El incendiario de la Casa Blanca

El incendiario de la Casa Blanca

Palabras de Mariann E. Budde marcan el daño que Trump ha causado al poder moral y político de EE.UU.

07 de junio 2020 , 02:13 a. m.

La ola de disturbios que desató en Estados Unidos la muerte violenta del afroamericano George Floyd a manos de un policía de Mineápolis no solo puso en evidencia el racismo que pervive en la sociedad estadounidense, sino la falta de un líder compasivo y visionario para conducir a la superpotencia en momentos difíciles. Nunca fue tan claro el contraste entre Donald Trump y otros presidentes que sí estuvieron a la altura de su tarea: Washington, Jefferson, Jackson, Lincoln, Wilson, Roosevelt, Kennedy y, más recientemente, Barack Obama.

La obispa episcopal Mariann E. Budde, quien lo observó el primero de junio cuando recorrió con una Biblia en la mano la distancia de la Casa Blanca a la iglesia de San Juan, al otro lado de la plaza Lafayette, un minuto después de ser dispersada una multitud de la plaza con gases lacrimógenos y decretado el toque de queda, solo necesitó unas palabras para desnudar la hipocresía del gesto de Trump: “Él no rezó. No mencionó a George Floyd. No habló de la agonía de la gente sometida a este horrible racismo y supremacía blanca por cientos de años. Necesitamos un presidente que una y cure. Él ha hecho lo contrario, y nosotros tenemos que recoger los vidrios rotos”.

Estas palabras marcan mejor que cualquier discurso o ensayo el daño que Trump ha causado al poder moral y político de Estados Unidos y a la ciudad que lo encarna, en la misma forma como Atenas, Londres o Roma fueron los símbolos de otras épocas. Porque Washington, que sin dejar su carácter provinciano fue trazada al estilo de las grandes capitales de la historia, con sus enormes edificios, monumentos, catedrales y museos, es mucho más que el corazón de un gobierno y el centro mundial de la burocracia. Es, ante todo, la insignia del ideal que proclamaron los fundadores de la república estadounidense al decir en la Declaración de Independencia que todos los hombres son creados iguales y dotados de derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Los hechos que han estremecido en estos días al pueblo estadounidense muestran lo mucho que falta para realizar estos ideales, pero la lucha en Estados Unidos por alcanzarlos ha sido permanente, y a su avance han contribuido muchos de sus gobernantes. En la conciencia de los estadounidenses se grabó hace mucho tiempo que el Gobierno es el sirviente del ciudadano y no al revés, y que no es tolerable la tiranía. Diecisiete millones de ellos combatieron en la Segunda Guerra Mundial para que esta no se impusiera en el mundo.

La revolución de la independencia americana no solo fue la de lo nuevo contra lo viejo, sino la de la libertad contra la opresión. Tras la fachada solemne y monumental de Washington, que encarna más poder que el de todas las antiguas sedes imperiales juntas, todo recuerda la lucha contra el autoritarismo. El Capitolio, cuya construcción duró un siglo y medio, según Lincoln fue “la señal de que la Unión prevalecerá”. La capital, al igual que el país, “nunca se sometió a un tirano ni sucumbió a un rey”, como lo escribió el célebre periodista Eric Sevareid en 1965.

En el centro de este escenario histórico están la Casa Blanca y su Oficina Oval, donde el presidente tiene en sus manos, según Woodrow Wilson, un trabajo que requiere “la constitución de un atleta, la paciencia de una madre y la resistencia de un cristiano antiguo”. Son cualidades que mostraron grandes presidentes en momentos de crisis, como Lincoln cuando enfrentó la rebelión del sur en 1861, Roosevelt durante la depresión de los años 30 del siglo pasado y Kennedy en la crisis de los misiles soviéticos en Cuba en 1962.

Mucho va de cualquiera de ellos a Trump, quien no condenó la agresión mortal a Floyd ni buscó calmar a la población justamente indignada. En lugar de ello, exhibió su oportunismo con la forzada visita a la iglesia y respondió a la rabia popular arrojando más leña al fuego.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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