Borrando los pecados

Borrando los pecados

El racismo en EE.UU. y las dificultades para superarlo encierran una lección para otras sociedades.

13 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Hasta diciembre pasado, el paisaje de un parque de Memphis, la capital de Tennessee, estuvo dominado por una estatua de Jefferson Davis, el presidente de los estados confederados del sur que hace un siglo y medio quisieron separarse de la Unión Americana. Y en otro parque de la misma ciudad sobresalía otro monumento de Nathan Bedford Forrest, un general de la Confederación que después fue el primer grand wizard (jefe supremo) del Ku Klux Klan.

La presencia de esas estatuas en una ciudad donde se perpetró el genocidio indígena y se practicó la esclavitud durante dos siglos era una ofensa para el setenta por ciento de su población, compuesta por afroamericanos, y un símbolo del pasado de sometimiento, tortura, linchamientos y otras atrocidades que fueron la realidad sureña desde los tiempos coloniales.

Durante mucho tiempo los afroamericanos, apoyados por organizaciones defensoras de sus derechos, exigieron el retiro de los monumentos, que se volvieron intolerables desde el 4 de abril de 1968, cuando Martin Luther King fue asesinado en el hotel Lorraine de Memphis, y más indeseables aún desde el 17 de junio de 2015, cuando un supremacista blanco asesinó a nueve afroamericanos en una iglesia de Charleston, Carolina del Sur.

Parece mentira que estos sentimientos de racismo subsistan más de ciento cincuenta años después del conflicto que generaron.

Este último hecho acentuó la indignación de los afroamericanos y generó el retiro de monumentos parecidos en otras ciudades, como Baltimore y Nueva Orleans. Pero en Memphis no fue posible por la oposición de organizaciones como Los Hijos de los Veteranos de la Confederación. Solo el mes pasado, el Concejo de la ciudad, integrado por siete afroamericanos y seis blancos, halló la solución: vender los parques a la organización Greenpeace en Memphis, que desmontó las estatuas.

Sin embargo, esta medida no venció la resistencia de los racistas. Los defensores de quienes buscaron destruir la Unión Americana en 1861, comenzando por los líderes republicanos de la Asamblea de Tennessee, iniciaron una acción legal para revertir la venta de los monumentos y reinstalarlos. Y esta no fue una actitud aislada. En todos los estados del sur reaccionaron los partidarios de honrar al bando confederado de la guerra civil, cuya bandera, convertida en emblema supremacista blanco, ondea en negocios y viviendas de esos estados, es estampada en la ropa y las ventanas de los automóviles y enarbolada por los supremacistas cuando salen a las calles.

Parece mentira que estos sentimientos subsistan más de ciento cincuenta años después del conflicto que generaron, en el cual participaron más de cuatro millones de estadounidenses y cayeron más de ochocientos mil. Y más increíble aún que el racismo se acreciente, en lugar de disminuir, ante la evidencia de las atrocidades que propició, como ha ocurrido desde la llegada al poder de Donald Trump, marcado por ese estigma desde su juventud.

No hay que olvidar que Trump inició su carrera política como impulsor de la especie que negaba la nacionalidad estadounidense de Barack Obama, que en 1989 pidió la pena de muerte para cuatro jóvenes afroamericanos y uno latinoamericano detenidos en Nueva York por un crimen que no cometieron y liberados cuando apareció el culpable, y que antes y después de ser elegido ha insultado a los mexicanos, vetado a los musulmanes y discriminado a los afroamericanos como inquilinos de sus propiedades.

La forma como el racismo echó raíces en Estados Unidos y las dificultades para superarlo encierran una lección para otras sociedades afectadas por diferencias que parecen incurables, como la nuestra. Solo el recuerdo constante de las causas de la división y la pedagogía permanente sobre el imperativo de atacarlas pueden borrar los males que ella acarrea y evitar que la historia se repita.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

Columnistas

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