¿Por qué recordamos que los pastusos fueron realistas?

¿Por qué recordamos que los pastusos fueron realistas?

En palabras de Bolívar, entrar a Pasto significó culminar la guerra con los españoles.

08 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

El título de esta columna le da la vuelta a la pregunta que recurrentemente se le hace a quienes se ocupan de la historia de Pasto: ¿por qué fueron realistas los pastusos? Es decir, ¿por qué se pusieron del lado del rey durante la independencia? Esta pregunta asume implícitamente que esta fue una posición extraña y que es inconcebible que una población local le jurara lealtad a un monarca lejano en contra de las aspiraciones de libertad de sus compatriotas. Las explicaciones más frecuentes no discuten ese supuesto. Enfatizan, en cambio, el exotismo de una región que habría estado marcada por el fanatismo, el atraso y la desconexión con el resto del mundo. La singularidad del caso de Pasto la subrayan, incluso, intelectuales locales como la presidenta de la Academia Nariñense de Historia que desde este mismo espacio hizo un oportuno llamado a extender la mirada sobre realidades “no conjugadas en el discurso decimonónico y patriotero”.

Sin embargo, la centralidad que se le da al pasado realista en ese reclamo por “abrir una mirada periférica en el relato nacional” deja entrever una angustia que no se percibe en otras poblaciones que comparten ese pasado, pero a duras penas lo recuerdan. Hoy tenemos claro que no fue extraño que personas y comunidades americanas optaran por defender la causa del rey dentro de las confrontaciones que se desencadenaron a raíz de la crisis imperial de 1808 y que culminaron con la creación de las naciones hispanoamericanas. Lo verdaderamente excepcional es que el realismo de sus antepasados esté tan presente en la memoria de los pastusos y que ocupe un lugar preponderante en la manera de entender su relación con el resto del país.

Además de pasar por alto que el realismo no fue una opción política marginal o irracional en el contexto de la época, el énfasis en el carácter singular de la historia de Pasto impide ver el ámbito más amplio en el cual esta se enmarca. Como lo señala Lydia Muñoz Cordero, la declaración de fidelidad al rey que hizo en 1809 el cabildo de la ciudad ocurrió como reacción a la Junta Suprema de Quito y como rechazo a formar parte de ella. Lo que pocas veces se menciona es que la reacción de las otras provincias vecinas a Quito fue muy similar. Tanto Cuenca como Guayaquil se pronunciaron declarando su fidelidad a Fernando VII y cuestionando la invocación de Quito a la soberanía del pueblo. De esas provincias –en especial de Guayaquil– es difícil decir que estaban aisladas o que eran sociedades tradicionales refractarias a los vientos de cambio. Es más plausible ver en esas declaraciones una expresión de resistencia a lo que se leyó como un intento de Quito por recuperar su disminuida prominencia territorial, política y económica. La actitud de Pasto tampoco fue excepcional dentro de la gobernación de Popayán, en donde hubo otras comunidades y figuras notables que defendieron la causa del rey. A los pronunciamientos de 1809 le siguió una contienda compleja, marcada por lealtades cambiantes y por las fronteras porosas entre los bandos.

Si no habían podido ganarse a los pastusos por las buenas, decía el Libertador en sus cartas, “era preciso destruirlos hasta en sus elementos” para así mantener “despejada” la “puerta del sur”.

Pasto se convirtió pronto en refugio de realistas y fortín de las fuerzas españolas. No tanto porque sus habitantes fueran especialmente obstinados, fanáticos o leales al rey, sino porque sus características geográficas y la habilidad de sus pobladores para batirse en esos quebrados territorios le otorgaron una merecida fama de inexpugnable. “El sepulcro de los bravos”, lo llama Santander en una carta de 1822 con la que intentó en vano disuadir a Bolívar de llevar su ejército por Pasto: “porque siempre será destruido por los pueblos empecinados, un poco aguerridos y siempre, siempre victoriosos”.

El tono y el contexto de esa carta nos acercan a la respuesta sobre por qué recordamos el realismo de los pastusos. No es la lealtad al rey lo que necesitamos examinar, sino la huella traumática de los hechos que siguieron a la incorporación de Pasto a la República de Colombia. Dicha incorporación ocurrió formalmente en julio de 1822 con la capitulación de la Segunda División Española del Sur, que permitió el ingreso de Bolívar a Pasto. La noticia de la victoria de Sucre en Pichincha había convencido tanto a los oficiales del ejército español como al cabildo de la ciudad de la inutilidad de seguir resistiendo a las fuerzas colombianas. En palabras de Bolívar, entrar a Pasto significó culminar la guerra con los españoles y asegurar “para siempre” la suerte de la República.

Pero los hechos que marcaron la suerte de la ciudad ocurrieron después de esas capitulaciones. No es posible entender lo que pasó sin reconocer el peso no solo de las circunstancias políticas y sociales, sino también de la visión voluntarista e incluso de la personalidad del Libertador. En varias cartas, Bolívar se refiere a Pasto como la puerta o la llave del sur. El trasfondo de esas menciones es su percepción del Perú como el principal rival de la recién creada República de Colombia ­(es decir, de lo que retrospectivamente llamamos la Gran Colombia). En esa visión, el control de Pasto era necesario para responder cualquier ataque sobre el flanco sur de la República. La preocupación no era solo defensiva. Después de la exitosa Campaña del Sur y de la entrevista en Guayaquil con San Martín, Bolívar consideraba que derrotar las fuerzas españolas en lo que había sido el poderoso virreinato del Perú le permitiría alcanzar la cúspide de su gloria personal y la del nombre de Colombia.

En octubre de 1822, mientras esperaba en Guayaquil con impaciencia que el reticente congreso colombiano lo autorizara a intervenir en el Perú, le llegó la noticia del alzamiento de algunos pastusos descontentos con las capitulaciones que habían firmado unos meses antes. La respuesta fue una violenta represión en contra de los habitantes de la ciudad y sus alrededores, instigada y validada, cuando no ordenada directamente, por el propio Bolívar. Si no habían podido ganarse a los pastusos por las buenas, decía el Libertador en sus cartas, “era preciso destruirlos hasta en sus elementos” para así mantener “despejada” la “puerta del sur”.

La dificultad para conciliar la memoria de la victimización de sus antepasados con el culto cívico que la nueva nación creó alrededor de Bolívar y de “las gestas libertadoras” fue quizá lo que llevó a enfatizar la singularidad de la historia de Pasto y a mantener presente el recuerdo de la militancia de la ciudad en favor de la causa del rey. De la misma manera, ampliar y complejizar nuestra comprensión de la relación de Pasto con el resto del país pasa por reconocer el peso de esa experiencia traumática, así como la necesidad de abrirle un espacio a esa memoria dolida en el relato nacional.

Isabel Arroyo, docente e investigadora, doctora en Historia de la Universidad de los Andes.

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