¿Qué hacer con los campos de batalla?

¿Qué hacer con los campos de batalla?

Debemos reflexionar respecto a lo que hacemos con nuestro entorno natural y con nuestra historia.

27 de agosto 2019 , 07:27 p.m.

Hace unos días tuve la suerte de visitar el sitio histórico de la batalla de Boyacá. No llegué el 7 de agosto, cuando se conmemoró el bicentenario de la misma, sino el día después. Lo que encontré me sorprendió un poco, teniendo en cuenta que hacía 24 horas había estado allí el Presidente de la República encabezando el acto oficial. El monumento a Bolívar estaba cercado con cintas para evitar que alguien se embarrara en el césped recién plantado (foto 1). El pebetero de la llama eterna en memoria de los caídos estaba apagado (foto 2). El obelisco de la victoria se hallaba aún en plena obra: un albañil revocaba los canteros en medio de pilas de materiales y un baño químico (foto 3). Típicos signos de la manera en que los gobiernos de nuestra región tratan los monumentos históricos, improvisando en los días previos a la efeméride lo que no se ha hecho en años, a pesar de los incesantes reclamos de colegas y amantes de la historia. Miremos el lado positivo: con los nuevos trabajos, el sitio va a estar en óptimas condiciones para el tricentenario.

De todos modos, lo que me llevaba a las hermosas cumbres boyacenses no eran las ganas de visitar monumentos. Como historiador de la guerra, cada vez que puedo me acerco a los antiguos campos de batalla por donde voy pasando. Me gusta leer previamente los partes escritos por los distintos comandantes, imprimir los croquis originales de la contienda y, sentado desde alguna altura, tratar de reconstruir los acontecimientos de la jornada en mi cabeza. Hace un par de años, incluso, escribí un libro en el que traté de mostrar la gran potencialidad que tiene el estudio histórico del combate, por todo lo que nos enseña acerca de las sociedades de la época (Anatomía del pánico. La batalla de Huaqui, o la derrota de la revolución. Buenos Aires, Sudamericana, 2017).

Lamentablemente, en Boyacá no pude aprender demasiado. La topografía original del sitio del combate fue completamente modificada a lo largo del siglo XX. En el lugar donde lucharon las vanguardias de revolucionarios y realistas se encuentra no solo un puente de material construido posteriormente (foto 4), sino una explanada de baldosas, un ‘parking’ y una pizzería, por no hablar de una carretera asfaltada con un segundo puente (foto 5). Es decir, del campo de batalla no queda nada. Encima de él se ha construido un complejo monumental y recreativo.

Un campo de batalla debe ser conservado, entonces, a la vez como un objeto de museo y como una reserva natural, dejado intacto en la medida de lo posible

Todas esas modificaciones se fueron realizando a lo largo de décadas por personas bienintencionadas que querían honrar la memoria de los caídos con una infraestructura digna de su sacrificio. Boyacá se transformó así, gracias a ellos, en lo que Pierre Nora llamaba un “lugar de memoria”: un espacio de alto valor simbólico que carga con un mensaje susceptible de ser transmitido a las generaciones futuras. Lo único que es de lamentar es que tal transformación se haya hecho en desmedro del valor genuinamente histórico del lugar. En definitiva, no es necesario estacionar el carro o comer una ‘pizza’ en el sitio exacto donde han caído los héroes de una nación. Todo eso se podría hacer perfectamente a un par de cientos de metros, mientras se conserva para la posteridad, para los historiadores y para la naturaleza, el verdadero sitio del combate.

Creo que un buen ejemplo para tener en cuenta es el del sitio histórico de la batalla de Chacabuco, en Chile. Más allá de la opinión que le merezca a cada uno el monumento a la victoria, realizado en 1971 sobre la carretera (una mole de 20 metros de altura que sostiene una gigantesca espada) con motivo del bicentenario de 2017, se instaló un elegante mirador interpretativo que, sin invadir el campo de batalla concreto, permite reconstruir imaginariamente las acciones gracias a acertadas explicaciones.

Un campo de batalla debe ser conservado, entonces, a la vez como un objeto de museo y como una reserva natural, dejado intacto en la medida de lo posible. Basta con mantener a raya los pastos y trazar algún sendero que permita recorrerlo con un guía. El museo y los monumentos se pueden construir a un lado. Para el sitio histórico de Boyacá ya es tarde, pero aún quedan muchos campos de batalla más o menos intactos que pueden preservarse. A medida que avanzan los bicentenarios (se vienen Carabobo, Junín, Ayacucho…), nos debemos una reflexión respecto a lo que hacemos con nuestro entorno natural y con nuestra historia.

Monumento a Bolívar

Foto 1: Monumento a Bolívar cercado con cintas.

Foto:

Alejandro M. Rabinovich

Pebetero de la llama eterna

Foto 2: El pebetero de la llama eterna en memoria de los caídos estaba apagado.

Foto:

Alejandro M. Rabinovich

Adecuaciones al sitio histórico de la batalla de Boyacá.

Foto 3: El Obelisco de la victoria en plena obra. 

Foto:

Marcela Santos.

El lugar donde lucharon las vanguardias de revolucionarios y realistas

Foto 4: En el lugar donde lucharon revolucionarios y realistas se encuentra no solo un puente de material construido posteriormente, sino una explanada de baldosas, un ‘parking’ y una pizzería

Foto:

Alejandro M. Rabinovich

Carretera asfaltada con un segundo puente

Foto 5: Carretera asfaltada con un segundo puente

Foto:

Alejandro M. Rabinovich

Alejandro M. Rabinovich es doctor en Historia y Civilización por la EHESS de París, investigador del Conicet (Argentina) y profesor de la Universidad Nacional de la Pampa.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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