Sacrificios económicos de las guerras de independencia

Sacrificios económicos de las guerras de independencia

Estas guerras provocaron la desactivación de antiguos circuitos del tráfico pecuario.

10 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Las guerras de emancipación implicaron altísimos sacrificios económicos, materiales y humanos, dado que el campo quedó devastado y fueron seriamente lesionadas tanto la producción como la distribución de productos agropecuarios. Fueron sofocados los mercados provinciales e interprovinciales de diferentes bienes y mercancías, en especial de ganados mayores y menores que proveían a los centros urbanos y distritos mineros. Se dislocó el comercio, pues las redes de intercambio y las comunicaciones fraguadas desde el período colonial temprano fueron obstaculizadas. Colapsaron los impuestos tradicionales y se presentó una altísima fuga y éxodo del capital privado, ya que muchos individuos huyeron hacia los emporios realistas de Cuba y el Perú. Por esto y por la pérdida de fuerza de trabajo, la economía se vio estancada. Las escasas manufacturas locales fueron aplastadas ante la inundación de mercancías británicas y la eliminación de las barreras arancelarias que se implantaron por las recién constituidas repúblicas.

La actividad pecuaria que hasta entonces se desarrollaba en la provincia de Antioquia, en los valles de Aburrá, Rionegro, Ebéjico y Urrao, padeció un severo detrimento durante las guerras de independencia. Y ante las circunstancias arriba descritas, se derrumbaron los antiguos circuitos económicos que con base en la actividad ganadera habían integrado espacios tan vastos como el actual occidente colombiano, las dehesas del Alto Magdalena y la Audiencia de Quito durante el período colonial temprano. En efecto, desde 1580, el auge de los distritos mineros antioqueños y la introducción masiva de esclavos generaron la demanda de grandes contingentes de ganado producido en la zona pecuaria del valle del Cauca. En las primeras tres décadas del siglo XVII era común que llegaran a la provincia de Antioquia miles de cabezas provenientes de las dehesas de Buga, Cartago, Cali, Caloto y el pueblo de Roldanillo, después de un largo y arduo viaje que duraba hasta tres meses. El auge aurífero que protagonizaron Zaragoza, Cáceres, Remedios y Guamocó también estimuló la llegada de millares de reses y cerdos desde Mompox, Tamalameque, Simití y el hato de Aguachica. Además, el efervescente mercado minero de aquel período convirtió al ganado cimarrón de la cuenca del río Cauca (que por entonces ascendía a unas 42.000 cabezas) en una fuente de ingresos para algunos vecinos de Cartago, Caloto, Buga, Roldanillo y Toro, que se volcaron durante el primer cuarto del siglo XVII a especular con cueros y sebo.

En los cinco decenios siguientes (1630-1680) todo cambió. El declive generalizado de la actividad aurífera antioqueña provocó un descenso paulatino en el ingreso de ganado foráneo, pues no había capital con qué adquirirlo; además, la mayor parte de la mano de obra esclava fue diseminada para efectuar la búsqueda y exploración de nuevos placeres auríferos, destinada a actividades agrícolas de autosubsistencia, trocada por diversos bienes y usada para cancelar viejas deudas. Otra de las secuelas de aquella crisis fue la manumisión masiva de muchas piezas de cautivos, dado que sus propietarios, aquejados por la iliquidez, los liberaron porque estaban imposibilitados para sufragar sus altos costos de sustento. Sin embargo, la oferta ganadera vallecaucana no se contrajo ni tampoco se debilitó durante esta crisis, como corrientemente se cree. Se orientó fundamentalmente en esos años hacia la Audiencia de Quito, cuyas crisis internas de mantenimientos y aumento demográfico progresivo también estimularon la entrada de ganados provenientes de las praderas de Neiva, Timaná y La Plata.

Las guerras de independencia provocaron la desactivación de estos antiguos circuitos del tráfico pecuario y la desarticulación de este mercado interno ganadero, como consecuencia de las confiscaciones forzadas, los secuestros de bienes, los empréstitos forzosos, los saqueos, el reclutamiento de la mano de obra, y el transporte, sostenimiento y manutención de las tropas. Tan solo durante la ocupación realista de la provincia de Antioquia (1816-1819) fueron requeridos cientos de caballos de los hatos, estancias y hasta de los más humildes ranchos, para que en ellos se transportaran húsares y oficiales del ejército realista. Para el transporte de municiones, víveres y toda suerte de matalotajes fueron requeridas numerosas mulas y bueyes. Y para el consumo de dichas tropas se sacrificaron miles de novillos, cerdos y aves de corral. De modo que de las exacciones en ganado o en granos ni siquiera se salvaron la despensa del más humilde campesino ni el hato del más sencillo arriero.

Testigos de la época afirman que el ganado usurpado que sobraba era matado, vendido o regalado por soldados y oficiales como si fuera propio. En su marcha hacia el sur (1818), la división realista que ocupó la provincia se llevó centenares de cabezas de ganado (tanto de consumo como de transporte). Muchos de estos animales fueron abandonados o se extraviaron en el tránsito hacia los territorios que integraban la antigua provincia de Popayán sin que los legítimos dueños fueran reparados. Otros fueron vendidos en almoneda en la ciudad de Anserma, y el dinero derivado de dicha transacción fue a parar “a la faldihuera de muchos gobernantes”. Un testigo aseguró que durante la ocupación realista en Rionegro fueron consumidas 1.300 reses. Otro testigo, Felipe Montes, maestro público de gramática, afirmó que en la ciudad de Antioquia el precio del ganado vacuno consumido se calculaba aproximadamente en 2.300 pesos, lo equivalente a 57.500 arrobas de carne o 718 toneladas; y en cuanto a mulas, a 2.176 pesos, es decir, lo equivalente a 109 de estos semovientes, cuyo precio oscilaba entre los 20 y 25 pesos.

En resumidas cuentas, una vez terminadas las gestas libertarias, los bandidos y asaltantes abundaban por doquier, e incluso bandas de cuatreros y abigeos mantenían asoladas las tradicionales áreas de producción pecuaria neogranadinas. Los gobiernos recién establecidos estaban arruinados y en déficit financiero, el tesoro público estaba completamente desorganizado, y ante circunstancias materiales tan adversas y numerosos ejércitos que mantener, las nuevas repúblicas se vieron obligadas a endeudarse progresivamente, y de este modo empezaron a fraguarse nuevos lazos y cadenas de dependencia con las potencias extranjeras.

Por: Yoer J. Castaño Pareja, doctor en Historia de El Colegio de México, docente en las universidades Eafit y Pontificia Bolivariana y autor del libro Eslabones del mundo andino: comercio, mercados y circuitos pecuarios en el Nuevo Reino de Granada y la Audiencia de Quito, 1580-1715, recientemente publicado por la editorial de la Universidad Eafit.

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