Manga

Manga

Una prueba incontrovertible del desprecio en que han caído entre nosotros la revolución y su legado.

05 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

He ido durante mi visita a Cartagena, junto con el también historiador Edgardo Pérez Morales, al cementerio de la isla de Manga en busca de unos despojos venerables, los de los revolucionarios “de la primera época de la República”. No porque los consideremos una reliquia o porque creamos que en ellos reposa una superioridad que exija de nosotros genuflexiones, sino porque vemos en ellos el vestigio de una época que explica mucho de lo que somos y de lo que hemos sido. Algunos amigos conocedores de la ciudad me habían advertido que no encontraría lo que buscaba. Pero solo tenían razón a medias. Porque al atravesar la reverberación fulminante del pórtico diseñado por Luis Felipe Jaspe, la interacción del pasado con el presente se convierte en una lección contundente para el visitante. Por una parte, el espacio reducido del recinto ha sido conquistado palmo a palmo por tumbas más y más recientes, entre las que campean por su desgarradora presencia las de niños fallecidos en los años inmediatos, velados por sus jugueticos de plástico, por flores que son testimonio de un recuerdo aún lacerante y por impresiones abigarradas que cubren las criptas con fotos y textos íntimos. No puede ser mayor el contraste de estas tumbas con las de mediados de siglo XX, todas cubiertas de baldosín blanco, ya cuarteadas y ofendidas por los años, y con las pocas que sobreviven del ochocientos (Juan Bautista Mainero Trucco, Juan José Nieto…), cuya inútil pomposidad ha sido castigada por la incuria y el olvido.

No están por ninguna parte los restos de los promotores de la revolución ajusticiados de 1815, aquellos mismos que dieron a Cartagena el sobrenombre de la Heroica, tan vanamente mentado. Y, sin embargo, a finales de 1823, el cabildo de la ciudad ordenó un acto distinguido para inaugurar el cementerio. La calavera de José María García de Toledo fue puesta en un cojín de terciopelo negro, de donde la tomó el intendente, “colocó a los pies del signo de la Redención este resto venerable del primer redentor de Cartagena; a sus lados estaban los de los compañeros de su martirio, los beneméritos Manuel del Castillo y Rada y Antonio José de Ayos, y, de la parte opuesta, los de Martín Amador y Esteban Díaz Granados; los de Manuel Anguiano, Santiago Stuart, José María Portocarrero, Pantaleón Germán Ribón y demás víctimas que con su sangre sellaron sus juramentos a la patria se hallaban colocados interiormente en el muro principal”.

Los restos de los principales revolucionarios de la ciudad han desaparecido sin dejar rastro. La posteridad que imaginaron los hombres que crearon el cementerio en la isla hace casi un siglo fue de muy corta duración. Los mismos padres del estado de Cartagena habían creído equivocadamente que su obra sería recordada y su memoria homenajeada. Uno de ellos había exclamado en 1812: “Entreveo en medio de la multitud un grupo de ninfas vestidas de cielo, y llevando ensartadas en los brazos canastillas de flores, encaminarse hacia nuestros sepulcros y esparcirlas y regarlas sobre ellos (…) El horror que inspiran los despojos de nuestra mortalidad desaparecerá hasta a la vista de los niños que entresacando de la huesa nuestros cráneos les ceñirán con sus inocentes manos guirnaldas de rosas y los presentarán a sus padres llenos de gozo, deseando saber de ellos a cuál de nosotros pertenecían”.

La visita al cementerio de Manga es una prueba incontrovertible del olvido y el desprecio en que han caído entre nosotros la revolución y su legado.

Durante mucho tiempo, aquellos acontecimientos tenían un sentido muy poderoso, porque varias generaciones entendían que el país en que vivían no podía explicarse sin su ayuda. Cartagena de Colombia hoy prefiere apellidarse “de Indias” y sueña con noblezas y marquesados, como si la experiencia revolucionaria fuera incapaz de suscitar la fantasía. Al regresar a Getsemaní, Edgardo Pérez y yo consideramos en silencio que no es tarde para un sobresalto de la memoria.

* Columna de Daniel Gutiérrez, docente-investigador de la Universidad Externado de Colombia.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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