‘Iván Márquez’, ‘Jesús Santrich’ y compañía: historiadores

‘Iván Márquez’, ‘Jesús Santrich’ y compañía: historiadores

La historia no es una ‘playlist’ de grandes éxitos del despecho.

04 de febrero 2020 , 08:02 p.m.

El video en el que aparecen ‘Iván Márquez’, ‘Jesús Santrich’ y su escolta anunciando un nuevo emprendimiento bélico fue bastante comentado en su momento, pero no estoy seguro de que todos los que escribieron o hablaron al respecto hayan soportado su media hora de duración. No los culpo. Sin embargo, al ver solo los primeros minutos, los comentaristas se perdieron un aspecto importante: las referencias que hace Márquez a la historia de Colombia, una especie de playlist de canciones de despecho, que quieren hacernos llorar.

No me voy a detener en la oposición Bolívar-Santander, viejísima y sospechosamente recalentada: el primero, el bueno que termina perdiendo, daría la “carta de navegación” para marchar hacia “un gobierno eminentemente popular” y el segundo, el malo que termina ganando, sería un “falso héroe nacional” y “paradigma de la destrucción de Colombia”. Me interesa mucho más la idea según la cual la historia de Colombia es una cadena de traiciones a los “acuerdos y esperanzas de paz”, que empieza antes de la Independencia y sigue hasta el día de hoy.

‘Márquez’ arranca en 1782 con los Comuneros asaltados en su buena fe por la corona española después de las capitulaciones que firmaron con el arzobispo Caballero y Góngora. A continuación, da un salto largo por encima de la Independencia y aterriza en la conspiración contra Bolívar de septiembre de 1828, encabezada por Santander “en concierto con el gobierno de Washington”; menciona de paso la condecoración otorgada a los asesinos de Sucre, que había derrotado “la opresión colonial” en Ayacucho; y da un segundo salto, larguísimo esta vez, hasta el asesinato de Gaitán por la “oligarquía santanderista” en 1948.

Es curioso excluir más de 100 años de la historia de una República que está cumpliendo 200: justo el primer siglo de vida independiente, en el que toman forma el Estado y la nación, debido, en gran medida, a una serie de ocho conflictos de amplitud nacional entre los nacientes partidos Liberal y Conservador: nuestras guerras civiles del siglo XIX. ¿No es este el periodo más propicio para que los guerrilleros-historiadores busquen acuerdos y esperanzas de paz traicionadas?

Es un hecho histórico comprobado que la gran mayoría de esas ocho guerras civiles terminaron por las malas, sin diálogos de paz, con un bando derrotando al otro. Se puede pensar entonces que estos fines de conflicto daban carta blanca al vencedor para aplastar al vencido y asegurar la paz, pero llevando la guerra hasta sus últimas consecuencias.

Hacer desaparecer al enemigo derrotado sería una de las medidas extremas para evitar el resurgimiento de la guerra civil. El razonamiento es más o menos el siguiente: los hombres no pueden cambiar, por lo tanto, hay que matarlos o al menos desterrarlos para que no vuelvan a cometer delitos, en este caso delitos políticos como rebelión o traición. En el otro extremo del espectro estaría la amnistía, entendida no solo como perdón de los delitos políticos, sino también como olvido de los mismos. La idea aquí es que los hombres no son incorregibles y merecen, por lo tanto, una segunda oportunidad en la vida y en la República.

El análisis histórico muestra que los pasos de la guerra civil a la paz en el siglo XIX no se dieron, salvo excepción, ni por el extremo benévolo del perdón y olvido, ni por el extremo despiadado del pelotón de fusilamiento. Sin embargo, el mismo análisis prueba también que la mayor parte de esos “posconflictos” se ubicaron en un punto del espectro mucho más cercano a la clemencia que a la severidad. Esto no quiere decir que no haya habido traiciones a las esperanzas y a los acuerdos de paz en la historia de Colombia: claro que sí. Pero reducir la vida de esta República a una cadena de engaños y de complots que ha hecho imposible que los antiguos guerreros puedan morir en paz alguna vez es una imprudencia que ningún historiador puede cometer, si quiere ser tomado en serio por sus colegas y merecer la confianza de la sociedad a la que pertenece. El lector dirá que ‘Márquez’ y sus adláteres no son historiadores. De acuerdo, pero tampoco son bobos: saben muy bien que una historia cortada sobre medida puede servirles para ocultar sus vergüenzas.

Señores Márquez, Santrich y compañía: la historia no es una playlist de grandes éxitos del despecho. Es una serie de álbumes de todos los géneros, con canciones que nos gustan mucho, otras que nos gustan menos y otras más que nos aterran, pero al hundir play no podemos saltar de una a otra: estamos obligados a oírlas todas. Ustedes pueden inventarse la banda sonora que quieran para poner a bailar a su nueva comparsa, pero los colombianos no estamos obligados a seguirles el paso. Hay DJ mucho mejores en este país.

Juan Álvarez Melguizo
Investigador independiente.

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