera víctima de la doctrina Monroe. Perdió la mitad de su territorio en la guerra desatada contra él entre 1846 y 1848. Los siguientes objetivos fueron Centroamérica y el Caribe: Nicaragua en 1855, Cuba en 1898 y Colombia en 1903, cuando Estados Unidos impidió que el país conservara a Panamá.

Luego hubo ocupaciones en Cuba, Nicaragua y nuevamente México, con la toma de Veracruz por los marines en 1914. Un año después le tocó a Haití, que fue ocupado hasta 1934, y más tarde a la República Dominicana, que sufrió igual suerte entre 1916 y 1924. En 1954, el turno fue para Guatemala, donde Washington apoyó el golpe militar contra Jacobo Arbenz.

A estas acciones siguieron la de bahía de Cochinos en 1961, en apoyo a los exiliados que intentaron derrocar a Fidel Castro; la de 1964 en Brasil, para ayudar al golpe militar contra João Goulart; la de 1965 en República Dominicana, la de Granada en 1983 y la de Panamá en 1989.

Con la declaración de Kerry en 2013, Washington pareció dar vuelta a la página, pero bastó un relevo en la Casa Blanca para retroceder dos siglos.

Lo irónico es que el corolario Roosevelt, la versión más extrema de la doctrina Monroe, fue la respuesta de Washington al bloqueo naval que tres potencias europeas impusieron a Venezuela entre 1902 y 1903. Las marinas de guerra de los imperios británico y alemán y el Reino de Italia bloquearon las costas y atacaron los puertos venezolanos para exigir la cancelación de unas deudas contraídas por el Gobierno de Caracas y el pago de reparaciones por daños sufridos por los súbditos de las tres potencias en la guerra civil que ganó Cipriano Castro al comenzar el siglo.

Para los analistas de la época, Venezuela fue solo un tubo de ensayo, pues el bloqueo tuvo la finalidad más amplia de forzar la revisión de la doctrina Monroe y ganar para las potencias europeas esferas de influencia en América Latina. El resultado fue el contrario, pues Estados Unidos logró que se levantara el bloqueo y reforzó la doctrina con el corolario Roosevelt.

Más de cien años después, al conjuro de Trump, los espectros de Monroe y Roosevelt surgen amenazantes en el horizonte venezolano. Como la serpiente que se muerde la cola, lo que comenzó en Venezuela podría terminar en Venezuela.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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