Las mujeres de Rousseau

Las mujeres de Rousseau

Fueron descritas como eternos menores de edad que no podían hacer uso adecuado de su razón.

19 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

“El destino de la mujer es agradar y ser subyugada”. Esto sostiene Jean-Jacques Rousseau en su libro Emilio, o la educación (1762). Dicen que era, de sus libros, el que le producía mayor orgullo. Está dedicado a la educación de los varones, únicos que a sus ojos merecían educación propiamente dicha. Pero una de sus cinco partes, titulada ‘Sofía’, está destinada a elaborar el lugar de las mujeres dentro de su sistema, y ello para imaginar la mujer que Emilio necesita. Por supuesto, no se está inventando nada, pero sin duda suscribe el pensamiento tradicional, lo pule y lo promueve. Rousseau es uno de los fundadores del pensamiento republicano moderno, y el Emilio fue, sin duda, uno de los libros más leídos por los hombres hispanoamericanos que, después de la independencia, emprendieron la fundación de sus respectivos Estados nacionales. Se propusieron establecer cómo debían ser los hombres y las mujeres que requería la república. A Rousseau se lo leyó, reprodujo y adaptó para diseñar las familias y el papel que las mujeres debían tener dentro de ellas como madres y esposas. A partir de su brutal afirmación, citada al comienzo de esta columna, fueron imaginadas las mujeres de nuestra república, y sin preguntarles nada a ellas, claro: ¿para qué preguntarles si debían asentir para agradar? ¿Para qué peguntarles si, subyugadas, no se les reconocía capacidad de reflexión?

En el origen de la afirmación del filósofo suizo están las dicotomías masculino/femenino y razón/cuerpo, formadas por conceptos pensados de modo tan diferente uno de otro que fueron convertidos en mutuamente excluyentes. “La mujer”, así, en singular, como producto de la imaginación, era fundamentalmente cuerpo, nudo de deseos y pasiones que debía ser domesticado por la razón masculina, un ser débil espiritual y físicamente, y por ello dependiente del varón. Esta enorme contradicción es la base de las muchas que fracturan el discurso moderno republicano y sin duda tiene consecuencias hasta el día de hoy. Y digo que es una contradicción porque ese pensamiento ilustrado prometió igualdad, libertad y fraternidad, y en nombre de ellas exigió enormes sacrificios. Las mujeres lucharon durante las revoluciones, pero, al final, las promesas les fueron incumplidas. Se suponía que ese discurso revolucionario era neutro y por ello universal. En realidad fue masculino. Fraternidad e igualdad sí, pero entre hombres y hombres iguales (los ciudadanos, en un contexto de ciudadanía restringida). En cuanto a la libertad, esta era, y es, esencial en la definición del sujeto moderno republicano, y debe entenderse como auto-nomía: la capacidad de darse cada uno a sí mismo (auto-) su propia ley (-nomos) con base en su razón. A las mujeres se les negó la autonomía: fueron descritas como eternos menores de edad que no podían hacer uso adecuado de su razón y que por ello requerían la tutela de los hombres. Las mujeres son débiles en todos los aspectos, se afirma; por ello necesitan de los hombres, y por esa necesidad deben agradarles y someterse.

El objetivo de Wollstonecraft fue afirmar a las mujeres como seres racionales, pues en ese terreno se jugaba su reconocimiento como sujetos plenos

En ocasiones se me ha dicho que mi lectura crítica es anacrónica, que exijo de esas épocas, o de Rousseau, una conciencia que no podían tener. No es así. Mary Wollstonecraft publicó en 1792 su Vindicación de los derechos de la mujer, un libro que lee minuciosamente el Emilio y desenmascara su falta de rigor filosófico y su violencia. El objetivo de Wollstonecraft fue afirmar a las mujeres como seres racionales, pues en ese terreno se jugaba su reconocimiento como sujetos plenos: “Amo al hombre como a mi compañero”, afirmó, “pero su cetro, real o usurpado, no se extiende sobre mí, a menos que la razón de un individuo merezca mi homenaje; y aun entonces, me someto a la razón, no al hombre”. La lucha de las mujeres por la autonomía se remonta mucho tiempo atrás, más atrás aún que Wollstonecraft. Pero lo que ella y las mujeres de su generación pidieron es en parte lo que seguimos pidiendo hoy: educación y trabajo en condiciones de equidad, educación e independencia económica. Wollstonecraft confiaba en ambos como vía para obtener autonomía espiritual y material, autonomía sobre nuestro pensamiento y nuestros cuerpos, porque era claro para ella que la debilidad no es una esencia femenina, sino una característica cultivada para crear mujeres dependientes.

Se nos destinó una ciudadanía de segunda. El discurso patriarcal que he descrito estuvo en el origen de la fundación de nuestra república y de todas las naciones modernas. Fue responsable de que en Colombia, apenas en 1932 las mujeres obtuviéramos derecho a disponer libremente de nuestros bienes. Apenas en 1933 se nos permitió cursar el bachillerato en igualdad de condiciones a los hombres y acceder así a la universidad. Apenas en 1957 pudimos votar. Hasta 1936 los maridos tuvieron derecho a imponer “la pena capital” sin juicio previo sobre las mujeres adúlteras, y apenas en 1980 se eliminó la figura de “la legítima defensa del honor”, que permitía disminuir la condena de un marido que en “estado de ira e intenso dolor” atentara contra su esposa. La Constitución de 1991 estableció por primera vez el derecho general a la igualdad y no discriminación por sexo (artículo 13)*. Todos estos cambios atestiguan la inequidad sufrida y son ganancias de las luchas feministas, de su fortaleza y persistencia.

Pero el peso de la descripción de las mujeres como cuerpos irracionales sigue activo hoy en día. En las aulas de colegios y universidades se las sigue creyendo con frecuencia cuerpos disponibles. También en los espacios laborales. Y en las calles. Todo les recuerda que esos espacios no son suyos o que son recién llegadas. A ellas se les destinó la casa. “¿Quieren salir a caminar, a bailar, a estudiar, a trabajar?”. “Estarán solas”, les advierten, y con algo de amenaza. A las mujeres las siguen matando. Algunos abogados, jueces y periodistas se atreven a llamarlos, todavía, ‘crímenes pasionales’. Y muchos prefieren ver morir a las mujeres por abortos mal practicados que garantizar educación sexual de calidad y acceso a anticonceptivos y a abortos seguros. Se nos sigue creyendo incapaces de autonomía, cuerpos para agradar y ser subyugados. Nos siguen negando la ciudadanía plena. La violencia promovida por Rousseau y por la Ilustración nos acosa todavía.

Carolina Alzate es profesora e investigadora de la Universidad de los Andes.

* Todos los datos citados han sido tomados del artículo ‘Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones’ (Sentiido, 5 de octubre de 2017, web)

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