Repensar la historia patria

Repensar la historia patria

Vale preguntar por qué el conocimiento histórico no ha sido un pilar en la formación ciudadana.

22 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

Las conmemoraciones han servido durante el periodo republicano para discutir públicamente acerca de la importancia de la historia en la construcción de las naciones. Este año, en el que se cumplen dos siglos de la batalla de Boyacá, autoridades políticas, historiadores y medios de comunicación han retomado el debate acerca de cómo enseñar la historia del país. Como parte de esta coyuntura se pretende restablecer la historia como asignatura obligatoria en la educación básica, objetivo en el que políticos, altos funcionarios e incluso especialistas coinciden en la ‘superación’ de un relato patriotero centrado en héroes, batallas y élites, cuya referencia más importante es el famoso manual de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla (1911). Aunque compartimos la pertinencia de estos debates, consideramos que, en buena medida, tal deseo implica el desconocimiento deliberado de la tradición académica en la escritura de la historia, cuya vigencia se extendió entre 1880 y 1960.

¿Cómo zanjar el trato anacrónico que hemos dado a letrados que hicieron de la ‘historia patria’ una actividad intelectual a la que dedicaron importantes recursos y esfuerzos a lo largo de varias décadas? El caso del médico de formación e historiador bogotano Pedro María Ibáñez Tovar (1854-1919), autor de una obra sobre la historia de la medicina en Santafé (1882-1884) y de las Crónicas de Bogotá (con cuatro ediciones entre 1891 y 1989), todavía hoy citadas, deja ver el grado de complejidad de aquella forma de pensar y producir relatos sobre el pasado nacional que marcaron buena parte de nuestra vida cultural. Conocer y comprender los logros y contingencias que implicó la producción de este tipo de historia que se pretende dejar atrás puede convertirse en una oportunidad para calibrar mejor las expectativas respecto a la reforma educativa que se pretende llevar a cabo en este contexto bicentenario.

La actual apuesta por reformular la enseñanza y divulgación de la historia y las ciencias sociales debería considerar el proceso de configuración de estos saberes en los últimos dos siglos

Con el propósito de ofrecer una mirada menos prevenida sobre estos ‘rancios académicos’, quisiéramos resaltar dos asuntos puntuales, y quizás desconocidos, de su quehacer historiográfico. En primer lugar, Ibáñez −como buena parte de sus contemporáneos− procuró dar forma a un concepto amplio de historia que trascendiera los usos partidistas del pasado. Para ello desarrolló una obra que, divulgada en múltiples géneros y formatos con destino a un público más amplio, se enfocó en contar una historia de los ‘adelantamientos’ –como se decía en la época− del país a nivel material e intelectual. En el mismo sentido, exploró el papel de distintos actores de la historia, como las mujeres en la revolución de independencia, y de algunos héroes secundarios como José María Córdova, e incorporó en sus pesquisas acontecimientos vinculados a la historia de la criminalidad, las ciencias y las artes. A estos autores también debemos diferentes historias locales que matizaron y complementaron las historias nacionales canónicas de Restrepo y Groot. Tales obras fueron leídas críticamente con base en el uso de fuentes que consideraríamos novedosas, como los testimonios orales, las imágenes y los vestigios materiales. Precisamente, buena parte de su legado impreso tomó la forma de copiosas compilaciones documentales a las que hoy en día acuden muchos investigadores profesionales.

El segundo aspecto remite al conocimiento que estos letrados tuvieron de las tendencias y formas de hacer historia a finales del siglo xix e inicios del xx. Contrario a lo que se supone, el mismo Ibáñez junto a Eduardo Posada, Alfonso Zawadsky y José María Quijano Otero, entre otros, leyeron a los más reputados historiadores europeos e hispanoamericanos decimonónicos, como Macaulay, Langlois, Seignobos, Bernheim, Cánovas del Castillo, Mitre, Icazbalceta, Lastarria y González Suárez, por citar solamente algunos. Si bien nuestros historiógrafos estuvieron al margen de los circuitos más selectos de la historiografía metódica y positivista de aquellos años, no se hallaban completamente ensimismados en la ‘Atenas suramericana’. Ibáñez y sus amigos se aproximaron a buena parte de las preguntas teóricas y metodológicas que marcaron la actividad historiográfica a nivel global, particularmente la pretensión cientificista de su labor, la centralidad del documento, la diferenciación respecto a la literatura y la utilidad política que podía brindar el conocimiento del pasado.

Las limitaciones, sesgos y alcances de esta práctica historiográfica, que se institucionalizó en la Academia Nacional de Historia en 1902, deben juzgarse en el marco de sus propias condiciones históricas, así como de las necesidades sociales y políticas a las que intentaron responder. Como sucedió a principios del siglo xx con la terminación de la más larga y cruenta de las guerras civiles, en la actualidad la posibilidad de cerrar el conflicto armado se erige como telón de fondo para reflexionar sobre el lugar de la historia en la vida pública. La actual apuesta por reformular la enseñanza y divulgación de la historia y las ciencias sociales debería considerar el proceso de configuración de estos saberes en los últimos dos siglos. Más que hacer borrón y cuenta nueva, creemos que vale la pena preguntarse por qué el conocimiento histórico en nuestro país no ha sido un pilar en la formación ciudadana y conciencia crítica ante los más acuciantes problemas que tenemos como nación en un contexto inevitablemente global. Un primer paso en este sendero podría ser ‘repensar’ la vilipendiada y desconocida ‘historia patria’.

Gabriel Samacá Alonso es historiador y magíster en Historia UIS, así como maestro en Historia y candidato a doctor en Historia por El Colegio de México.

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