Censura en las aulas

Censura en las aulas

Entre nosotros, el fantasma de la censura ha estado presente desde la Conquista.

09 de marzo 2019 , 11:50 p.m.

El hecho de que fuera retirado por su autor no oculta lo que significa que en la Cámara de Representantes se haya podido contemplar el trámite de un proyecto de ley que pareció desempolvado de los archivos coloniales y, por esto, reabrió una discusión que fue resuelta en Colombia hace más de un siglo: la de la libertad de cátedra y enseñanza. Durante buena parte de nuestra vida republicana, la polémica sobre el tema ocupó a los gobiernos, la Iglesia católica y los sistemas educativos, como una de las secuelas de la monarquía española. Y los partidarios de limitar aquel derecho fundamental no han cejado, no obstante su consagración constitucional.

Este no es un fenómeno raro ni exclusivamente colombiano. La idea de penalizar a los maestros por ‘proselitismo’ o ‘adoctrinamiento’ de los estudiantes recuerda casos emblemáticos de la historia universal como el de Sócrates, condenado hace 2.400 años bajo el cargo de corromper a los jóvenes. Uno menos antiguo es el de Fray Luis de León, una de las glorias del Siglo de Oro español, encarcelado por la Inquisición hace cinco siglos por enseñar a sus alumnos de la Universidad de Salamanca el texto hebreo del Antiguo Testamento en lugar de la Vulgata (la traducción latina adoptada oficialmente por la Iglesia) y la versión al castellano hecha por él mismo del libro del Cantar de los Cantares.

La censura perduró durante siglos en instituciones como la Iglesia católica. El Index de libros prohibidos, promulgado por el papa Pío IV en 1564, fue mantenido por sus sucesores hasta 1966. Los gobiernos no se quedaron atrás, pues en diversos países y distintas épocas fueron censurados o prohibidos libros como Las mil y una noches, ‘La comedia humana’, ‘El amante de lady Chatterley’, ‘El código Da Vinci’ y hasta ‘Tintín en el Congo’. Tampoco se han salvado las obras de arte. La historia muestra ejemplos tan exóticos como el de la hoja de parra creada en Londres para cubrir la desnudez del ‘David’ de Miguel Ángel con el fin de que la reina Victoria pudiera admirar una réplica que le fue enviada como regalo. En la moderna Inquisición del franquismo se censuró y prohibió en España todo lo que no fuera la apología del régimen.

Entre nosotros, el fantasma de la censura ha estado presente desde la Conquista, que impuso una cultura y una religión tras destruir las anteriores. En la Colonia sobresale el caso de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, traducida del francés por Antonio Nariño y prohibida por el virrey José Manuel de Ezpeleta. El general Santander enfrentó la oposición de la Iglesia y los conservadores cuando dispuso que en las cátedras de derecho se enseñaran las doctrinas de Jeremías Bentham, Benjamin Constant y otros propulsores de las ideas liberales. La resistencia fue tal que cuando Santander dejó el poder y Bolívar asumió la dictadura, aquellas enseñanzas fueron suprimidas. Pero, pasado su exilio, cuando el Hombre de las Leyes volvió al gobierno las restauró contra la oposición de los bolivarianos y el clero.

Las normas sobre la materia oscilaron desde entonces al vaivén de los cambios políticos y fueron una manzana de la discordia entre los dos partidos que se disputaron el poder, a las buenas y a las malas, por el resto del siglo XIX y más de la mitad del siguiente. En tiempos recientes conocieron la censura autores como José María Vargas Vila. En un sentido más amplio, también la sufrió la prensa entre 1948 y 1958, durante la hegemonía conservadora y la dictadura militar.

No fue nuevo, por lo tanto, el intento de imponer limitaciones a la libertad de expresión, de cátedra y enseñanza en Colombia. Lo insólito es que este último atentado ocurriera mucho después de concluida la centenaria disputa entre liberales y conservadores sobre este derecho fundamental y de su consagración definitiva en la Constitución Política del país.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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