La encrucijada del apóstol Santiago

La encrucijada del apóstol Santiago

Antes de su fusilamiento, el coronel José María Barreiro fue un devoto del apóstol Santiago.

05 de junio 2019 , 03:30 p.m.

El apóstol Santiago, llamado el Mayor, nació en Galilea y fue pescador de oficio en el lago de Genesaret. En la tradición cristiana se lo considera uno de los más cercanos a Jesucristo, quien lo apodó Boanerges, hijo del trueno, por su carácter impetuoso. Quizás fue por esto que, tras el Pentecostés, le fue encargada la predicación de las bravías gentes de Hispania. Luego de cruzar el Mediterráneo y las columnas de Hércules, comenzó su prédica por Gallaecia (actual Galicia) y terminó consagrado como el santo patrón y protector de España. Y, sin quererlo, resultó también responsable de la adopción de la advocación de la Virgen del Pilar en la misma España. Católicos: hay que recordar que cuando la Virgen María se dispuso a la ‘dormición’ en una cama rodeada de los doce apóstoles, cuando ya estaban todos dispersos por el mundo a cuenta de sus predicaciones, su celestial hijo le concedió la facultad de aparecerse espectralmente ante todos ellos para invitarlos al evento anunciado por un ángel, tocándole al apóstol Santiago su aparición milagrosa sobre un pilar en Caesaraugusta (hoy Zaragoza), dándole así a España su devoción mariana propia, venerada desde entonces en la basílica de Nuestra Señora del Pilar.

Teniendo a la vista esta tradición hispana, a nadie le puede parecer extraño que un joven gaditano y coronel de artillería, llamado José María Barreiro y apodado el ‘Adonis de las mujeres santafereñas’ por su galantería y donosura, hubiera sido antes de su fusilamiento un ferviente devoto del apóstol Santiago. Y, ¿quién bien informado sabe que Nuestra Señora del Pilar era la advocación a la que se encomendaban los ejércitos españoles en el tiempo de las guerras americanas de independencia? Para remediar esos olvidos de los patronos celestiales, en este año del bicentenario, traigo a la memoria algunas cosas que deberíamos recordar.

El coronel Barreiro no tuvo ninguna duda de que ganaría cualquier batalla, pues contaba a su favor con dos divinidades protectoras de primer rango

Cuando ya José María Barreiro era coronel graduado, recibió de don Pablo Morillo la comandancia de la Tercera División del Ejército Expedicionario español, pese a que el virrey Juan Sámano prefería para tal empleo a oficiales más experimentados, como los brigadieres Sebastián de la Calzada o Basilio García. Resultó entonces que, a sus escasos 26 años, le correspondió al coronel Barreiro hacer frente a las dos divisiones de patriotas granadinos y venezolanos que se presentaron por sorpresa en el pueblo de Socha, después de trepar la cordillera desde el Casanare. Ante las famélicas tropas patriotas que descendieron rumbo a Tunja, el coronel Barreiro no tuvo ninguna duda de que ganaría cualquier batalla, pues contaba a su favor con dos divinidades protectoras de primer rango: el apóstol Santiago para sí, y la Virgen del Pilar para sus tropas.

El día 25 de julio de 1819, cuando se produjo el más sangriento combate entre la Tercera División del Ejército Español y el Ejército Libertador en el escenario del pantano de Vargas, era precisamente el de la festividad del apóstol Santiago. Tratándose del santo protector de los ejércitos hispanos desde sus batallas contra los moros, y también desde las escaramuzas de la Conquista contra los indios americanos, el grito de guerra “Santiago y a ellos” era invencible. ¿Fue una imprudencia del general Bolívar haber librado esa batalla en ese preciso día? ¿O buscaba el caraqueño, combatiendo en esta fecha, demoler uno de los símbolos prestigiosos de la monarquía? Sea como fuere, sucedió lo inesperado: después de seis horas de encarnizados combates, el apóstol Santiago envió las tinieblas de la noche y una tempestad para suspender la trifulca, sin que ninguno de los dos bandos pudiese reclamar la victoria. Barreiro se había equivocado en su carta dirigida al virrey Sámano: una sola batalla no había sido suficiente para definir al ganador.

Como todos los estudiantes aplicados saben, la partida final ocurrió en el campo de Boyacá, el 7 de agosto de 1819, día de la festividad de San Cayetano. Y fue en este día que, contra todos los pronósticos, el apóstol Santiago concedió la victoria a los ejércitos patriotas. Ahora sí, díganme: ¿por qué cambió de bando?

La solución a este enigma exige derrotar las tinieblas del olvido. Lo primero que hay que recordar es que la palabra ‘Boyacá’ no nombraba a un miserable puente de tablones de madera sobre el río Teatinos, el que hoy en día han embellecido algunos piadosos patriotas con ladrillos y pintura blanca. Lo segundo que hay que recordar es que esa palabra designa, hasta hoy, un pueblito singular en el actual departamento de Boyacá, situado en un ameno valle de pastos y eucaliptos. Como todo pueblo católico que se respeta, cuenta con su parroquia. Y ahora, señores, díganme: ¿quién era el santo patrono de la parroquia de Boyacá? ¡Santiago apóstol! Hoy se lo puede ver sobre su caballo blanco, con la espada en alto y en su mano derecha, junto al altar mayor del templo de la localidad. Y lo tercero que hay que recordar es el sermón pronunciado unos meses después en el púlpito de esa iglesia por su cura párroco, la clave que nos descubre el cambio de bando del apóstol. Dijo entonces ese cura: “Ea pues, santo glorioso nuestro: ¡alentad el espíritu de nuestros libertadores para que puedan esgrimir, como el hijo del hombre, la espada; defiende vuestros devotos!”.

¿Por qué cambió de bando el apóstol en la batalla del puente sobre el río Teatinos? Porque en la vecina iglesia parroquial de un pueblito llamado Boyacá, su cura, el doctor Miguel Ignacio de Padilla, le recordó una verdad irrebatible: “Vuelvo a deciros, que lo que enseñó Santiago en los reinos de España, solo lentamente se ha esparcido entre ellos; pero en nuestra América patriótica ha echado más profundas raíces; y así el labrador menos augura del grano, cuando apresurado brota, pero en nuestra patria. No sin razón, puedo aseguraros, está aceptado el grano de la fe. ¡Oh!, quién pudiera acreditaros los grandes esfuerzos de nuestro glorioso apóstol Santiago, patrono de este pueblo, el denuedo valiente y el aliento intrépido con que se arroja al golfo profundo de penas en defensa de la fe”. ¡La fe del cura del pueblito de Boyacá y sus feligreses en su santo patrón había obligado al apóstol Santiago a cambiar de bando!

¡Bendito sea! La devoción de los campesinos del pueblito de Boyacá era más fuerte que la de los soldados españoles, y a un santo nadie puede engañarlo.

Pero las tinieblas del olvido no cesan. Cuando los patriotas colombianos llevan en peregrinación a sus hijos al puente del río Teatinos, y al monumento conmemorativo puesto hace ocho décadas en ese sitio, ni remotamente se les ocurre continuar su paseo al pueblito de Boyacá, con su pintoresca iglesia de estilo neogótico criollo, en un valle de pastos y eucaliptos. Quizás es mejor que no lo hagan, pues en su primera iglesia, que fue concluida en los tiempos del rey Carlos IV, ha venido un limeño advenedizo a disputarle el título de santo patrono. Ese santo de otro virreinato se llama Martín de Porres, porta una escoba y está rodeado de pajaritos, perros, gatos y ratones. Como este santo mulato tenía el don de la bilocación, fue muy fácil su aparición en el pueblo de Boyacá, quizás con la ayuda ocurrente de algún párroco partidario de la discriminación positiva en favor de los afrodescendientes. Pero para nada, pues ninguno de ellos se aparece por ese pueblo de indios. Ojalá que este recuerdo, en este año del bicentenario, haga aventurar a los patriotas de bien por ese pueblito luminoso del departamento de Boyacá.

Armando Martínez Garnica es doctor en Historia por El Colegio de México. Su último libro, titulado ‘Historia de la primera República de Colombia: ‘Decid Colombia, y Colombia será’ (1819-1830)’, saldrá de la Editorial de la Universidad del Rosario en el próximo mes de julio.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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