¿Realistas y patriotas?

¿Realistas y patriotas?

El bicentenario nos invita a entender que los procesos históricos no son lineales.

18 de febrero 2020 , 08:36 p.m.

Si algo caracteriza las narrativas históricas nacionales es la apelación al pasado como constatación. En los países que tuvieron una experiencia colonial, eso se traduce en la interpretación de la historia como tránsito hacia la independencia. Así, por ejemplo, los levantamientos campesinos contra el Raj británico en el siglo XIX fueron interpretados como los antecedentes del movimiento nacionalista indio. En nuestro caso, la insurrección de los comuneros del Socorro de 1781 fue considerada –y sigue siéndolo por diversos historiadores y aprendices de brujo del oficio– una rebelión traicionada por los de arriba.

Esta especie de “nacionalización del pasado” busca construir una narrativa histórica coherente y carente de contradicciones. Por eso, diversos historiadores colombianos que se interesaron por la independencia buscaron “limpiar” las trayectorias de diversos próceres, borrando todo lo que consideraban ajeno al ideal. Por ejemplo, Cayo Leónidas Peñuela, autor del libro ‘Álbum de Boyacá’ (1919), elaboró una serie de biografías de diversos militares que lucharon en la campaña libertadora, evitando referirse a la participación que algunos de ellos tuvieron como rebeldes en las guerras civiles que siguieron a nuestra emancipación.

Por tanto, el bicentenario es una buena ocasión para comprender que los hombres y las mujeres que vivieron los eventos revolucionarios no tenían ninguna claridad sobre el desenlace y que muchos de ellos fueron en un principio realistas. El caso de José María Obando es ilustrativo en este sentido. Obando nació en las inmediaciones de Caloto en 1795, ejerció el poder ejecutivo de la Nueva Granada a finales de 1831 como encargado, combatió contra el gobierno de la República en la guerra civil de los Supremos (1839-1841) y se exilió en el Perú y Chile. Poco después de su regreso al país fue elegido presidente de la República en 1853, aunque no pudo concluir su mandato por el golpe de Estado que le propinó el general José María Melo al año siguiente.

En 1843, en una serie de artículos publicados en ‘El Payanés’, Julio Arboleda arremetió contra Obando, que en esos años se hallaba en el exilio, indicando que su antiguo realismo era coherente con su carácter malvado, manifestado tempranamente desde que estaba en la escuela. Para Arboleda, Obando solo se unió al bando patriota en 1822 por cálculo político, estrategia que, por lo demás, habría guiado toda su vida pública. Si algo de ello podía ser cierto, cabe recordar que en el realismo militó una parte significativa de la élite payanesa, que solo se hizo independentista a inicios de la década de 1820. Tal fue el caso de los Cajiao Pombo, los Diago Angulo o los Grueso, entre otros. Aun en 1819, José María Mosquera, padre de los famosos Joaquín y Tomás Cipriano, mandó a los administradores de sus haciendas a recoger alimentos para recibir al general español Sebastián de la Calzada y a su tropa, que huían de Santa Fe como consecuencia de la batalla de Boyacá.

Como Obando y otros clanes familiares de Popayán, buena parte de los notables locales al sur de la otrora cabeza de gobernación, como El Tambo, Timbío, La Horqueta (hoy Rosas), El Trapiche (hoy Bolívar), Veinticuatro (hoy Florencia), Mercaderes, Patía, La Sierra, entre otras poblaciones, fueron realistas y líderes de partidas guerrilleras. Tales fueron los casos de López y Sarria, quienes a partir de 1821 transitaron del lealismo al bando patriota. Este proceso, ocultado por la historia oficial que nacionalizó el pasado, fue iniciado por el mismo Simón Bolívar en Caloto en enero del citado año, al ser recibido por los dos patriarcas más prominentes de la región: José María Mosquera y José Rafael Arboleda y Arroyo (padre de Julio y Sergio Arboleda). El Libertador, consciente de la centralidad de aquellos personajes, olvidó su pasado político y negoció con ellos el mantenimiento del orden social y la financiación de la campaña del sur.

Este proceso continuó en Popayán con el transfuguismo de varias familias monarquistas y en 1822 con el de los notables locales de las parroquias del sur de Popayán. Fue así como antiguos jefes de guerrillas realistas se convirtieron en oficiales colombianos y en jerarcas locales, mientras que sus huestes se transformaron en compañías de milicias encargadas de mantener el orden y el control en su distrito. Fue una estrategia necesaria, que permitió al naciente Estado insertar a sujetos y grupos sociales díscolos en el orden republicano, a cambio de ciertas concesiones. Tal fue el caso de Juan Gregorio Sarria, en Timbío, que habría de convertirse en fiel escudero de José María Obando. Lo mismo sucedió con Jacinto Córdova Muñoz, de La Horqueta, quien ascendió al generalato y fue una de las figuras más importantes del Partido Conservador a nivel regional a mediados del siglo XIX, llegando un hijo suyo (el general Joaquín María Córdova) a convertirse en presidente del Estado Soberano del Tolima.

En resumen, el bicentenario nos invita a entender que los procesos históricos no son lineales. Los hombres que forjaron el proyecto republicano fueron capaces de negociar e integrar a hombres, mujeres y grupos sociales en la nueva comunidad política que se estaba forjando. La narrativa patriótica o nacionalista de inicios del siglo XX buscó borrar todas aquellas acciones consideradas ominosas de los personajes del panteón nacional como una estrategia narrativa para constituir un relato nacional coherente. Tales olvidos hay que ponerlos en evidencia, para no caer en maniqueísmos dañinos que afectan también nuestra comprensión del presente.

Luis Ervin Prado
Profesor de la Universidad del Cauca

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