La independencia y el paro nacional

La independencia y el paro nacional

‘Pueblo, escucha, esta es tu lucha’, braman jóvenes estudiantes frente a transeúntes impávidos.

28 de enero 2020 , 07:00 p.m.

Hace unos meses, los organizadores de esta columna me invitaron a participar en este espacio y, como historiador y coordinador de la iniciativa bicentenaria de la Universidad Nacional de Colombia, acepté gustoso. Sin embargo, al momento de responder a la invitación un ritmo sincopado golpea las calles — ‘A parar para avanzar. Viva el paro nacional’— y asordina la partitura bicentenaria.

Para muchos contemporáneos, lo que ocurrió hace dos siglos es una instancia temprana de la lucha inveterada entre opresores y pueblo que se expresa una vez más en las marchas; para otros tantos colombianos —orgullosos de la gesta bicentenaria—, los eventos patrióticos no tienen nada que ver con el actual paro nacional. En esta columna me distancio de ambas posiciones. Para unos y otros, el pasado es estático, una prefiguración distante del destino que mejor refleja las predilecciones particulares; para ambos, este pierde su carácter inquietante, es decir, todo aquello que lo hace hoy en día más necesario que nunca.

Es difícil trazar un hilo conductor entre el conjunto de eventos de hace 200 años y las marchas recientes. Entre otras cosas porque la fuerza de estas últimas evidencia un cambio en el escenario político del país, vinculado mucho más a la emergencia de una cultura política posterior a los acuerdos de paz que a las inquietudes que movieron a poblaciones enteras a luchar a favor o en contra de la justicia del rey. Del mismo modo, resulta equívoco suponer que lo que ocurrió hace doscientos años no tiene otra relación con el presente que la de exigir una reverencia a la grandeza de los héroes.

El pasado no conduce al altar inmaculado de la patria ni evidencia la continuidad de una lucha sempiterna. Su presencia es mucho más oblicua, pero efectiva y misteriosa. Nuestros ‘pasados-presentes’ establecen de manera subrepticia repertorios duraderos de posibilidades actuales, sin que ello suponga que estamos condenados a repetir la historia.

Las calles rugen: ‘El pueblo unido jamás será vencido’.

Sea este bicentenario la ocasión de impugnar dos mitos, ampliamente difundidos. El primero es que el principal legado de las luchas bicentenarias fue la ruptura de los lazos con España. Sin duda, la transformación de las relaciones entre las provincias americanas –—entre ellas el Nuevo Reino de Granada— y la Corona hispánica apareció pronto como elemento clave en el ideario de la clase notable neogranadina. Pero la eventual adopción de ese ideario dependió en buena medida de lo que contemporáneos —entre ellos Francisco José de Caldas y Joaquín Camacho— llamaron ‘nuestra revolución’, es decir, el conjunto de transformaciones que remplazó la potestad real con la soberanía popular como fundamento de la comunidad política e instauró, en el centro de esta, la figura del ciudadano en lugar de la del vasallo obediente. Esas transformaciones aparecieron de manera inesperada pero efectiva, y reorganizaron el juego político en función de un nuevo horizonte de expectativas. Las palabras que marcaron esa transición —república, igualdad, inclusión— se han convertido en los campos de disputa a partir de los cuales hemos ido ensayando nuestra imperfecta pero audaz democracia.

Resulta irónico que doscientos años después nos empeñemos en celebrar las luchas por la libertad —una libertad que con frecuencia aparece abstracta— y dejemos de lado los alcances de ese otro legado, la revolución, que nos propuso la igualdad y la inclusión como objetivos en torno a los cuales estamos destinados a ponernos de acuerdo.

‘Pueblo, escucha, esta es tu lucha’, braman jóvenes estudiantes frente a transeúntes impávidos.

El segundo mito tiene que ver con la creencia de que hace doscientos años solo lucharon unos pocos, todos ellos euroamericanos, o que, en su defecto, todos aquellos que participaron —siendo parte de los sectores no dominantes— lo hicieron guiados y sometidos por los notables. Sin embargo, investigaciones recientes han puesto atención sobre el papel protagónico de los sectores populares —así como de las mujeres, los indígenas, esclavizados y libres de todos los colores— e insisten en el carácter conflictivo del proceso que culminó en la institución de la República de Colombia. Muchos de los que se movilizaron —nobles y plebeyos— lo hicieron a nombre de la justicia del rey; algunos otros lo hicieron en función de una vaga promesa de ciudadanía. Pero todos lo hicieron, en uno u otro bando, de acuerdo a sus experiencias e intereses.

‘Resistencia, resistencia, resistencia’, proclama la Guardia Indígena en camino para la plaza de Bolívar.

Clarificar estos dos mitos permite comprender la actualidad de ese pasado bicentenario. Sería equívoco trazar una línea directa entre las preocupaciones de quienes procuraban imaginar una vida en común bajo nuevos presupuestos y quienes hoy concurrimos a la lectura de esta columna. Pero es acertado señalar que desde entonces se volvió pensables elevar reclamos en nombre de una igualdad que aparecía en ese momento, como ahora, fundamentada en el acceso universal a los derechos civiles y políticos. Satisfacer esos reclamos populares —nominal o efectivamente— se convirtió desde entonces en el mecanismo por medio del cual hemos producido una legitimidad política.

Por otra parte, sin necesidad de asimilar anacrónicamente las luchas de antaño a las del presente, se puede igualmente identificar una voluntad de resistencia por parte de quienes han visto en la conducción del Estado el medio para no satisfacer, de manera sustantiva, las aspiraciones que subyacen esas demandas de inclusión e igualdad. No me parece un desafuero, por lo tanto, concluir esta columna bicentenaria abrigado por el repique de cacerolazos. A pesar de los inconvenientes que mucho pueden objetar, ese repique nos habla de un camino que aún continuamos, buscando el término dentro del cual todos podamos caber, con dignidad, en este pedazo de la antigua ‘tierra firme’.

Francisco A. Ortega es profesor asociado del Departamento de Historia e investigador del CES de la Universidad Nacional de Colombia.

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