La Petra boba

La Petra boba

Esta Historia patria termina por reforzar la interpretación más perezosa de esos acontecimientos.

15 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

El bicentenario de la independencia ha dado lugar a una profusa y variada producción de estudios, celebraciones oficiales y obras de arte. Se ha intentado reparar, aunque sea en parte, el flagrante desconocimiento que colombianos de toda condición demuestran acerca de su propia historia. Pero han aparecido, también, visiones que revelan una lectura irrisoria de nuestro pasado, promueven lugares comunes y nos exhortan a la ridiculización de nosotros mismos: el triste tópico de la Patria Boba.

La expresión, valga recordarlo, quiere describir el periodo que se extiende entre 1810 y 1816, esto es entre los comienzos de la revolución en el virreinato de Santafé y la llegada a la Nueva Granada del Ejército Pacificador al mando de Pablo Morillo. Y busca, sobre todo, someter al escarnio a quienes se dedicaron a discutir sobre la arquitectura institucional —participando así activamente en discusiones jurídicas y filosóficas vigentes en buena parte del mundo occidental—, y habrían luchado neciamente por uno de dos modelos político-administrativos: federalismo o centralismo. La acusación de ‘bobos’ a aquellos revolucionarios en disputa se vería justificada por su ingenuidad, pues tales debates los habrían distraído de la tarea urgente de adivinar y contener la reconquista española y su intento de recuperar, por las armas, el dominio que venía perdiendo la monarquía en buena parte de América desde 1808, cuando las tropas napoleónicas invadieron la península. Sumario, este recuento deja ver, sin embargo, la debilidad y la injusticia que esconde la expresión: dos siglos después, sabiendo el desenlace de los acontecimientos, resulta cómodo acusar a los independentistas de 1810 de caer en discusiones inocuas, como si no fueran legítimas y necesarias, derivadas de la era de las revoluciones burguesas, y de no prever el regreso de los ejércitos favorables al rey, como si, además de revolucionarios, aquellos hombres y mujeres tuvieran que haber sido videntes.

Debemos la versión teatral de la Patria Boba a un montaje del Teatro Petra titulado Historia patria (no oficial). En el programa de mano, justo debajo del título, se lee un epígrafe: “No soy india ni española. Soy boba, soy de aquí, soy una hijueputa, y peleo por la independencia”. Firma “Honorata Falla, la Boba”, una joven desquiciada que sirve en la casa de una familia española residente en Santafé. Tiene por amiga a una india (Lucero Llamas) y por enamorado a otro bobo (Cecilio Seco), cuyos principales atributos son la candidez, la lentitud y la soltura con la que le dice a Honorata, por todo y por nada, “hijueputa”. A la india, Honorata le confiesa furtivamente que en realidad no es boba, sino que simula serlo por conveniencia. Al novio, en uno de los clímax de la trama, le rechaza una oferta de matrimonio “porque usted es federalista y yo no me puedo casar con un federalista, Cecilio…”. La Boba llora. El público ríe.

El guion simplifica en exceso esos cambios de bando al presentarlos como fruto del entendimiento débil y estrambótico de un bobo

Así, pretendidamente “no oficial”, esta Historia patria termina por reforzar, por la vía del gag, la interpretación más convencional, perezosa y conformista de esos acontecimientos. De una obra que cede todo el tiempo a la exageración, que invita expresamente al público a reír porque “todo esto es una comedia”, es difícil esperar algo distinto a lo que se ha dicho hasta el cansancio sobre la segunda década del siglo XIX colombiano. Porque lo realmente oficial es denostar, por ‘bobo’, ese momento histórico. Y lo bobo, entonces, lo realmente bobo, es insistir en la trillada Patria Boba.

Se dirá que un intento de cuestionar esa interpretación oficial es este otro recurso narrativo: “La pieza comienza cuando (en el presente) el gobernador y la primera dama del departamento comisionan a la directora más premiada para que dirija un montaje sobre el bicentenario de la independencia”. Pero el truco, fallido, no brinda lo que promete: “Entre el presente y el pasado la obra cuenta como (sic) ciertas cosas se mantienen intactas; como (sic) hay muchos esquemas cíclicos y repetidos que replican relaciones de sumisión, poder y, sobre todo, de informaciones falsas encargadas de instalar el miedo para que nada cambie”. Es decir, seguimos encerrados en el “esquema” del opresor, los bobos y el florero. La promoción continuada de esta idea, que le aplica a toda nuestra historia la interpretación empobrecida de una de sus partes, nos condena a otro esquema: simplificar para ridiculizar. Víctima de sus propios excesos cómicos, esos sí cíclicos y repetitivos, la supuesta ironía sobre sumisiones pasadas y presentes se ve truncada de principio a fin. Queda reducida a chiste.

La obra se inicia con la invitación a un grupo de personas del público a ocupar estrados puestos en los laterales de la escena, representando la oposición entre realistas y patriotas. La intención es clara y, además, acertada: señalar que ambos bandos estaban constituidos, en su mayoría, por americanos. Sin embargo, cuando se escenifica la batalla de Boyacá, acontecimiento en el que seguía siendo predominante el número de americanos en el ejército realista, se denuncia la ligereza con la que Cecilio, caído en el campo de batalla, pasa de una facción a otra. Es cierto que muchos neogranadinos participaron del fidelismo expresado al rey de España, pues juzgaban mejor su destino bajo una corona fuerte que bajo el mal gobierno de la burocracia local. Pero, de nuevo, el guion simplifica en exceso esos cambios de bando al presentarlos como fruto del entendimiento débil y estrambótico de un bobo: en realidad, se trató en muchos casos de reclutamientos forzados por parte de los realistas o, en otros casos, de personas que simplemente quisieron sobrevivir combatiendo del lado español en la lucha contra los patriotas. Una vez más, prevalece el chiste fácil allí donde las condiciones históricas fueron trágicas para muchos americanos que se vieron obligados a abrazar, tal vez contra su voluntad o para seguir viviendo, la causa de la reconquista.

Es necesario saludar el esfuerzo que, contra este inconformismo conforme, han realizado últimamente algunos historiadores colombianos, y a cuyos fines ha servido esta columna bicentenaria. Su propósito no consiste en celebrar el talante heroico de los patriotas, sino algo mejor: mostrar la extraordinaria complejidad de esos años de revolución independentista, la vida material de aquellas gentes, las ideas que circulaban, la participación activa y decisiva de las mujeres en el movimiento de independencia o la experiencia de un territorio vasto y difícil. Todo esto pasa en sordina en la Historia patria de Petra, más afecta a la caricatura del español burdo y maltratador, el criollo arribista y maloliente y, cómo no, del bobo federalista y la boba centralista.

“Los personajes de Historia patria (obra donde no hay próceres) viven el día a día de estas épocas”, dice en otra parte el programa de mano. Qué desvirtuado resulta este propósito en esos 85 minutos de sketches patrios, qué desleído frente a la retórica aburrida y trasnochada de la Patria Boba.

Pablo Cuartas es politólogo de la Universidad Nacional de Colombia-sede Medellín y doctor en Sociología de la Université René Descartes-Sorbonne Paris V. Profesor de la Universidad Autónoma de Manizales (UAM).

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