La demolición de Occidente

La demolición de Occidente

No es necesario realizar diagnósticos profundos para concluir que todo marca el fin de una época.

02 de enero 2019 , 04:22 a.m.

Cuando Francis Fukuyama sentenció en 1992 que había llegado “el fin de la historia”, dio por hecho que al concluir la Guerra Fría y desaparecer la Unión Soviética terminaban las luchas ideológicas y comenzaba el imperio de la democracia liberal en el mundo. A esta visión idílica de una humanidad sin comunismo, guerras ni revoluciones respondió Samuel Huntington con la teoría de que la política mundial en el siglo XXI sería dominada por el choque de civilizaciones.

Las dos predicciones, que dieron lugar a muchos estudios académicos y se discuten hasta hoy, contemplaron la permanencia de Occidente como actor central en la geopolítica planetaria por su preponderancia económica y militar. Al mismo tiempo, indicaron que el mundo occidental debía adaptarse a una nueva realidad en la que otros poderes le disputarían el predominio. Lo que no previeron fue que menos de tres décadas después se empezarían a disolver los lazos que unieron durante siglos al conjunto de países que forman ese mundo.

Desde el nacimiento de la democracia en Grecia, cuna de la civilización occidental, esta enfrentó con éxito rivales poderosos. En los tiempos modernos, el concepto de ‘lo Occidental’ distinguió a la Europa católica de las culturas árabes, eslavas, africanas o asiáticas y se extendió a las colonias europeas en todo el mundo, incluyendo las americanas. En la época contemporánea, la unión occidental fue marcada por el liderazgo de Estados Unidos, bajo el cual fueron derrotados el Tercer Reich alemán y la Unión Soviética y se forjó el orden político que prevalece en el mundo desde 1945. Pero esa unión comenzó a derrumbarse antes de cumplir su octava década por la deserción de Estados Unidos, al que los países europeos ya no ven como su socio más importante.

Donald Trump revivió el aislacionismo que prevaleció en la Unión Americana durante sus primeros años de vida independiente, cuando esta lo adoptó para protegerse de los ingleses, franceses y españoles, dueños de los imperios que entonces dominaban el mundo. Este aislacionismo duró hasta principios del siglo veinte, con excepción del intervencionismo en América Latina, justificado con el pretexto de defender los intereses estadounidenses. Así ocurrió hasta la mitad de la Primera Guerra Mundial, cuando cesó ante los ataques de los submarinos alemanes. Resurgió después, hasta el punto de que Estados Unidos no entró a la Segunda Guerra Mundial sino tras el bombardeo japonés a Pearl Harbor en 1941. Después, el aislacionismo quedó definitivamente atrás y fue reemplazado por la coalición que ningún gobierno estadounidense abandonó hasta 2016.

La llegada de Trump a la Casa Blanca marcó el principio del fin de esa histórica alianza. Entonces comenzó desde Washington el asalto a los sistemas multilaterales forjados por Occidente desde la última posguerra mundial. La lista de acciones demoledoras es interminable, pero basta con mencionar algunas: el retiro del Acuerdo de París sobre cambio climático, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, del Pacto Mundial para la Migración y de los tratados de control de armas nucleares; la amenaza de retiro de la ONU y en especial de la Organización Mundial del Comercio; la ruptura del pacto nuclear con Irán logrado por Barack Obama; la amenaza de abandonar territorios como Japón, Corea del Sur y la misma Europa, y el anunciado retiro de tropas de Siria y Afganistán.

No es necesario realizar diagnósticos profundos para concluir que todo esto marca el fin de una época. El eslogan ‘América primero’ no solo se ha traducido en la abdicación del papel de Estados Unidos como líder democrático y defensor de la seguridad mundial, sino en el ocaso de Occidente como la alianza política, económica y militar más importante que ha conocido el planeta.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

Sal de la rutina

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