Un inicio accidentado

Un inicio accidentado

Gobierno, lo que es gobierno, todavía no hay. El Presidente tiene ministros y no más.

29 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Desde el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, reza el adagio. Esperemos que no sea así. No se ha visto arranque de gobierno más accidentado que el de Iván Duque.

Como si los elementos hubiesen sabido acomodarse a las palabras, el ventarrón de la posesión se convirtió en la ambientación más propicia para el discurso del senador Macías. Fue lo de menos. Hoy, el Presidente continúa viéndose zarandeado de un lado y del otro. Los mensajes ambiguos y la reversa en decisiones resultan confusos hasta para sus más leales simpatizantes.

Gobierno, lo que es gobierno, todavía no hay. El Presidente tiene ministros y no más. Numerosos departamentos administrativos continúan acéfalos, y la nómina de cargos de alto nivel permanece inconclusa. Un decreto del 6 de agosto, adoptado a solicitud de la administración entrante, permitió suspender de manera temporal la publicación y verificación de las hojas de vida para apresurar nombramientos. La zancadilla a las normas no parece haber hecho mella. El Gobierno llegó con poco equipo y sigue en dificultades para completarlo.

El vacío de mando en la Unidad de Protección, en momentos en que la defensa de líderes sociales tiene carácter prioritario, muestra la dimensión del problema. El Gobierno no realizó el esfuerzo de investigar pasados. Pretendía que una persona sectaria protegiera a quienes ella contribuyó a poner en peligro con sus señalamientos. Algo similar le sucedió con un viceministro que fue obligado a rectificar.

Duque criticó tanto el aumento del IVA del gobierno pasado que uno podría haberlo descartado en este. Hoy se da como un hecho. No será el primer gobierno en hacer lo contrario de lo que prometió.

Un proyecto de ley de la primera tanda presentada fue retirado por su clara inconstitucionalidad. ¿Que se está construyendo una nueva relación con el cuerpo legislativo? Así se quieren presentar los fracasos iniciales: la pérdida de las mayorías en las comisiones primeras y la ausencia de delegados uribistas en el Consejo de Política Criminal. Nada de eso.

‘La U’, Cambio Radical y el Partido Liberal sacaron los dientes cuando advirtieron que se declararían independientes. Asustado, el Gobierno pidió a los parlamentarios las listas de sus cuotas regionales para mantenérselas, y el mismísimo director liberal envió los nombres de los liberales en las entidades nacionales. Más de lo mismo. No será así como nacerá una nueva Colombia.

Unos no arrancan y otros lo hacen con excesivo entusiasmo. El ministro de Defensa responsabiliza a los soldados secuestrados por imprudentes, y el de Hacienda nos tiene de sobresalto en sobresalto. El presidente Duque criticó tanto el aumento del IVA del gobierno pasado que uno podría haberlo descartado en este. Hoy se da como un hecho. No será este el primer gobierno en hacer lo contrario de lo que prometió.

La ratificación de funcionarios de Santos había creado fracturas en el seno del partido de gobierno. A ello le siguió la elección del contralor. Poco podían esperar de Iván Duque quienes tanta guerra le hicieron desde adentro. El Gobierno se mantuvo al margen no por nuevas formas de hacer política, sino para pasar cuenta de cobro al ala más radical del Centro Democrático. Es tal el enfrentamiento que se avecina entre ellos que Gustavo Petro terminará sobrando.

Uno ve al Presidente nombrando al viceministro de las cartillas un día y a Alejandro Ordóñez el otro. Parece, y se proyecta, atrapado en una contradicción. Votó en la consulta anticorrupción. Pero no hizo campaña ni habló en contra de la posición de su partido.

La economía naranja tiene su atractivo seductor, pero no fuerza para convertirse en proyecto movilizador. La lucha contra la corrupción, sí. Si el presidente Duque convocara un diálogo de sociedad para acordar una reforma contra la corrupción, y no solo para validar sus iniciativas legislativas, podría superar este difícil comienzo y encontrar un camino de liderazgo. El llamado a los partidos es solo el punto de partida.

LAURA GIL

Columnistas

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