Una caja de Pandora: monedas neogranadinas durante la independencia

Una caja de Pandora: monedas neogranadinas durante la independencia

A nivel interno, la historia monetaria de la Nueva Granada fue peculiar.

09 de julio 2019 , 07:00 p.m.

El metal acuñado por las casas de moneda hispanoamericanas lubricó las ruedas del comercio mundial desde los tiempos de la Conquista hasta bien entrado el siglo XIX, convirtiéndose en el medio de pago preferido de los mercaderes que surcaban los mares del globo desde los puertos americanos hasta China e India, pasando entre otros por Londres, Cádiz, Estambul y Manila. La relativa estabilidad en el contenido de metal fino de las acuñaciones ibéricas les dio una reputación infalible hasta el estallido de la revolución independentista, que creó desafíos inusitados. Cuando los mexicanos cambiaron las columnas de Hércules por el águila real como símbolo de sus acuñaciones, los chinos se negaron a recibirla al precio acostumbrado. Las autoridades monetarias de los Estados Unidos buscaron durante todo el siglo XIX una moneda propia para tratar con las economías asiáticas. Todos se afanaron por reconstruir la confianza que habían generado durante siglos las emisiones de los reyes ibéricos. No fue tarea fácil.

El lector, sin duda, encontrará este encuadre un poco peculiar. El mundo preindustrial era un mundo sin bancos centrales. La producción de oro y plata, cuyos precios fluctuaban de manera libre en el mercado, era la que determinaba la oferta monetaria. Los gobiernos se limitaban a fijar un precio de compra de los metales y a garantizar la cantidad de metal fino de cada moneda. En este mundo bimetálico, el Nuevo Reino de Granada jugaba un papel fundamental, pues fue durante mucho tiempo el principal productor de oro en el mundo español y, dado el declive de la producción en Brasil y el occidente de África, se convirtió en el principal productor del metal amarillo en cercanías de 1790 a 1830. Los doblones y escudos neogranadinos (nombres con que se conocían las monedas de oro) eran por lo tanto piezas fundamentales del comercio global.

Los neogranadinos de 1830 debían hacer cuidadosos cálculos para saber en qué numerario debían realizar sus pagos

A nivel interno, la historia monetaria neogranadina fue peculiar. El Reino producía pocas monedas de plata, y estas fueron casi siempre ‘cuartillos’, que eran las piezas de menor denominación de la época. Por el contrario, en México y Perú, estas emisiones se hicieron en pocas cantidades, lo que dificultaba el comercio al menudeo. Piense el lector, por ejemplo, cómo sería una economía con solo billetes de 50.000 pesos y lo que implicaba comprar en tales circunstancias una libra de arroz. Los tenderos de la época, para entregar las vueltas, daban fichas llamadas ‘tlacos’, que solo eran recibidos en sus establecimientos. Otro método era el de recortar las monedas antiguas (conocidas como macuquinas) con tijeras o con los dientes. El consumidor, entonces, se encontraba atado a su tendero. Gracias a los cuartillos, el problema nunca alcanzó en la Nueva Granada las mismas proporciones que en otras latitudes.

Luego del proceso juntista de 1810, tanto realistas como patriotas decidieron alterar las reglas de juego. La guerra, como es bien sabido, es una empresa costosa. Los dirigentes de las diversas facciones decidieron eliminar varios impuestos en un quijotesco esfuerzo por modernizar el fisco. El aumento del gasto y la reducción del ingreso llevaron, como es lógico, a enormes déficits fiscales. Empréstitos forzosos y voluntarios, confiscaciones y levas se convirtieron en herramientas formales de recaudo. Fue la manipulación monetaria, sin embargo, la que más repercusiones traería en el corto y largo plazo en la historia de nuestro país.

Entre 1811 y 1816, Cartagena, Santa Marta y Popayán decidieron emitir por primera vez monedas de cobre, que, además de financiar la guerra, crearon de facto una economía trimetálica. El objetivo era asignar a dichas monedas el mismo valor facial que las de plata que circulaban antes de 1810. Como es natural, dado que el valor intrínseco del cobre era mucho menor que el de la plata, los neogranadinos se negaron a recibir dicha moneda, o en el mejor de los casos lo hacían con un descuento proporcional. En Cartagena, además, se experimentó con la primera emisión de papel moneda sin respaldo metálico en nuestro país. Se trató de una experiencia llena de peripecias, dada la débil situación de las finanzas cartageneras durante la guerra, la poca confianza de los mercaderes en emisiones fiduciarias y las pobres calidades técnicas de los billetes que propiciaron una falsificación a gran escala y una terrible devaluación.

Algo similar sucedió con otro mecanismo de financiamiento monetario: el envilecimiento o la reducción de la cantidad de metal fino de cada emisión. Este no era un instrumento nuevo. En 1772 y 1786, la corona decidió envilecer levemente las monedas de ambos tipos de metal para financiar su participación en las guerras atlánticas. La novedad, sin embargo, fue la magnitud de la devaluación durante la independencia. Antonio Nariño, por ejemplo, decidió financiar sus campañas militares emitiendo nuevas monedas con un envilecimiento de más del 10 %. La tarea del presidente de Cundinamarca no fue fácil. Los nuevos ciudadanos se negaron a recibir la moneda por su valor facial. Igualmente, las autoridades de la Casa de la Moneda de Santa Fe ofrecieron una feroz resistencia a alterar las reglas de juego del sistema monetario. Manuel Pombo, el contador superintendente de la Casa y quien a la postre sería desterrado por Nariño, fue quizá el primer defensor de la disciplina monetaria de nuestra historia independiente.

A las heterogéneas emisiones regionales se sumó la introducción forzosa de monedas emitidas en otras regiones del antiguo imperio. Tanto Pablo Morillo como Simón Bolívar pusieron en circulación monedas envilecidas de cuño caraqueño y mexicano (conocidas genéricamente como zacatecanas) que pronto crearon nueva confusión entre los consumidores y tratantes neogranadinos. Luego de 1819, la práctica de envilecer la moneda tomó raíces, y el numerario de plata se siguió devaluando hasta al menos 1828.

Las monedas de oro también sufrieron importantes trasformaciones. Dado que las casas de moneda tenían fondos líquidos para comprar las barras del metal amarillo que presentaran los particulares, los diversos bandos expropiaron con frecuencia dichos fondos para financiar sus tropas. Estas últimas, por cierto, sabotearon las máquinas de las casas de moneda para evitar que cayeran en manos enemigas. Las autoridades antioqueñas intentaron incluso crear una casa de moneda propia en Medellín. La de Popayán fue itinerante durante algunos años, y la diezmada maquinaria afectó la calidad de sus emisiones. En el comercio internacional, los doblones payaneses fueron fuertemente descontados hasta al menos 1840. Este lastimoso cuadro se completó cuando, en 1833, el naciente estado del Ecuador, con reglas de juego distintas, creó su propia casa de moneda, cuyas monedas inundaron el suroccidente de la Nueva Granada en la década de 1830.

La experiencia venezolana reciente ayudará al lector a entender, por lo demás, la caja de pandora abierta en 1810. Hoy es más rentable hacer artesanías con los bolívares fuertes que usarlos como medio de cambio. Los neogranadinos de 1830 debían hacer cuidadosos cálculos para saber en qué numerario debían realizar sus pagos. La falsificación se multiplicó, y en ocasiones era más rentable fundir la moneda que usarla para acudir al mercado. Naturalmente, no todo fue caos y fracaso. El periodo generó el nacimiento de un espíritu de disciplina monetaria que terminó imponiéndose en 1846 con la reforma de Tomás Cipriano de Mosquera, antiguo combatiente de los ejércitos realistas y patriotas. El camino no fue fácil, pues, una vez perdida, la confianza monetaria es difícil de recuperar. Sin embargo, en contra de los que enarbolan las banderas de la fracasomanía, las instituciones colombianas han forjado una larga tradición de estabilidad monetaria. La caótica experiencia de hace 200 años marcó el inicio de una cantera de aprendizaje que es necesario reconocer.

* James Vladimir Torres Moreno. Historiador de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de doctorado de la Universidad de Georgetown, Estados Unidos.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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