La ley del revólver

La ley del revólver

Sucesos en Portland son parte de una secuencia violenta cuyas raíces van más allá del caso Floyd.

02 de agosto 2020 , 10:34 p. m.

Como en los tiempos del Viejo Oeste, la violencia domina desde hace más de dos meses la vida de Portland, una de las principales ciudades de ese territorio de Estados Unidos. No se trata de la colonización a sangre y fuego, como ocurrió en el siglo diecinueve, sino de la represión armada de las manifestaciones antirracistas que provocó la muerte violenta del afroamericano George Floyd a manos de un policía de Mineápolis el 25 de mayo pasado.

Hay muchas diferencias entre estos manifestantes y los primitivos habitantes eliminados o desplazados a la fuerza del vasto espacio en el que se expandió la frontera de la Unión Americana hasta el Pacífico, cuya conquista convirtió a Estados Unidos en una nación continental. También las hay entre ellos y los pioneros, misioneros, exploradores, aventureros y soldados que concluyeron hace un siglo la ocupación iniciada en 1540 por el conquistador español Francisco Vásquez de Coronado, el primero que incursionó desde el recién sometido territorio mexicano en el fabuloso mundo del Oeste estadounidense. Pero la violencia es el signo que los marca a todos ellos.

Hoy no suena tan atrevida la frase de Stokely Carmichael, el líder de las Panteras Negras que se rebeló en 1966 contra la resistencia pacífica de los afroamericanos promovida por Martin Luther King, cuando dijo que “la violencia es tan estadounidense como el pastel de manzana”. Primero la emplearon los españoles para aplastar a los pueblos indígenas que trataban de defender sus tierras en los comienzos de la Conquista. Después la usaron los ingleses y franceses para establecer sus colonias en el vasto territorio, gran parte del cual fue incorporado a Estados Unidos después de su independencia. Con la compra de la Luisiana a Francia en 1803 y la expedición enviada por Tomás Jefferson, el tercer presidente estadounidense, se abrió aquella vasta frontera a la codicia de los aventureros que se lanzaron sobre ella.

Todos iban armados, ejerciendo el derecho consagrado en 1791 como medio de prevención ante un posible ataque inglés al nuevo país, que después fue convertido por los estadounidenses en un privilegio sagrado. Con las armas se consumó la anexión de la mitad del territorio mexicano a Estados Unidos en 1846 y con las armas se sublevaron en 1861 los estados del sur estadounidense en defensa de la esclavitud, provocando una guerra de cuatro años que costó más de un millón de muertos.

Lo que siguió después no fue una historia idílica sino un doloroso proceso en el que las armas se emplearon muchas veces para frenar la lucha contra la segregación racial y por el imperio aún incompleto de los derechos civiles. Los linchamientos de afroamericanos y miembros de otras minorías raciales como los indígenas y los mexicanos fueron comunes en la Unión Americana hasta comienzos del siglo veinte. Esa especie de 9 de abril prolongado sufrido por Portland es parte, por lo tanto, de una secuencia violenta cuyas raíces están mucho más atrás de la atroz muerte de Floyd.

Como otras veces en que se respondió con violencia a las protestas contra la brutalidad policial y la injusticia racial, la situación empeoró por la decisión de Donald Trump de reprimir las manifestaciones con el envío de fuerzas federales armadas para el combate. No solo generó un conflicto institucional al ignorar a las autoridades locales a las cuales correspondía enfrentar la situación con el empleo de la Policía, sino que empeoró las cosas porque añadió leña al fuego. La intervención de los federales, que Nancy Pelosi comparó a las tropas de asalto del nazismo, enardeció a los manifestantes y suscitó la formación de un “muro de madres”, en su mayoría blancas, que les hicieron frente y que pronto fueron imitadas en Oakland, Seattle y otras ciudades. Todo lo cual no habría ocurrido si el ocupante de la Casa Blanca no se sintiera, como los vaqueros del Viejo Oeste, a gusto con la ley del revólver.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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