Drama de una ciudad

Drama de una ciudad

La crisis de Cúcuta exige el apoyo nacional.

26 de marzo 2019 , 07:04 p.m.

En medio de las turbulencias que sacuden a Venezuela y de su impacto negativo en la relación con Colombia, para muchos pasa inadvertida la tragedia que esta crisis ha causado a la ciudad colombiana que está en el ojo del huracán. Desde la lucha contra la reconquista española, pasando por el terremoto que la destruyó en 1875, las batallas de la guerra de los Mil Días y la guerra no declarada entre liberales y conservadores que la afectó a partir de 1948, Cúcuta no había vivido una emergencia económica y social tan grave como la que se gestó en los últimos tres años y ha llegado a su apogeo en los primeros meses de 2019.

Los números no alcanzan a reflejar la realidad del drama que vive la ciudad, pero son necesarios para aproximarse a ella: según las autoridades y los gremios cucuteños, el comercio ha registrado descensos hasta del 60 por ciento en sus ventas, y las operaciones de las casas de cambio, que eran la columna dorsal de su intenso comercio internacional, se han reducido aún más. Todo esto mientras la ciudad trata de asimilar la migración venezolana, que no cesa a pesar del cierre de la frontera.

Según cifras del Dane y de Migración Colombia, a finales del año pasado, el desempleo llegó allí al 15,7 por ciento y la informalidad, al 70,1 por ciento.

La voz del alcalde César Rojas Ayala, quien ha pedido apoyo de urgencia al Gobierno Nacional y sugerido que la ayuda humanitaria que se trató de introducir a Venezuela sea distribuida a los venezolanos y a los nacionales necesitados en la misma Cúcuta, ha sido un grito en el desierto. Para el burgomaestre, como para muchos cucuteños, es incomprensible que la crisis de la ciudad no haya recibido la atención prioritaria que merece del alto Gobierno, mientras este concentra sus preocupaciones en la situación venezolana.

Cuando el éxodo venezolano empezó a cobrar fuerza en 2016, los indicadores socioeconómicos de Cúcuta pasaron a ser los más negativos del país. Según cifras del Dane y de Migración Colombia, a finales del año pasado, el desempleo llegó allí al 15,7 por ciento y la informalidad, al 70,1 por ciento. A este cuadro desolador se agrega que la migración, estimada en cien mil personas (en una ciudad que con su área metropolitana no llega al millón de habitantes), creó una demanda de servicios casi imposible de atender y aumentó la inseguridad, que afecta especialmente a los propios migrantes.

Esta situación contrasta con un pasado próspero y glorioso que se remonta al comienzo de nuestra vida independiente. Cúcuta no es una joya colonial ni una maravilla geográfica, pero posee unos títulos históricos difíciles de igualar. Es la cuna de Santander y también de la república, pues es el centro de la comarca donde cristalizó el sueño de Bolívar de construir una gran nación llamada Colombia. En su período republicano conoció temprano la tragedia al ser destruida por el terremoto, pero de él emergió embellecida y fortalecida como la ciudad fronteriza por excelencia, puerto seco y sitio de encuentro de dos pueblos solo distinguidos por su origen en las frías regiones andinas y las calientes tierras caribeñas.

Para el visitante del interior, Cúcuta siempre ha tenido el atractivo de ser ese cruce de caminos. En los tiempos de prosperidad venezolana y relativa pobreza colombiana era un placer recorrer sus tiendas provistas de productos importados del primer mundo y provenientes del país vecino o ir de compras a San Antonio, pues el Táchira nunca fue visto como un territorio extranjero. A Cúcuta llegó primero la televisión venezolana que la colombiana, y en los años 60 se bailaba allí al son de la Billo’s Caracas Boys, como al de las orquestas colombianas. En la crisis actual, la ciudad ha recibido con generosidad a los migrantes venezolanos, como el resto de Colombia. Las confrontaciones que mantienen cerrada la frontera no alteran esos lazos, construidos en varios siglos. Deben ser un contratiempo pasajero, como también debería serlo la emergencia que inmerecidamente soportan los cucuteños.

Sal de la rutina

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